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jueves, 17 de mayo de 2018

Inmunes a las lágrimas de tantos




Ahora que ETA da por finalizada su trayectoria sin que las lágrimas de tantos hayan doblegado sus pretensiones, tan sólo han fracasado, me viene a la mente otra historia muy relacionada con ellos, en el fondo curas y seminaristas de trabuco echados al monte para matar afrancesados y disidentes. Esta es una historia muy ejemplar, aunque algunos, sin contradecirme, dirán que es nada ejemplar. Es ejemplo de fanatismo. Unos arqueólogos encontraron en los años setenta del pasado siglo una estatua romana colosal en Palmira conocida como Atenea-Alat del siglo II d. C. No tenía cabeza ni brazos, aunque se encontraron por separado y se unieron de nuevo, cuidadosamente reconstruida por los arqueólogos. En el siglo IV esta colosal estatua había sido decapitada por fanáticos cristianos que la consideraban un ídolo. En 2016 las fuerzas islamistas fundamentalistas del autodenominado Estado Islámico ocuparon la ciudad de Palmira, colocaron minas y explosivos en todo el recinto y… decapitaron y mutilaron nuevamente a la diosa. Milenios después los fanatismos procedían de igual forma sin que les detuviera la belleza y mucho menos la tolerancia. En los primeros siglos de nuestra era, en mitad del desierto sirio, la glamurosa Palmira, un oasis rodeado de estos árboles, comerciaba con suntuosas sedas.

Se nos ha contado muy mal, sin respetar la historia y cayendo continuamente en la hagiografía, las peripecias del cristianismo primitivo. Lo he afirmado en otras ocasiones, si me dan a elegir entre los mártires y los leones, yo siempre me pongo de parte de los leones. Entre otras cosas porque estos sectarios analfabetos e intolerantes no respetaban nada la tinta del sabio, sólo su sangre era considerada santa. Y es justo al revés. Precisamente estos mártires por su fe no eran tan perseguidos como se ha señalado, salvo en momentos muy concretos del Imperio. Tomemos el caso de un prefecto romano llamado Probo. Está juzgando a un cristiano que se ha negado a ofrecer sacrificios a los dioses de la ciudad. Le pide que obedezca y realice el sacrificio para evitar ser ejecutado al menos nueve veces, que piense en la vida que le queda por delante, en el dolor de sus padres, en el desamparo de su mujer e hijos. “Dobleguen tu locura las lágrimas de tantos y, mirando por tu juventud, sacrifica”. El cristiano se niega a transigir; el prefecto lo intenta una vez más: “Siquiera por ellos [sus hijos], sacrifica”. El cristiano se niega y muere, se autoinmola. El relato habitual nos cuenta que los romanos insistían en que se realizaran los sacrificios para que se condenasen los cristianos. Es justo al revés: insistían para que salvaran la vida. Pero al igual que los suicidas islamistas van derechitos al cielo de la huríes al matar infieles, lo mismo los cristianos que morían por su empecinamiento.

En realidad, con el declive del Imperio Romano y la oficialización del cristianismo como religión oficial, se inició una etapa oscurantista en la que se intento y en gran parte se consiguió borrar los logros culturales de la época clásica. Se inició la Edad de la Penumbra (The Darkening Age, en palabras de la historiadora Catherine Nixey). El imperio romano, como venía siendo habitual, se había mostrado generoso acogiendo nuevas creencias de todos los rincones del Orbe, lo que hoy llamamos tolerancia, pero la llegada del cristianismo lo cambió todo. Porque esta nueva religión, pese predicar la paz, era violenta, despiadada y decididamente intolerante. Cuando se volvió oficial merced al maldito Constantino y la beatorra de su consorte, sus fervientes seguidores emprendieron la aniquilación de toda manifestación disidente, derribaron altares, estatuas y templos, quemaron obras filosóficas y profanas, asesinaros a sus sacerdotes. Historias no tanto perdidas en el tiempo como olvidadas a conciencia. A mala conciencia. 

