Los que vivimos asombrados el empecinado proceso de
independencia catalán quizás ignoramos mayoritariamente que la línea que
establece la separación de la Edad Medieval de la Moderna se estableció un día
de abril de 1493 en el lóbrego salón de banquetes abovedado conocido como del
Tinell en el barrio gótico de Barcelona. Curioso que el mismo escenario que
supuso un avance radical del discurrir histórico sea el mismo de los intentos de
hacerle retroceder del siglo XXI al XIX; de la globalización, que inauguró en
la versión casi actual el propio Colón, al regreso a la nación romántica y la idea fragmentaria
de un país, un pueblo, una nación, un estado y un ramillete de fronteras.
En ese gótico salón que aún existe el genovés defendió ante los monarcas castellanos y aragoneses (Cataluña sólo era la parte marítima de Aragón y Barcelona un condado, como Castilla) el éxito de su misión. Poco importaba que no hubiera llegado a las islas de las especias en la India del Extremo Oriente (en realidad Las Molucas indonésicas), sino a un nuevo continente; que los indios que había traído consigo y que avanzaron tímidamente al centro del salón con su desnudez y sus vistosos tocados no eran indios sino caribes, indígenas destinados a su próxima extinción; que los chirriantes loros, sí fueran loros, pero no asiáticos sino americanos y que la canela no fuera canela sino la corteza de otro árbol americano menos valioso. Pero el oro si era oro, aunque poco, las perlas eran perlas y la codicia, junto a la curiosidad y la ignorancia sí eran ciertas, como los sueños, que sueños eran y son e impondrían una nueva era de descubrimientos y transformación del mundo.
En ese gótico salón que aún existe el genovés defendió ante los monarcas castellanos y aragoneses (Cataluña sólo era la parte marítima de Aragón y Barcelona un condado, como Castilla) el éxito de su misión. Poco importaba que no hubiera llegado a las islas de las especias en la India del Extremo Oriente (en realidad Las Molucas indonésicas), sino a un nuevo continente; que los indios que había traído consigo y que avanzaron tímidamente al centro del salón con su desnudez y sus vistosos tocados no eran indios sino caribes, indígenas destinados a su próxima extinción; que los chirriantes loros, sí fueran loros, pero no asiáticos sino americanos y que la canela no fuera canela sino la corteza de otro árbol americano menos valioso. Pero el oro si era oro, aunque poco, las perlas eran perlas y la codicia, junto a la curiosidad y la ignorancia sí eran ciertas, como los sueños, que sueños eran y son e impondrían una nueva era de descubrimientos y transformación del mundo.
Las especias que Colón no trajo eran un poco, solo un poco, las substancias homeopáticas de la época; es decir, sus virtudes reales, como sazonar los alimentos, mejorar su sabor o impedir su deterioro eran menos consideradas que las supuestas de mejorar la salud, las prestaciones sexuales y otros prodigios, a fin de cuentas más increiblemente mararavillosas cuanto más difíciles y lejanas fueran las fuentes de su obtención.
Los milagrosos efectos que tendría la independencia catalana también son homeopáticos, como las supuestas virtudes de las especias, y cuanto más lejana y difícil sea conseguirla, cuantos más dificultades y hasta peligros arrostren los valerosos independentistas en su afán de chocar contra un continente ignoto tanto mejor será el paraíso conseguido, tanto más milagrosas sus especias. El problema es que aunque Colón se embarcó con unos cálculos errados, (infravalorados) de la auténtica magnitud de la circunferencia terrestre que permitía la existencia de un enorme continente entre Europa y Asia hacia el oeste, partía sabiendo que la Tierra era una esfera. Estos independentistas catalanes siguen creyendo en un mundo plano, tan plano como sus obsesivas mentes, y hasta unidimensional y siguen tomando el Procés como un afrodisiaco para sus sueños edénicos. Pero la mayoría de estas utopías terminan convirtiéndose en infiernos distópicos y las milagrosas especias no consiguen evitar la putrefacción de sus propias políticas. O sea, como diría Monterroso, aunque despertasen independientes, el dinosaurio de la miseria de la política catalana seguiría allí.
Error tras error, la pimienta 'india' era en realidad el chile americano; la independencia catalana es el retorno a un mundo aislado y medieval, bonito pero nada funcional como el salón de Tinell.










