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viernes, 28 de septiembre de 2018

Barrios bajos, mirada avizor




Ahí fuera no está el Cañón del Colorado ni las cataratas del Niágara. No estoy incurriendo en la metafísica de sí existe la realidad desde el momento que te puedes caer y matar si te resbalas en esos sitios. A lo que me refiero es que no existen esos lugares en tanto que iconos sino son percibidos como tales, como paisajes. La mirada, el ojo del observador es tan esencial como lo que hay ahí fuera; para que exista el paisaje se necesita un observador, un turista con su cámara de fotos, no un campesino temiendo por su cosecha.

Esto no lo termina de entender el ecologista medio por la sencilla razón de que el ecologismo es una sentimentalización de la ecología y la historia natural, lo cual es como poner el carro delante de los bueyes y pretender una sensibilidad previa a un conocimiento sólido. Aunque hay cuestiones evidentes: allá donde va el hombre mueren los árboles, lo puede notar cualquiera. Creamos desiertos y los llamamos progreso. Pero eso no impide que el ecologismo ande sobrado de emoción sin razón a veces.

Afinar la mirada, aprender a observar y luego preguntarse; las preguntas importan más que las repuestas. Desde la madrileña plaza de Santa Ana bajo a los barrios bajos; literalmente, están abajo, junto al río, y también abajo en la escala social y en cualquier caso hay que bajar por cuestas empinadas para llegar a ellos. Paso por delante de un placa en la que nunca había reparado aunque había pasado muchas veces por delante: ‘Amigo de los enfermos de lepra’, (Marqués de Santa Ana número veinte). La lepra hoy no es problema en Madrid pero seguro que es fascinante indagar sobre el origen y la historia de esos afectos a los leprosos (por cierto, la lepra es de las enfermedades infecciosas menos contagiosas). Barrios bajos desde la divisoria de Santa Isabel, de Antón Martín, tejadillo de Lavapiés, al Reina Sofía, aledaños del arte junto a la castellana a la altura de Atocha que pocos saben que es esparto en vascuence (Stipa tenacisssima): Oso, Salitre, Tres Peces, San Cosme y San Damián. Y qué me decís de vivir en Costanilla de los Desamparados esquina con Berenjena. El ciprés que asoma por la tapia del conservatorio, esquina con el colegio de médicos. Jabón de ozono, anuncian en un pequeño establecimiento reciclado, antes mercería. Imposible, el ozono, nunca mejor dicho va a su aire, sea en la troposfera, contaminante, o en la estratosfera, protector, y no en una pastilla de jabón, sus tres átomos de oxígeno no se lo permiten, oxida todo y enlaza químicamente poco. Paso por mantequerías, cuando la manteca era bien recibida y los únicos gordos eran los ricos, al revés que ahora, en estos tiempos de horror a la obesidad; y así se llamaban los también bonitos ultramarinos; este tiene un buen surtido de legumbres, de bacalao y de latas de bonito. De vez en cuando alguna corrala y entremedias alguna casa buena, no tanto como en el barrio de Salamanca, pero casi palacios. No hay nada que marque mejor la lucha y la distancia de clases que las entradas de servicio. En un tejadillo reconozco la feraz Cymbalaria muralis, la picardía, la yerba de campanario, los inacabables ojos de dos gatos me observan mientras la corto.

Tengo tan lejos las Islas de Arán como las tetas pecosas de Julianne Moore. Acabo de salir por enésima vez del hospital y por primera vez estas caminatas me fatigan mucho, pero me encantan.