En las laderas de la Acrópolis de Atenas existió una gran mansión que se entregó a un nuevo propietario cristiano. Ese cristiano, quienquiera que fuera, no tenía un particular gusto por el arte antiguo que tenía la casa. La hermosa piscina se convirtió en un baptisterio. Las estatuas del primer piso se consideraron inaceptables y se hicieron pedazos, adios a Apolo, Zeus y Pan y se arrojaron a un pozo y el mosaico del suelo fue retirado toscamente y sustotudo por una gran cruz de mucha menos calidad. Pero la peor ignominia se reservó para la propia Atenea, como la de Palmira, la diosa de la sabiduría. Se decapitó, claro y como humillación final se colocó boca abajo en un rincón del patió y se utilizó como escalón. Muy metafórico: la diosa de la sabiduría fue desgastándose aplastada por generaciones de pies cristianos. Un gran triunfo de la fe.

viernes, 2 de marzo de 2018

En defensa de una cultura elitista para todos (bonito contrasentido)



Recuerdo una conversación con mi hijo mayor, con el que no me trato hace años y que ya habrá cumplido cuarenta, cuando era un adolescente airado pero tierno y encantador. Volvió del colegio, el Liceo Italiano de Madrid, bastante enrabietado y me soltó aproximadamente:
—Odio a Dante, valiente gilipollas
Yo, que por aquel entonces aún no le había leído —siempre he mantenido multitud de 'ineludibles' propósitos pendientes, es parte del aliciente de la vida, considero—, pero respetaba la sanción del tiempo con los clásicos, le respondí más o menos:
—Hay dos posibilidades, que Dante en efecto sea gilipollas —me abstuve de comentar que esa opción me parecía improbable— o que gilipollas sea tu criterio para juzgarle, aún por formar. 

Con el tiempo a mi hijo le terminó fascinando Dante. Y con el tiempo por fin yo le leí, por una carambola típica en los aficionados a la literatura: me incitó a hacerlo el poeta inglés T.S. Elliot, que me ha gustado siempre y que reconoció en varias ocasiones su deuda con el italiano. También es cierto que para ser un buen lector hay que sincerarse, especialmente con uno mismo, como aquel reputado académico italiano que en su lecho de muerte llamó junto a su oreja a su discípulo predilecto  y cuando este ansioso se acercó al último aliento del otro en lugar de una última voluntad escucho una sinceridad tan honda que la tenía que soltar para el viaje; le dijo: "Detesto al Dante". 

Adorno se preguntaba dolorosamente, no retóricamente, si después de Auschwitz era posible la poesía; es más, dijo textualmente que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie; yo le respondo que no sólo es posible, sino indispensable. Esa 'barbarie' no se opone al olvido, al contrario. Exterminarnos, exterminar al que nos parece algo distinto debió ser una tara de nuestra especie desde que avistamos a los neandertales. Los nazis alemanes lo único es que aplicaron su legendaria eficacia programada. Además, mientras se compone un soneto o una canción o se pinta un cuadro no se mata a nadie.

Lo que llamamos el comienzo es a menudo el fin
y llegar a un fin es hacer un comienzo.
El fin es de donde arrancamos. Y cada expresión
y frase que sea correcta (donde cada palabra esté en su casa,
ocupando su lugar para apoyar a las demás,
la palabra ni desconfiada ni ostentosa,
un fácil comercio de lo viejo y lo nuevo,
la palabra corriente, exacta sin vulgaridad,
la palabra formal, precisa pero no pedante,
el conjunto completo bailando juntos)
toda expresión y toda frase es un fin y un comienzo,
todo poema es un epitafio. Y cualquier acción
es un paso al tajo, al fuego, por la garganta del mar abajo
o hacia la piedra ilegible: y ahí es donde arrancamos.
Morimos con los agonizantes:
ved, ellos se marchan, y nos vamos con ellos.
Nacemos con los muertos:
ved, ellos vuelven, y nos traen con ellos.
El momento de la rosa y el momento del tejo
son de igual duración. Un pueblo sin historia
no se redime del tiempo, pues la historia es una ordenación
de momentos sin tiempo. Así, mientras la luz cae
en una tarde de invierno, en una capilla apartada
la historia es ahora e Inglaterra.

