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domingo, 3 de junio de 2018

Los tópicos, masilla de la ignorancia





Una de las formas de ignorancia es el uso de tópicos y lugares comunes, que actúan como masilla para rellenar huecos y en los casos más exacerbados terminan formando un muro sólo con ese relleno. Se evidencia en la forma de hablar y escribir con frases hechas (recuérdese al anterior presidente del gobierno), refranes, etcétera. La riqueza a la hora de usar el lenguaje es reflejo de la riqueza en matices del pensamiento. Las imágenes tópicas al final sustituyen la simple ignorancia por certezas falsas. Por ejemplo, las repetidas imágenes de la Última Cena con Jesús en medio de sus apóstoles es un auténtico anacronismo sobre todo de la pintura renacentista. Comer sentados a una mesa es algo que se comenzó a hacer en Occidente a partir de la Edad Media. En Roma, por ejemplo, se hacia semi tendidos en divanes (clinia) compartidos, colocados de tres en tres en salones comedores (triclinium). Sin embargo nunca he visto una imagen de la sagrada cena con los apóstoles repartidos en divanes, que además hubiera sido ofensivo por rememorar al poder que habían sustituido. 

La ignorancia cuando es pura se puede subsanar finalmente, el problema es cuando está oculta por esa masilla tópica a la que aludo. Por ejemplo, y siguiendo con Roma, pareciera que las extinciones biológicas son cosa de la civilización moderna (aunque a veces se aluda a la extinción de megafauna por cazadores paleolíticos) y además sólo afectando a la fauna. Eso impide divulgar la extinción por la codicia exótica de Nerón de una planta del norte de África que no hemos llegado a conocer, considerada una especia muy buscada, el ‘silfio’ de Cirene —no sabemos qué especie sería— cuyo último ejemplar fue recolectado para el emperador.



Ahora, el tópico dicta que cualquier evento metereológico que no sea el esperado o que simplemente incomode se debe al cambio climático, aunque el clima en sí sea cambio y sólo se pueda aludir a él desde la constancia de intervalos de tiempos más largos que los del día a día.

Los tópicos, como falsas casi indudables certezas se oponen al conocimiento real, aboliendo los matices, las probabilidades y las preguntas por hacer. Son los burladeros de los ignorantes semicultos. A mí me gustaría saber qué especie vegetal fue el silfio que los glotones romanos contribuyeron a extinguir; conjeturo que era una labiada, pero...

jueves, 31 de mayo de 2018

La tribu exclusiva y los escarabajos



El reducionismo es el causante de los mayores éxitos del conocimiento científico; también de sus mayores limitaciones. Al observar que los escarabajos son el grupo zoológico más numeroso del reino animal, un biólogo señaló con relativista humor,  que Dios sentía una debilidad especial hacia los coleópteros. Algunas culturas de las llamadas primitivas, sólo han sido estudiadas por un único antropólogo. Al final uno duda si lo que leemos sobre esa tribu tan exclusiva es lo que la define o más bien define al científico que la estudió. Hoy en día estamos bastante convencidos de que las conclusiones de Freud sobre el papel de la libido infantil en nuestra psique dicen más del propio subconsciente del vienés que de una regularidad psicológica de los humanos. Y tenemos el principio de la física cuántica que señala al observador como inevitable alterador del fenómeno observado. Parece como si la pretensión de una objetividad suprema fuera inviable. Pero hay hechos, eso no lo podemos obviar. El hecho de que la Tierra gira en torno al Sol, el hecho de la gravitación universal, el hecho de las mareas influidas por la Luna, el hecho de que hay otros planetas junto al nuestro, el hecho de la evolución biológica y de la existencia de los gérmenes. Incluso hechos que no pueden reducirse a leyes físicas, ni siquiera biológicas, como el hecho de que el capitalismo termina premiando al acumulador de plusvalias y generando desigualdades, o el hecho de que las guerras de unos grupos humanos contra otros es consuetudinario a nuestra historia. Sin embargo, el número de especies distintas de coleópteros en las diversas zonas de la Tierra tiene poco que ver con la teología y está, sin embargo, más relacionada con el número de entomólogos dedicados a una zona concreta que con cualquier otro factor de índole física. Reconocer la existencia de un problema, de un motivo de observación, plantear adecuadamente una pregunta no sólo es el primer paso para obtener respuestas, sino el más esencial y a veces basta con eso. Podemos concluir que la ciencia es el método más eficiente para resolver problemas siempre que hagamos las preguntas adecuadas en los momentos precisos, pero que no es la única forma válida de conocimiento (yo aprendo más sobre la naturaleza humana con Shakespeare que con Jung o Freud) y que precisamente las formas más falaces de supuesta sabiduría son las que se disfrazan de ciencia, como antes lo hacían con la religión.