lunes, 9 de abril de 2018

Pecios sin precio, 3: con Dios y con Dylan y más jardines




Ya casi nadie dice eso tan bonito de "Vaya usted con Dios", o más escuetamente, "con Dios" (¿Mejor solo que mal acompañado? Ser ateo no implica ser maleducado). Hay que andar por sitios rurales muy remotos para oirlo. Cuando camino nunca pienso en Dios, cuando estoy en reposo tampoco, pero sí en mi personal teología de andar por casa y por el mundo; en élla, Dios no sólo no existe, sino que no hace falta que exista, es superfluo. En realidad debería decir que no me hace falta a mí, no lo necesito, pero eso no excluye la necesidad, al menos durante milenios, por parte humana de creer en su existencia como consuelo ante nuestra condición y como forma de socialización (compartir un dios, compartir unos colores, unos simbolos, un equipo de fútbol...). También se pueden hacer silogismos baratos, del tipo de si se demostrara que no hay Dios —como es mi profunda convicción—, las religiones no harían falta (¿no las seguiría habiendo?), pero ya me he rebatido en el párrafo anterior: subsistiría quizás la necesidad de creer y supongo que eso implica la inevitable secuela de religiones y cultos organizados, sacerdotes y demás a menudo nada ejemplares, una forma de poder fáctico e incluso explícito. 'Que dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a su paloma'. No obstante, la inversa es aún más interesante: si se demostrase que hay Dios, tampoco habría religiones, serían superfluas. Y esta es mucho más difícil de rebatir. Lo desconocido, lo imprevisto, sobre todo lo indemostrable es el fundamento de la vida, y la ignorancia (sabiendo que existe, no ignorándola a su vez) es el campo natural del pensamiento y lo indemostrable el de la acción. Por eso, una de las frases más profundamente inmorales es la de que si Dios no existe todo está permitido. Al contrario, si no existió un demiurgo que nos crease como lamentables golems susceptibles de ser castigados, que es la base de todo el tinglado, esa tarea recae precisamente sobre todos y cada uno de los nosotros, de hecho, nos hace más responsablemente humanos, o por el contrario inhumanos, perversos, como el personaje que suelta la frase. La frase de Iván Karamazov ha representado para muchos el ateísmo ilustrado, pero Dostoievski no era ateo y se le nota, es una frase desesperada y tonta. 

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Suele ser joven y además quiero creer que esta clase de patologías se curan con la edad, porque no son sólo pedantería. Es un tipo de individuo culto o más frecuentemente semiculto muy actual que me desagrada profundamente y que procuro evitar, aunque a menudo es casi imposible, porque suele medrar en medios públicos y de comunicación, especialmente en partidos políticos juveniles, como Podemos y sus diversas franquicias regionales o en la CUP catalana y similares que, como las derechas que se empecinan en permanecer en el pasado, estos al revés, pero igualmente, no regresan al futuro, sino a ese mismo pasado. Aluden a la cultura popular; para entendernos, prefieren ilustrar sus prédicas con Juego de tronos y otras series de éxito de cierta calidad, que con clásicos como la Divina Comedia, aunque también se deba a que la primera la han visto y el segundo no lo han leído. Son los señoritos revolucionarios. Los señoritos revolucionarios se consideran imprescindibles para abrir los ojos de la gente, no conciben ni confían en que la gente pueda emprender esa tarea sola, que cada uno de nosotros tenga la llave de su propia libertad y su propio progreso en el caso de desearlo. Son la antítesis de los viejos ilustrados, los institucionalistas y los entrañables libertarios que consideraban la educación y la adquisición de una cultura personal pero extendida a todos como una forma, casi la primordial, de alcanzar la libertad. Obvían vincular el conocimiento a la libertad, quizás les disgusta, aunque se libren mucho de declararlo abiertamente, porque eso les dejaría sin tarea, la de guiar a la plebe. Son curas, sacerdotes de sus respectivas sectas, que excomulgan o aceptan y mantienen girando la función adaptativa que originó la necesidad de las religiones y las conserva: el amparo en el grupo, la sociabilidad de compartir ritos y creencias. Dificil zafarse de eso que solo lo consiguen los mejores.

Y sin embargo, el  conocimiento humano, y no es redundancia, jamás podrá resolver estas cuestiones. Otras muchas sí, pero la pregunta de si tiene límites ese conocimiento es muy pertinente. Vivimos -modas irracionalistas al margen- una época en que la ciencia parece ir borrando aceleradamente todas las incógnitas, desvelando los misterios más profundos, pero el horizonte de lo que queda por explicar sigue allí, a lo lejos. Porque es realmente un horizonte, y caminar hacia él no tanto nos lo acerca como nos aleja de otras cosas, fundamentalmente de la oscura ignorancia. Pero quedan muchos confines del saber e irán surgiendo otros, como en una escalera mecánica de bajada por la que pretendemos subir. Confines que se resisten: qué es la conciencia, la naturaleza del tiempo, las paradojas de la mecánica cuántica, el porvenir del universo o si el infinito es una entidad real o tan sólo un concepto abstracto. Los que afirman que la ciencia en su avance desvelara todos los misterios en el fondo está emparentados con los retrógrados de la Edad Media que se oponían a la ciencia porque consideraban que todas las respuestas que se precisaban estaban en los libros sagrados y que la observación y la experimentación rozaban la herejía. Tan ilógico es el que recela de la ciencia como el que confía en ella como si fuera una religión, cuando es todo lo contrario.