Con la atracción de este Amor y la voz de esta Llamada

No cesaremos de explorar
y el fin de toda nuestra exploración
será llegar a donde arrancamos
y conocer el lugar por primera vez.
A través de la puerta desconocida, recordada
cuando lo último de la tierra por descubrir
sea lo que era el comienzo;
en la fuente del río más largo
la voz de la cascada escondida
y los niños en el manzano
no conocida, porque no buscada
pero oída, medio oída, en el silencio
entre dos olas del mar.
Deprisa ahora, aquí, ahora, siempre –
una situación de completa sencillez
(costando no menos que todo)
y todo irá bien y toda
clase de cosas irán bien
cuando las lenguas de llamas estén plegadas hacia dentro
en el coronado nudo de fuego
y el fuego y la rosa sean uno.
T.S. Eliot, Little Gidding, en Poesías reunidas, trad. José María Valverde, Alianza
No se me da muy bien dibujar ni pintar ni esculpir (por cierto, ¿sabéis que Facebook ha censurado por pornográfica la Venus de Willedorf?, eso da idea del nivel de la moderna cultura de masas aupada a las llamadas redes sociales), pero me gustan mucho las artes plásticas de todo tiempo y lugar, desde los rinocerontes de la Grotte de Chauvet a los espurreados de Jackson Pollock, lo mismo me pasa con la música, la poesía, la narrativa, el cine, el fútbol y tantas actividades que me gustan y me veo incapaz de practicar. Mantengo un nivel de exigencia demasiado alto como usuario para pretender igualarlo como autor, además siempre he preferido mirar a que me miren. No poseo esos talentos pero nací con la gracia de saber admirarlos. A los mejores de entre los míos, los similares a mí, también les pasa. Sin embargo hay una excepción: es difícil que a los que no son poetas les guste la poesía. Y es una pena. Imaginad un mundo tan mutilado como aquel en el que sólo a los músicos les gustara la musica, sólo a los cineastas el cine, sólo a los pintores...etcétera. 

En las flores del mal Baudelaire enseña al que quiera aprenderlo los aspectos más sórdidos de la vida en las metrópolis modernas de entonces, ahora ya antiguas entre nosotros, pero que en parte permanecen. Cualquier poeta en cualquier sitio aprendió así que la ciudad es un tema para sus poemas y no sólo los blancos burritos mullidos con nombres de improbable metal precioso o los árboles abatidos por el rayo, y eso es importante porque ya somos más los humanos que vivimos en ciudades que los que aún lo hacen en ámbitos rurales. El poeta está comprometido a convertir en poesía lo no poético. Convertir en poesía lo poético ya lo han hecho muchos muy bien, desde Garcilaso a Ausias March, en otros tiempos más rústicos y antiguos. Yo soy un mal lector de poesía, creo, porque creo que los únicos buenos lectores de poesía son los poetas, de ahí que sea un género tan minoritario. Decir lo máximo con el número mínimo de palabras, como hizo Safo, sólo lo hacen los poetas. El problema de los grandes poetas es que son gigantes a los que no podemos mirar de tú a tú y no es extraño, si somos sinceros que nos parezca más próximo cualquier poeta menor isabelino que William Shakespeare. Si finalmente te acaba resultando próximo —que no familiar— alguien tan grande es porque uno ha crecido, no porque el otro se haya vuelto más pequeño. La gran cultura siempre fue, es y será minoritaria, elitista y por eso muchos, los muchos, creen que es superflua, un lujo, aunque es esencial para esos pocos. Apreciar a Shakespeare, como señaló T.S. Eliot, como leer cabalmente a Proust, como señalo modestamente yo, es tarea para toda una vida y en cada fase, en cada maduración, en la exaltada juventud, en la atribulada madurez, en la sosegada (si ha habido suerte y talento) vejez, en cada una de esas fases de maduración, si no lo son de putrefacción, se les puede comprender mejor, de ahí la relectura: Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare. Y más, muchos más, alguno incluso, contemporáneo mío y en mi mismo idioma. 

Escuchar con los ojos a los muertos más excelsos, o sea, leer a los clásicos. No me confundáis con un exquisito, o peor aún con alguien que simula serlo; simplemente no soy zafio, basto ni ordinario o grosero. En general prefiero leer a mis contemporáneos, que no necesariamente coetáneos, porque comparto más con ellos las claves y el espíritu de nuestro tiempo común, el zeitgeist, y eso me hace más fácil su tránsito, entrar en ellos. A cambio, me acarrean montones de chascos en forma de lecturas bruscamente abandonadas, topetazos con mediocridades de éxito bien promocionadas. Y eso es lo que en cambio me garantizan los clásicos, depurados por el inexorable dios tiempo, pero que en cambio requieren más esfuerzo de adaptación a ellos, a esos éxitos con los que no comparto todas las claves de su tiempo y que leo de forma distinta a la de los lectores de su propia época (una pregunta fascinante: cómo leían El Quijote los castellanoparlantes contemporáneos de Cervantes; tengo entendido que se tronchaban de risa, lo cual está muy bien, pero que no lo tomaban muy en serio, lo que ahora nos parecería muy mal). 