domingo, 20 de mayo de 2018

Globalizar la libertad de expresión




El actual presidente de la todavía nación más poderosa del mundo utiliza sistemáticamente el lenguaje para provocar. Análogamente, los grupos terroristas lo utilizan para incitar a matar eficazmente. En Cataluña el nuevo presidente autonómico, que pasa por ser un intelectual porque ha escrito abundantemente, es un xenófobo declarado. Somos vecinos en un mundo conectado. Sin embargo, abundan las personas que rechazan los debates universales utilizando la libertad de expresión. “Usted cree eso, yo creo esto otro, no tiene sentido gastar más saliva”. O bien, “usted se equivoca, yo tengo razón, no hay más que hablar”. O bien, "yo lo hago así, usted hágalo como quiera”. En un mundo plagado de sus propios fanáticos intransigentes, la búsqueda de un universalismo más universal es una tarea urgente. Con los vuelos baratos y los teléfonos móviles inteligentes, todos somos ya vecinos, pero en ningún lugar está escrito que vayamos a ser buenos vecinos. Eso requiere un esfuerzo transcultural de la razón y la imaginación. Y el núcleo central de todo esto es la libertad de expresión. Sólo con la libertad de expresión puedo comprender lo que significa ser tú, la verdadera empatía. Comprender nuestras diferencias y por qué son lo que son.

El lenguaje tiene dos misiones contrapuestas: cooperar  con más eficacia en el interior del grupo en su lucha contra otros grupos, y salvar las diferencias con otros individuos o grupos sin utilizar la violencia. No se pueden pretender ingenuamente abolir los conflictos, a demás que el resultado sería un ‘mundo feliz’ espantoso, estéril y uniformemente desvaído. Pero todo conflicto puede manejarse pacíficamente, con diálogo y no con guerra.

Nunca nos pondremos de acuerdo. Tampoco hay por qué hacerlo. Pero debemos crear unas condiciones para acordar cómo discrepar. Isaiah Berlin sostenía que existe una pluralidad de valores, pero que no todos pueden realizarse por completo al mismo tiempo. Sin embargo, pese a los diferentes pensadores y culturas, la mayor parte de las personas, en la mayor parte de los países y culturas y en la mayor parte de las épocas acepta una parte de los valores comunes mayor de lo que comúnmente se cree. Lo que hay debajo de esas diferencias que tanto nos fascinan cuando viajamos a sitios remotos es algo común: lo humano. Hay que tender a cierta globalización también moral que siempre pasa por la libertad de expresión.

jueves, 17 de mayo de 2018

Inmunes a las lágrimas de tantos




Ahora que ETA da por finalizada su trayectoria sin que las lágrimas de tantos hayan doblegado sus pretensiones, tan sólo han fracasado, me viene a la mente otra historia muy relacionada con ellos, en el fondo curas y seminaristas de trabuco echados al monte para matar afrancesados y disidentes. Esta es una historia muy ejemplar, aunque algunos, sin contradecirme, dirán que es nada ejemplar. Es ejemplo de fanatismo. Unos arqueólogos encontraron en los años setenta del pasado siglo una estatua romana colosal en Palmira conocida como Atenea-Alat del siglo II d. C. No tenía cabeza ni brazos, aunque se encontraron por separado y se unieron de nuevo, cuidadosamente reconstruida por los arqueólogos. En el siglo IV esta colosal estatua había sido decapitada por fanáticos cristianos que la consideraban un ídolo. En 2016 las fuerzas islamistas fundamentalistas del autodenominado Estado Islámico ocuparon la ciudad de Palmira, colocaron minas y explosivos en todo el recinto y… decapitaron y mutilaron nuevamente a la diosa. Milenios después los fanatismos procedían de igual forma sin que les detuviera la belleza y mucho menos la tolerancia. En los primeros siglos de nuestra era, en mitad del desierto sirio, la glamurosa Palmira, un oasis rodeado de estos árboles, comerciaba con suntuosas sedas.