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Epicuro, claro, también Spinoza, o ese Jorn De Précy que he traído aquí hace poco, qué casualidad que todos tuvieran jardines. El primero que me habló del jardín de Jorn Précy fue... Bob Dylan. Cuando mi primera mujer estaba embarazada de nuestro primer hijo, no hacía más que ver en cualquier sitio otras mujeres embarazadas. Supongo que simplemente prestaba más atención a ese hecho, pero pasa muy a menudo que algo que había permanecido casi oculto ante nuestros ojos de repente, una vez descubierto, se evidencia por doquier. Puede que de Précy y su misterioso jardín se desvanecieran tempranamente de Inglaterra, pero volvieron a aparecer medio siglo después al otro lado del Atlántico. El desaparecido jardín del islandés Jorn de Précy, para los que habéis seguido las dos entradas anteriores, estaba en Greystone, Oxfordshire, junto a Chipping Norton, donde en 1916 murió el curioso personaje. Casi tan curioso es la forma en que empezó a reiterárseme su existencia, tras el opúsculo que escribió y que yo encontré en un cajón variopinto de una librería de viejo cercana a Charing Cross en Londres. Me explico; cuando lo compré por dos libras creo recordar, lo hice por el tema y el título: The Lost Garden, pero luego he comprobado con sorpresa que el primero que “me habló” de tal jardín fue… Bob Dylan:
“They say Jorn’s wildflowers have died/but I saw Greystone in a dream last nigeht/and all these roses started to bloom/when I stepped into the garden (Se dice que las flores silvestres de Jorn han muerto, /pero anoche yo vi Greystone en sueños/y todas las rosas empezaron a florecer/cuando entré en el jardín).

La balada se titula Jorn’s Wildflowers (Las flores salvajes de Jorn). Dylan la cantó por primera vez en Washington en 1964 con motivo de una manifestación contra la guerra de Vietnam. Tardíamente ha sido recopilada, rebañada podríamos decir, en algunas antologías recientes. En realidad Jorn fue un anticipado de la contracultura de los años sesenta y hasta de la Deep Ecology de los ochenta, y del movimiento hippie. Influenciado por las corrientes culturales orientales taoístas y budistas de la liberación que, contra lo que muchos pensábamos, penetraron en Europa ya en el siglo XIX, preconizando una vuelta a la naturaleza, una ruptura radical del consumismo y del conformismo de la sociedad de masas. Nada nuevo bajo el sol, pero esto es lo fascinante de ver la cultura como un rosario o una cadena de cuentas que traen 'a cuento' unas cosas tan aparentemente dispares: filósofías orientales anteriores a Cristo, jardineros filósofos islandeses opuestos a los tempranos desmanes a la belleza de la Revolución industrial inglesa, hippies contraculturales, Bob Dylan y este viejo escéptico, aunque no de todo, que esto escribe.

viernes, 30 de marzo de 2018

Un hermoso falso tapiz y una hermosa falsa nación: Girona Trail





Je ne fais pourtant de tort à personne

En n'écoutant pas le clairon qui sonne

La mauvaise reputatión, George Brassens



En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado”
La mala reputación, versión de Paco Ibáñez


Cataluña no es una nación, sino un rincón eternamente victimista (a pesar de haber sido favorecido a menudo) de nuestra Península; al igual que Israel tampoco se comporta como es esperable en una nación que en cambio tiene todos los papeles ante la ONU, sino como una milicia armada. Francia sí; Alemania también (a veces por desgracia), hasta España o El Perú son naciones y no le veo la ventaja a eso, porque yo creo, aclaro, que toda nación es una nación de mierda, las banderas incómodas sustitutas del papel higiénico y los himnos mala música que no sólo no me enardecen sino que me ensordecen y si me hacen levantar, como en la canción de Brassens y en la versión de Paco Ibáñez, es sólo para cerrar las ventanas y volverme a la cama. Oigo a un prestigioso corresponsal extranjero que no hay buen periodismo sin preguntas. Por supuesto tampoco hay ciencia sin preguntas ni verdadero conocimiento de cualquier tipo sin preguntas. Pero el nacionalismo no tiene preguntas, sólo certezas, casi siempre falsas o manipuladas, por tanto, no es parte de ningún saber, sólo contiene emociones en flagrante contraste con las del resto del mundo, no es sino una pulsión exclusivista.

