jueves, 16 de agosto de 2018

Les expropian el televisor y encuentran una caja de libros



Hay una escena encantadora en esa sobrevalorada película de Memorias de África, en la que Robert Redford, oculto tras un matorral coloca en un gramófono un disco ante la expectación de una banda de babuinos. Entonces el personaje de Redford le dice al de Meryl Street, “No es maravilloso, nunca han oído música y les gusta Mozart”. Mientras los humanos no descubrimos el placer de la lectura somos como esos babuinos. Contemplo a los jóvenes de esa edad y todos me parecen perfectamente asimilables con los delincuentes de La Manada. Ya sé que ser grosero no es lo mismo que ser un violador, pero se visten igual, se peinan igual, se divierten casi igual y hacen los mismos gestos y dan los mismos alaridos. Cómo explicarles que leer es el pasatiempo más bello de la humanidad, o sea, los analfabetos, especialmente los funcionales como ellos, están condenados a la extrema fealdad masificada de lo zafio, ruidoso, tosco, la vida como un idiota pase permanente en un parque de atracciones. Probablemente contemplar un Tintoretto, una puesta de sol o el rostro de una hermosa son igual o más bellos, pero no son sostenibles en el tiempo; leer sí. Yo lo llevo atestiguando toda mi vida y miles de páginas devoradas en una larga convalecencia con pocas compensaciones, leer una de las pocas.

Así pues, mi relación con los libros, especialmente con los míos, no es de fetichismo coleccionista, de bibliófilo absorto, aunque adoro el libro como objeto. Lo que más me gusta de ellos es poder leerlos, pero los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos; basta con contemplar una pared cubierta de ellos. Son los verdaderos lares, dioses domésticos protectores del hogar. Una casa sin libros es inhabitable por cualquier ser humano cabal. Y como dice el librero Abelardo Linares, los libros son un veneno maravilloso que actúa a la inversa que los otros venenos, cuanto mayor es la dosis más benéfico resulta; en cambio, en pequeñas dosis, un solo libro, la Biblia, el Corán, Paolo Coelho, más tóxicos resultan. La Biblia, como improbable reunión de mitos y relatos es fascinante, pero como proveedora de consejos para vivir es un tremendo peligro. El Corán es aun peor, porque solo son consejos, desde como sonarse los mocos a como tapar a tu mujer y tus hijas; como los panfletos de Coelho.

No colecciono primeras ediciones, en cambio, subrayo los libros y los presto, luego no soy bibliófilo, pero rebusco en las librerías de viejo y ese es un placer imposible de explicar a quien no lo comparta. Los libros siempre han devorado mis hogares sucesivos y han convertido mis mudanzas en operaciones logísticas dignas de una retirada napoleónica; soy, por tanto un bibliómano. En mi cuarto de baño las cremas de afeitar han tenido que hacer sitio a Virgilio, Cicerón, Jenofonte, Tucídides porque se adaptan bien al rato y al fragmento.

De vez en cuando, en una esquina cualquiera, en los escalones de una iglesia me he tropezado con cajas de libros abandonadas. Normalmente con libros de bolsillo de títulos muy habituales, los que se recomiendan a los estudiantes, pero a veces me he tropezado con verdaderos descubrimientos. 

Tengo pensado un cuento en el que toda una familia se convierte en ávida lectora porque le han expropiado el televisor por deudas y se han tropezado con una de esas cajas. Han empezado a hablar en tono más bajo y a pedir la sal por favor. Una familia de babuinos descubriendo a Mozart.

viernes, 13 de julio de 2018

Zeus con osteoporosis


Cada día mueren innumerables personas, y, sin embargo, las que quedan viven como si fueran inmortales. Mahabharata.


Las apariencias engañan. La superficie de la Tierra puede parecer plana y el sol puede parecer que gira en torno a la Tierra. Las apariencias engañan y el más engañoso de todos es el tiempo, engañosamente familiar e íntimo. Un pasado fijo, un presente claro, un futuro abierto… todo eso se ha revelado falso. Esos aspectos del tiempo son errores de perspectiva, como la Tierra plana o la rotación solar. Llamamos tiempo a una insólita colección de estructuras, paradójicas además, antintuitivas. ¿Qué significa realmente que el tiempo transcurre? ¿Por qué recordamos el pasado y no el futuro? ¿Qué vincula el tiempo a nuestra naturaleza como sujetos? ¿Cómo se originó el tiempo y su tranquilo fluir?