Se nos ha contado muy mal, sin respetar la historia y cayendo continuamente en la hagiografía, las peripecias del cristianismo primitivo. Lo he afirmado en otras ocasiones, si me dan a elegir entre los mártires y los leones, yo siempre me pongo de parte de los leones. Entre otras cosas porque estos sectarios analfabetos e intolerantes no respetaban nada la tinta del sabio, sólo su sangre era considerada santa. Y es justo al revés. Precisamente estos mártires por su fe no eran tan perseguidos como se ha señalado, salvo en momentos muy concretos del Imperio. Tomemos el caso de un prefecto romano llamado Probo. Está juzgando a un cristiano que se ha negado a ofrecer sacrificios a los dioses de la ciudad. Le pide que obedezca y realice el sacrificio para evitar ser ejecutado al menos nueve veces, que piense en la vida que le queda por delante, en el dolor de sus padres, en el desamparo de su mujer e hijos. “Dobleguen tu locura las lágrimas de tantos y, mirando por tu juventud, sacrifica”. El cristiano se niega a transigir; el prefecto lo intenta una vez más: “Siquiera por ellos [sus hijos], sacrifica”. El cristiano se niega y muere, se autoinmola. El relato habitual nos cuenta que los romanos insistían en que se realizaran los sacrificios para que se condenasen los cristianos. Es justo al revés: insistían para que salvaran la vida. Pero al igual que los suicidas islamistas van derechitos al cielo de la huríes al matar infieles, lo mismo los cristianos que morían por su empecinamiento.

En realidad, con el declive del Imperio Romano y la oficialización del cristianismo como religión oficial, se inició una etapa oscurantista en la que se intento y en gran parte se consiguió borrar los logros culturales de la época clásica. Se inició la Edad de la Penumbra (The Darkening Age, en palabras de la historiadora Catherine Nixey). El imperio romano, como venía siendo habitual, se había mostrado generoso acogiendo nuevas creencias de todos los rincones del Orbe, lo que hoy llamamos tolerancia, pero la llegada del cristianismo lo cambió todo. Porque esta nueva religión, pese predicar la paz, era violenta, despiadada y decididamente intolerante. Cuando se volvió oficial merced al maldito Constantino y la beatorra de su consorte, sus fervientes seguidores emprendieron la aniquilación de toda manifestación disidente, derribaron altares, estatuas y templos, quemaron obras filosóficas y profanas, asesinaros a sus sacerdotes. Historias no tanto perdidas en el tiempo como olvidadas a conciencia. A mala conciencia. 

En las laderas de la Acrópolis de Atenas existió una gran mansión que se entregó a un nuevo propietario cristiano. Ese cristiano, quienquiera que fuera, no tenía un particular gusto por el arte antiguo que tenía la casa. La hermosa piscina se convirtió en un baptisterio. Las estatuas del primer piso se consideraron inaceptables y se hicieron pedazos, adios a Apolo, Zeus y Pan y se arrojaron a un pozo y el mosaico del suelo fue retirado toscamente y sustotudo por una gran cruz de mucha menos calidad. Pero la peor ignominia se reservó para la propia Atenea, como la de Palmira, la diosa de la sabiduría. Se decapitó, claro y como humillación final se colocó boca abajo en un rincón del patió y se utilizó como escalón. Muy metafórico: la diosa de la sabiduría fue desgastándose aplastada por generaciones de pies cristianos. Un gran triunfo de la fe.

lunes, 2 de abril de 2018

Pecios sin precio (o breverías...y tal): jardines y humanos con huella


Bien, titularé por esta vez y quizás las próximas estos fragmentos como pecios (restos de naufragios, el título que dio Sánchez Ferlosio a sus magníficos textos breves, no soy modesto). Pecios sin valor ni precio, no que no tengan precio porque sean inapreciables (y ahora soy suficientemente modesto ya que nadie mira). O bien breverías, poco más que naderías. Solucionado o aplazado, asunto terminado.