Dicen que sólo el de Bayeux, o Tapiz de la Reina Matilde, se le puede comparar. Probablemente sirvió de baldaquino en el altar, aunque otros piensan que lo hizo de alfombra en el concilio celebrado en esa ciudad en 1097. Hoy está expuesto en el museo capitular de la misma catedral. Sobre un fondo de lana de color terracota, discurren hilos bordados de color azul, celeste y marino, rojo, verde, amarillo y fibras de lino blanco. Representa tres ciclos o relatos, el del Génesis, que le da nombre, presidido por un Pantocrátor, el ciclo de los elementos cósmicos y el ciclo narrativo de la leyenda de la Vera Cruz de Santa Elena; se supone que los tres reflejan la salvación como propósito humano. Encima del Pantocrátor se representa, por así decir, los primeros minutos del Universo, cuando el hombre aún no había sido creado, la separación del cielo y las aguas y todo lo siguiente. Jesús está representado por un hombre muy joven y sin barba. También están en los bordes los cuatro vientos principales representados por jóvenes con alas en la espalda y los pies, a la manera romana, aunque oí al típico pomposo erudito (ma non troppo) espontáneo que compartía con nosotros la visita, que eran ángeles Cualquiera se lo discutía, sobre todo porque se andaba luciendo ante unas entregadas jovencitas. También están los meses del año en las franjas laterales, la luna, el sol. Y en la franja inferior Elena de Constantinopla habla con los judíos en Jerusalén mientras uno de ellos busca la Cruz y encuentra… tres (¿cuál será la buena?). La joven guía insistía entonces en explicarnos el asunto en catalán a los dos únicos visitantes que quedábamos, P y yo, cuando era evidente que éramos castellanoparlantes. Así que nos pusimos a hablarle en inglés y cuando ella azorada regresó a la cordura la explicamos que simplemente estábamos buscando un idioma como medio de comunicación común a los tres. El Tapiz de la Creación que atesora la catedral de la ciudad hoy más xenófoba de España, con permiso de algunas poblaciones de la Almería costera pero profunda de los invernaderos, no es un tapiz, sino un exquisito lienzo bordado, románico del siglo XI, de casi quince metros cuadrados realizado con la técnica primorosa conocida como pintura a la aguja (acu pictae). Un trabajo tan delicado como de colores intensos, creado para ilustrar teológicamente a una población por entonces mayoritariamente iletrada o analfabeta, como lo es funcionalmente la del cincuenta por ciento de los catalanes más gritones de ahora, sólo que sus dogmáticos agitadores no crean belleza, me parece. 

Lo he contado en otra ocasión; a finales del verano de 2014 fui en coche a Dover en busca de mi entonces mujer y mi perra y tras cruzar el estrecho correspondiente desembarcamos en un Calais alterado de inmigrantes desesperados y cruzamos en diagonal la dulce Francia hasta la Provenza y tras un poco de turismo atravesamos la frontera para arribar a Gerona donde P tenía un congreso, pero no sin antes visitar la catedral y buscar el Tapiz de La creación del mundo. Para mí y para muchos gozadores hay un triunvirato de bella vida, o de vita bella o de vita beata, formado en el suroeste de Europa, por la Toscana italiana, la Provenza francesa y el Ampurdán catalán y español. Un triángulo de belleza y del buen saber vivir. Pero al llegar ilusionados a la hermosa Gerona (no escribo Girona porque no lo estoy haciendo en catalán, como no escribo London salvo que lo haga en inglés), después de una estancia prolongada en Inglaterra y una grata travesía por Francia, por primera vez nos sentimos extranjeros y mal recibidos. Cuando hablar castellano en Cataluña se convirtió en un problema dejé de sentir afecto y respeto por el camino que había emprendido tantos, demasiados, catalanes. Como los fanfarrones, aunque éstos tengan en su haber verdaderos logros, el que los magnifiquen grandilocuentemente hace que pierdan todo su valor, sobre todo si desprecian los de sus vecinos. Cataluña ha perdido oxígeno, se ha hecho irrespirable, sobre todo en las zonas rurales, antes tan gratas, y en las urbanas, antes tan cosmopolitas, a toque de alzamientos nacionales donde sólo faltan los curas con trabucos, que tanto temía con razón Goya, y los segadores con hoces, que de momento se quedan en los himnos.

Estos indignados catalanes tan jóvenes e ignorantes, son necios además, porque ignoran lo que ignoran, no saben que no saben y además, me temo, les importa un bledo (una suerte de acelga silvestre, Amaranthus retroflexus, que apenas alimenta ni da caldo). No saben que las revoluciones nacionalistas, todas, son involuciones, palos en las ruedas del único progreso político evidente: la abolición de fronteras y la nación humana como única aceptable y no indigna. Las peleas por los territorios, como bien sabían los barones del Medioevo, son también peleas por sus súbditos (y sus tributos y su trabajo), que no ciudadanos.