Toda lectura de un clásico implica malentendidos y es un anacronismo, un anacronismo tan delicioso como pasear por el campo en lugar de estar en un atasco con el automóvil o aprisionado en el angosto asiento de un avión más pesado que el aire, o escribir y franquear una carta en lugar de tuitear frenético o como se diga, plantar un huerto en lugar de comprarte una moto de agua para aterrorizar a los bañistas. Esos anacronismos me permiten compartir gracias a Homero la emoción de las guerras aqueas en la Edad del Bronce o la indignación fatalista por las continuas intromisiones de los dioses en las peripecias de los humanos. Sólo por poner un caso, pero hay miles, el Dante que le permite a este humilde ateo descender al purgatorio y al infierno y entender curiosamente mejor luego al Eliot de los cuartetos (véase arriba uno, Little Gidding) o de La Tierra baldía, sólo que en un caso Dante te habla de ese descenso de la mano de Virgilio y en Eliot de los bombardeos de Londres. Leer es una tarea sin fin, como comer cerezas de un cesto, nunca se saca una sola, salen varias prendidas. Se ve diferente el Guernica de Picasso si se ha leído Eliot y a Dante, incluso, con la buena cultura de masas o popular, si se ha visto una película y las escenas (dantescas) que siguen al bombardeo de una ciudad (Eliot las sufrió personalmente en Londres, como el Vonnegut de Matadero cinco en Dresde, etcétera.): escenas alucinantes tras un ataque aéreo. Mi madre, sin ir más lejos, no soporta las tormentas ni los truenos, aunque esté a resguardo, porque de niña sufrió los bombardeos fascistas en el Madrid de la Guerra Civil. 

Son los neurocientíficos y no los poetas a los que les corresponde investigar el aparente misterio que encierran las rimas y el ritmo. El pintor tampoco necesita conocer las interacciones más intimas de las longitudes de onda en los colores, trabaja en otro nivel de entendimiento y por eso jamás me han parecido antagónicas las artes o la poesía y la ciencia, pero sí la ignorancia y el envanecimiento en ella. Hay que disfrutar de las increíbles parábolas en las trayectorias de los golpes francos en el fútbol, pero a la vez de Newton y Galileo que las explican en el nivel que les es propio a ellos, pero no a los futbolistas ni a sus espectadores.

La lectura es un placer delicioso, un entretenimiento que se enfrenta al espectáculo como forma hoy generalizada de diversión, porque se suele practicar en soledad, pero que da mucho gusto compartir sus hallazgos con otros viciosos. También es una fuente de conocimiento, a menudo no buscado especialmente, o sea, sobrevenido, y en el campo que nos hace más humanos, o más humanos entre los demás animales: el lenguaje. Se me ocurre socializar este vicio solitario, imitando los refectorios monacales en los que los comensales guardaban silencio mientras comían, salvo uno que leía en voz alta (y no comía, pobre), y así sustituir los horrendos comedores con la televisión encendida. Ese arte colectivo también se practicaba en las tabaqueras de Cuba en que uno leía mientras las demás (torcedores) enrollaban hojas de tabaco. José Martí, otro autor delicioso, sobre todos en los diarios de sus viajes, se refirió a estos lectores aupados a tarimas en las fábricas como “tribunas avanzadas de la libertad”. Así Lili Litvak señala que fueron decisivas para forjar la independencia de Cuba, favoreciendo la cultura de los trabajadores y forjando su conciencia de clase. Va a resultar que perdimos Cuba por culpa de la afición a la lectura de los cubanos (y al deseo del entonces vicepresidente Theodore Roosevelt de entrar en una guerrita fácil de ganar y productiva).

Los poetas presienten las palabras, como algunos animales los terremotos. Los verdaderos poetas (redundancia) utilizan en cada caso la palabra que quieren, la que necesitan, yo, en cambio, sólo la que encuentro. Transmitir a la posteridad la propia lengua, más desarrollada, más refinada y más precisa de lo que era antes de escribir en ella, es el máximo logro posible de un poeta como poeta. Como hicieron Dante o Shakespeare en sus respectivas lenguas. Sus lectores sólo podemos aspirar a subirnos con esfuerzo (que compensa) a una metafórica escalera para ponernos a su altura; o bien decidir que millones de moscas no pueden equivocarse y ponernos a comer mierda y encender la tele.