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El espacio tiempo, más que una sola dimensión un solo espacio o un solo tiempo. Ambos se matizan mutuamente y casi no hace falta saber nada de la relatividad de Einstein para incluirlo en la vida propia con considerables ventajas. A la hora que una mayoría, al parecer, la que bosteza a primera hora en los transportes públicos, está viendo la tele por la noche yo estoy en la cama leyendo. A la hora que por fin están durmiendo, yo también. A la hora que se despiertan y se levantan yo también me despierto, me levanto brevemente, me hago un café y vuelvo a la cama a leer. Los fines de semana a la hora que holgazanean en la cama yo madrugo y salgo a la calle, y así todo. Así es como evito multitudes, utilizando de forma privilegiada, lo sé, el tiempo, generando espacios propios no hacinados y tiempo, porque dispongo de tiempo, el lujo mayor para despilfarrarlo: perder el tiempo, o sea, ganarlo. En Madrid, mi ciudad, yo lo llamo madrigar.

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Qué expresión más cruel y a menudo injusta, porque confunde la fama con algo sin nombre pero más esencial: morir sin dejar huella. Pero bueno, admitiéndola, que ya me cuesta, lo más parecido a morir un hombre sin dejar huella es que un jardín desaparezca. Se podría hacer una guía de jardines desaparecidos, que existieron y ya no están. Por supuesto podríamos abrir un poco la mano e incluir el del Edén y seguir luego sobre seguro (¿sobre seguro?) con los jardines colgantes de Babilonia y con los numerosos que le han seguido. Pero lo que me interesa resaltar aquí es el parecido entre los jardines que desaparecen sin dejar huella y los hombres que mueren así mismo sin dejar huella, porque ambos, hombres y jardines, son una mezcla de naturaleza y cultura sin que prevalezca una sobre otra, pero sin que pueda hablarse de la naturaleza en un jardín o en un hombre sin hablar igualmente y a la par de su cultura. Yo podría hablar de mí mismo, aunque es un poco prematuro, para elegir un hombre que no dejará huella, pero dicen que nadie muere verdaderamente hasta que la última persona que le recuerda lo hace a su vez y con ese recuerdo desvanecido uno se convierte por fin en algo menos, incluso, que un fantasma, ya que al menos éstos se aparecen, según dicen, de vez en cuando. En cuanto al jardín, elijo el jardín perdido de Jorn de Précy. Jorn fue un islandés nacido en 1835 en Reikiavik y muerto en Chipping Norton en 1916 después de haber vivido en plena Inglaterra victoriana, haber influido profundamente en los maravillosos jardines ingleses del siglo XX, haber estado ligado a movimientos artísticos e intelectuales como el Art and Craft y personajes como William Morris y haber frecuentado los círculos radicales del socialismo utópico en plena Inglaterra victoriana. Jardinero y filósofo inglés, aunque nacido en la lejana y fría isla volcánica, ahí es nada, a eso lo llamo yo tener pedigrí. Su jardín se llamaba y estaba en un lugar llamado Greystone, porque sólo he encontrado un Greystones, en plural y en Irlanda que obviamente no es. Greystone, casi como el nombre que figura en el pasaporte (inglés) de Tarzan; piedra gris, y al decir de sus contemporáneos que lo conocieron era inquietante y maravilloso, tenía duendes y tenía duende. Claude Monet, que lo visitó en 1906 y que sabía mucho de jardines propios y ajenos y de cómo pintarlos y captar su luz sin aparatos de física avanzada, escribió: “el jardín del señor De Précy ofrece cuadros de un encanto intenso e indefinible que llega directo al corazón. Lo salvaje se mezcla constantemente con lo artificial, el sueño con la realidad”. Ahora os propongo un ejercicio en forma de pregunta: sustituir esa descripción del impresionista de un jardín por una persona, hombre o mujer… de encanto intenso e indefinible, etcétera, ¿no os habríais enamorado inmediatamente de él o ella? Pues lo mismo me pasa a mí con algunos jardines y con algunas personas. De Précy escribió un breve ensayo, un opúsculo de apenas 80 páginas, sobre su jardín y premonitoriamente lo tituló The Lost Garden, el jardín perdido, y no aclara si fue porque con razón temía por el incierto futuro de su más preciada creación cuando él faltase o porque el mundo moderno que ya se asomaba margina los jardines, los excluye de la vida de las personas atareadas y los destina sólo a niños y viejos, los que podemos “perder” el tiempo. El folletito lo encontré en un cajón afuera de una librería de viejo cerca de Charing Cross. Me costó, dos libras. Menos del precio de media pinta de pal ale.