Entonces me aterró ver la bella ciudad plagada de banderas separatistas, igual me habrían aterrado las unionistas. Ahora me entristece su réplica en Madrid, con sus balcones llenos de banderas españolas que siempre he asociado a un régimen perjudicial aunque las de ahora sean constitucionales y sin el aguilucho. Sí, quizás lo que menos perdono del catalanismo separatista es que haya hecho resurgir el unionismo españolista, cuando mi patria son la gente de cualquier sitio y su territorio el que abarcan mis zapatos.

He perdido el afecto por Cataluña y sus catalanes más fervientes como lo perdí en su día de mi lejana infancia por los curas, que en el fondo vienen a ser lo mismo: fanáticos bienintencionados (los más, no todos), y todos sabemos que las buenas intenciones no bastan, hace falta lucidez, inteligencia para desarrollar la verdadera bondad, la que hace mejor la vida para todos. No, ya no quiero a los catalanes, al menos a su mitad más conspicua y vociferante. Pero no los deseo ningún mal ni ningún castigo. Sería como deseármelo a mí mismo.

 CODA

A veces lo que se ve como causas sólo son pretextos y las verdaderas causas, las eficientes que diría Aristóteles, están ocultas en intereses oscuros de naturaleza económica o directamente delictiva. Nacionalismo rancio es una redundancia, como lo es cloacas del Estado, puesto que todo Estado es una cloaca que evita que los humanos nos muramos entre nuestra mierda, contra lo que creía Rousseau y lo que temían mis admirados ácratas. Todas las guerras del pasado siglo en Europa, las dos llamadas mundiales y la más cercana y terrible de la extinta Yugoeslavia, han sido causadas por esta lepra xenófoba disfrazada de amor a la tierra (y desprecio de la ajena). La otra gran causus belli histórica es la religión. Dios y patria son malos inventos además de ya innecesarios, 'cuestan' demasiado para lo poco que hoy ofrecen. El tercer mal invento es el capitalismo, basado inexorablemente en el intercambio desigual: de trabajo frente a capital, de pobres frente a ricos, de hombres frente a mujeres, de unas generaciones frente a otras (incluso las aún no nacidas como en el caso del medio ambiente y el agotamiento de recursos), de unas regiones geopolíticas frente a otras. El expolio y finalmente un cuarto invento: las fronteras, permeables para ricos, dinero y productos; herméticas y peligrosas para millones de seres humanos. Por eso no sólo no creo en Dios sino que no creo en su necesidad, aunque entiendo la que existió en el acientífico y temeroso pasado para inventarnos una y otra vez uno o muchos a nuestra imagen y semejanza. No creo en las fronteras pero entiendo por qué existen, no creo en el capitalismo pero entiendo por qué existe y a veces cómo funciona, y al que tampoco le veo sustituto, pero sí imagino necesarias y urgentes sogas políticas con las que controlarle; no creo en las patrias, esos lugares tan simbólicos como reales donde aleatoriamente nacemos, pero ahí está el mapa del mundo, un puzle de colorines. El caso es que me entristece ver tantas ventanas con banderas, me da igual de qué bando; me entristece ver más iglesias que bibliotecas, me da igual de qué religión, porque estoy convencido (escuchad, yihadistas idiotas del mundo) que es más sagrada la tinta del sabio que la sangre del mártir; me entristece este mundo tan fascinante y a la vez tan aberrante, tan bello y tan mísero. Creo que ser tolerante, ateo, apátrida, culto y consciente de los privilegios propios es una de la maneras más honestas de estar instalado en el mundo, aunque no digo que sea la única, pero sí más coherente que ser independentista catalán neotrosquista y aliado de burguesones corruptos. Creo que los seres humanos nos hemos metido en un angosto camino desde hace siglos y no sé si es un callejón sin salida. En los callejones sin salida en realidad si hay una, obvia: retrocediendo, aunque nunca se recorre exactamente el mismo camino, de la misma forma que no se baña uno en el mismo río, como bien señaló Heráclito y tan mal se le entendió, porque no se trata sólo de que el agua fluye, sino de que nunca somos los mismos los que volvermos a bañarnos en ese río distinto y el mismo, distintos y los mismos nosotros. Todo cambia, nada permanece, salvo la estupidez que no varía su menú a lo largo de la Historia. Así que Panta Rhei y Carpe Diem.