Dejémonos de las manidas metáforas relativistas de viajeros en el espacio o en trenes. El tiempo transcurre más deprisa en la montaña que en el llano. Es una diferencia pequeña pero disponemos ya de instrumentos los suficientemente precisos como para recogerla. Más aún, el reloj que está encima de mi mesa va más deprisa del que dispongo en el suelo. Unos pocos centímetros bastan para establecer la diferencia. Resulta sorprendente pero así está hecho el universo. El tiempo pasa más despacio en algunos lugares y más deprisa en otros. El habitante de la llanura ha envejecido menos (como el astronauta del famoso experimento mental de Einstein), y no solo eso, el reloj de cuco del llano ha oscilado menos veces.

A estas alturas conviene recordar lo que el profano ni siquiera sabe, que la ciencia es la capacidad de comprender antes de ver: comprender la rotación de la esfera que es la Tierra antes de verla desde el espacio, como hicieron los astronautas del Apollo.

Otra manera de verlas cosas. Los pies se agarran al suelo (la dichosa gravedad) porque todo nuestro cuerpo se dirige de manera natural hacia allí donde del tiempo transcurre más despacio, y transcurre más despacio en nuestros pies que en nuestra cabeza. ¿Extraño? No más que ver desaparecer el sol en el horizonte durante el ocaso.

La física moderna no describe cómo evolucionan las cosas “en el tiempo”, sino cómo evolucionan las cosas “en sus propios tiempos”, y cómo evolucionan los tiempos unos respecto a otros. Además de la polisemia de la palabra tiempo en todos los idiomas, el tiempo ha perdido su unicidad. En el mundo las cosas danzan a ritmos distintos, según dicta un inexorable ámbito, el del mundo cuántico. Algo que comparte con la poesía: saber ver más allá de lo visible. Y recordemos que sólo hay una ley en física que distingue el pasado del futuro, la ley de Clausius; todas las demás leyes físicas permiten que un proceso se desarrolle igualmente hacia atrás en el tiempo. La famosa flecha del tiempo es sólo una secuela de nuestra condición efímera. Clausius dicta que el calor sólo se transmita en una dirección de más temperatura a menos. La única ecuación de la física fundamental que permite distinguir el pasado del futuro, que nos habla del fluir del tiempo. La entropía, otra magnitud, como el tiempo que es como el agujero de conejo de Alicia en el País de las Maravillas.

Nuestra entropía, toscamente considerada, es la decrepitud. Cada día soy más consciente de mi mortalidad, pero en realidad creo que somos inmortales. Sólo que eso no nos salva de la decrepitud, de ser Zeus con osteoporosis.

miércoles, 13 de junio de 2018

Sugerencias paseando, 2


En el siglo VI y VII el erudito Isidoro de Sevilla se hacía eco del los relatos de algunos viajeros a las remotas islas asiáticas de la especias para explicar por qué y cómo era la pimienta negra. Resulta que los árboles de la pimienta crecían en bosques plagados y así custodiados por multitud de serpientes venenosas, por lo que los lugareños provocaban incendios para espantarlas y así recoger los frutos que resultaban ennegrecidos y rugosos, chamuscados. Isidoro, en sus maravillosas Etimologías (una forma de abordar todo el conocimiento de la época) no era especialmente crédulo comparado con la mayoría de sus contemporáneos, pero era un hombre de su tiempo y creía muchas cosas que se creían por entonces. Exactamente igual que ahora; personas cultas e inteligentes, aupadas además a la rumorología de las redes sociales, creen en los equivalentes a esos bosques de las Molucas plagados de ofidios mortales.


He estado en la selva. En la selva, bien llamada infierno verde, los pájaros no cantan: chillan de dolor y los humanos no viven, por muy prodigiosos que nos parezcan sus parcos recursos: sobreviven. Todo es muy admirable, pero sólo los urbanitas se admiran suficientemente.


Sólo los intelectuales o los salvajes que pintan sus cuerpos desnudos de azul consideran que las cosas triviales, como que te duela la cabeza, son símbolos de algo. El pensamiento mágico sobrevive en ambos grupos.