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Se me puede rebatir fácilmente, no pretendo convencer de esto a nadie, pero yo siento que hay más formas de intolerancia que de su simétrica antagonista la tolerancia. Es, para mí intolerante, ese conductor que azuza con su motor impaciente a la viejecilla a mitad del paso de peatones en cuanto cambia la luz y le da paso a él. No la atropella, claro, supongo que teme las consecuencias, pero no se priva de asomar el brazo por su ventanilla y hacer un gesto exasperado. ¿A dónde irá con tanta prisa? ¿Será un cirujano cardiaco que va a salvar una vida? Lo dudo mucho, no hay más que echar un vistazo a su cara. La tolerancia, o al menos la buena educación, ese lubricante para la vida con los otros, se demuestra andando, o en este caso, esperando.


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Un chico relativamente joven pero ya mendigo, sin hogar, vagabundo o cómo mejor se le defina, rebusca en una jardinera y consigue un vaso de tubo (los odio) de verdadero cristal. Lo limpia un poco y se lo guarda. Hoy es lunes, enfrente hay un bar y a alguno no le mereció la pena andar los escasos metros para dejar en su lugar el recipiente. Pero lo verdaderamente interesante es la escena siguiente, la secuencia diríamos en plan cinematográfico mientras yo, mirón inveterado, no pierdo detalle. En la esquina un negro (¿no se dice negro, no se dice pobre o vagabundo?, renuncio al lenguaje políticamente correcto siempre que sea correcto como lenguaje sin más) agita la revista La Farola protegida en su impermeable de plástico ante la nariz del vagabundo y éste le hace un gesto tan expresivo como indefinible, amable pero tajante que dice “¡pero es que no te das cuenta, tío!”

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En los Estados Unidos con relativa frecuencia las diversas policías tirotean a negros desarmados y los matan. Siguiendo el razonamiento, por llamarlo algo, del presidente Trump, esos negros deberían haber ido armados para repeler el ataque al igual que recomienda hacerlo así a los maestros ante los tiroteos en las escuelas e institutos de antiguos alumnos. Por otra parte, el pasado Viernes de Dolores en Gaza una manifestación de palestinos fue reprimida por francotiradores israelís, bien atrincherados desde su lado de la exigua frontera, que mataron como conejos a diecisiete individuos desarmados e hirieron a varios cientos más. Algo está fallando en la tesis de Max Weber del Monopolio legítimo de la fuerza. O quizás la fuerza no es legítima casi nunca, al menos cuando la utilizan los poderosos.

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Los temores de Jorn de Précy fueron fundados y tras su muerte y la muerte de Samuel, su único heredero (qué tajante, qué terminante: único heredero) y también jardinero, el jardín fue abandonado, o en el jardín cundió el abandono, avanzó una naturaleza sin la cultura antagónica que la controlaba, la humana, y pronto sucedió eso que los ecólogos más optimistas llaman la Sucesión Ecológica y se trasformó en una alborotada selva donde, al parecer, de vez en cuando, asomaba alguna peana o algún jarrón de mayólica. Y el jardín murió sin dejar, apenas, rastro. No opino lo mismo de Jorn de Précy y en el fondo tampoco de nadie ni de ningún jardín desaparecido con tal de que nos haya llegado su nombre y el lugar aproximado dónde se encontraba. Con las personas lo mismo. Pasado el tiempo suficiente nadie seremos recordados pero todos habremos sido, y el que lo dude, si no lo ha hecho imperdonablemente todavía, que lea el Pedro Páramo de Juan Rulfo lleno de voces de muertos que ahí siguen, en silencio y entre nosotros.

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Ilustraría muchos de estos pecios, estos pequeños sucedidos, que no sucesos, con las fotos que hago con el móvil que al revés que la cámara siempre llevo mientras paseo porque tiene podómetro y me encanta saber las distancias que recorro, a ver si me bato a mí mismo... sin ir más lejos. Por ejemplo, tengo una buena foto del vagabundo del vaso de tubo y el negro de la revista retractilada, pero no he aprendido a pasar las imágenes al ordenador para luego colgarlas en este blog. Le preguntó a un amigo experto y me dice que es muy fácil, solo tengo que conectar tal cable patatín  de un ingenio a otro y luego unos sencillos pasos y bla bla bla, pero en el primer bla, e incluso antes, ya me he perdido. En próximas entregas os hablaré de Colón y Hernán Cortes en mi ciudad y de la manteca cuando era justamente apreciada. Y seguiré contando de Jorn de Précy al que  el buscador de Google lo cita mal (Pércy), y no aparece en la Wikipedia en español, pero sí en la inglesa.