jueves, 16 de noviembre de 2017

El olvidado arte de invertir el mundo



Aún hoy, aunque ya muy de tarde en tarde, sigo haciendo fotos. Vengo haciéndolas desde mi lejana juventud. Se puede decir que es uno de mis amores más duraderos. Y sin embargo, la reciente libertad que ha supuesto el por lo demás magnífico invento de la fotografía digital, de alguna forma, quizás antidemocrática y elitista, me ha distanciado de ella. En mí anida un reaccionario, un conservador en su sentido más puro y menos ideológico. De ahí que rechace en parte al libro electrónico a favor del de papel, el móvil frente a los teléfonos anclados en la pared, las motos que se podía reparar uno mismo o la fotografía analógica que dependía de la obtención de negativos y que marca su verdadero origen por encima de Daguerre, Nadal o Niépce. Fue Talbot, que depositó una tarde de verano junto al lago de Como unas hojas de árbol (no se de qué especie, quizás ese culantrillo de pozo, el helecho que ilustra este post y que también es obra de este pionero) sobre unas laminas de papel que habían estado inmersas en nitrato de plata y las dejó al sol. Se crearon así las sombras, los negativos, de esas hojas que luego pudieron positivarse y por tanto, reproducirse indefinidamente. Era un época hermosa que venía desde la Ilustración del XVII y que no anteponía sino que completaba el arte con la ciencia.

Pero lo que añoro no es sólo la intangible calidad diferencial de un positivo a partir de un negativo (como el sonido de un LP en un tocadiscos frente a un CD, o la textura y el olor del papel frente a la frialdad de la pantalla). Ni las tardes encerrado en el cuarto oscuro revelando y remedando a un alquimista. Es algo más sutil. William Henry Fox Talbot al inventar el negativo fotográfico merced a esa serendipia olvidadiza, no sólo descubre la tarea de dibujante exacto del Sol (literalmente heliograbado), que podrá atrapar esas sombras mediante una camera obscura y fijarlas con unas sales, sino que ‘revela’ (permitid el juego de palabras) la metáfora de la inversión, el espejo con el que la realidad encuentra su opuesto sumergido. Inversiones, sombras, invisibilidades. La fotografía es el arte de jugar con el momento, con el tiempo, y para eso es necesario darle la vuelta a lo que te señala demasiado obviamente.

Con el progreso técnico hay siempre un proceso de suma cero que hace que parte de lo que se gane se pierda por otro lado. El caso extremo es cuando una tecnología sustituye totalmente a la anterior, a veces para bien y a veces no tanto. Y a veces se equivocan los pronósticos, por ejemplo, una vez que se anunció que el e-book y demás dispositivos electrónicos de lectura en pantalla conducirían a la muerte del libro de papel tradicional, lo que ha sucedido es que nunca como ahora se ha editado tanto y tan bien papel. (En los inviernos de mi infancia los niños íbamos con las rodillas peladas de frío con nuestros exiguos pantalones cortos y las medias colgando de los tobillos. Pero no contemplábamos los ambicionados pantalones largos como una comodidad añadida sólo al alcance de los mayores, sino como un ascenso social, que además te quitaba el frío de las piernillas. Ahora los niños van con pantalones largos desde su tierna infancia y los adultos se ponen pantalones cortos siempre que pueden).


martes, 14 de noviembre de 2017

Arte callejero en Bruselas, pero... la vida es demasiado corta para ser (sólo) catalán












El monigote que falta, lo habéis adivinado es el de Puchi (Puigdemont), pero dudo mucho que él  haya paseado por este barrio tan interesante y que, paradójicamente, junto a tanta creatividad mural atesora (es un decir) la mayor concentración de fanatismo islamista de toda Europa: el barrio de Molenbek.


El nacionalismo es una tontería cimentada en sentimientos exaltados, como asesinar a la pareja. Aunque eso se queda corto, no es tan fácil. Detrás del independentismo se ocultan intereses, como la pugna por unos millones de súbditos/contribuyentes o el deseo de convertir en paraíso fiscal el territorio de salida por el Mediterráneo de España. Luego están los que quieren convertir la insumisión en una algarada permanente y les va bien cualquier causa, aunque se trate de sustituir a las vacas por cabras en la India como animales sagrados. Los nacionalismos, vino a decir don Pio, se curan viajando. Estoy de acuerdo, pero, ojo: viajando, no haciendo el turista accidental y acci... letal. Churchill dijo que la vida es demasiado corta para aprender alemán, yo creo que la vida es demasiado corta para ser (sólo) catalán.