Mostrando entradas con la etiqueta autobiográfico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autobiográfico. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de noviembre de 2018

A VECES ME SIENTO PÓSTUMO




A veces me siento póstumo y me digo “¿te acuerdas cuando eras tan joven y tan gilipollas y tan vital y alegre y trabajabas en el séptimo piso, que no era el séptimo cielo —en mitad de aquel país gris, infierno de mediocridad, cada cual se fabricaba su propio paraíso— de aquel edificio al que para entrar tenías que sortear la estatua ecuestre del dictador, un burro sobre un caballo, rodeada de un foso y una verja de lanzas? Allí había ingenieros y arquitectos sobre todo y un único biólogo, tú, o sea yo, pero también algún geógrafo y sociólogo. A veces, en víspera de puente festivo, en aquella remota época, cuando los días laborables no llevaban razón, saltabas de mesa en mesa, sin tocar el suelo, cuando iba a sonar la señal de irse libres y felices, y los alarmados o divertidos compañeros según talantes, retiraban apresuradamente los objetos escasamente valiosos de sus escritorios al verme avanzar como gatazo con botas de siete leguas ¿Recuerdas? Ahora no se me ocurriría, no ya no lo haría, desde luego, sino que ni se me ocurre. Primero por el riesgo de romperme algo, y luego por el temor a molestar. Pero si se diera la circunstancia de que viera a un joven alegre y guapo hacer tal cosa, no le diría que creciera, “madura, chaval”, sino que le daría un abrazo y le diría “no sabes la que te espera, menos mal, mejor para ti, porque eso sería casi peor que conocer el día de tu muerte; pero no madures nunca del todo y sigue saltando, metafóricamente, de mesa en mesa mientras tu agilidad y tu alegría te lo permitan”. A eso se llama que no te quiten lo bailao (y menos mal que has bailao, a veces con las más guapas, otras sacando a la pista a las más feas, y que me perdonen la expresión las escasas pero altoparlantes feminazis).

Un hijo que nace después de que el padre muera (hay nueve meses de intervalo posible y plausible). O un libro, una obra que se publica o se estrena después de la muerte de su autor, todo eso es póstumo, se dice póstumo. También los homenajes. Y también yo a veces me siento póstumo, como cuando encuentro un libro mío en una librería de viejo y recuerdo la vanidad, el orgullo y sobre todo la disculpable alegría que sentí cuando se publicó mientras que ahora, casi póstumamente, me daría igual. Sentirse póstumo, nueva acepción que no  reconoce transitivamente la RAE, es enternecerse de aquel que fue uno mismo y ya no es. La vida.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Barrios bajos, mirada avizor




Ahí fuera no está el Cañón del Colorado ni las cataratas del Niágara. No estoy incurriendo en la metafísica de sí existe la realidad desde el momento que te puedes caer y matar si te resbalas en esos sitios. A lo que me refiero es que no existen esos lugares en tanto que iconos sino son percibidos como tales, como paisajes. La mirada, el ojo del observador es tan esencial como lo que hay ahí fuera; para que exista el paisaje se necesita un observador, un turista con su cámara de fotos, no un campesino temiendo por su cosecha.

Esto no lo termina de entender el ecologista medio por la sencilla razón de que el ecologismo es una sentimentalización de la ecología y la historia natural, lo cual es como poner el carro delante de los bueyes y pretender una sensibilidad previa a un conocimiento sólido. Aunque hay cuestiones evidentes: allá donde va el hombre mueren los árboles, lo puede notar cualquiera. Creamos desiertos y los llamamos progreso. Pero eso no impide que el ecologismo ande sobrado de emoción sin razón a veces.

Afinar la mirada, aprender a observar y luego preguntarse; las preguntas importan más que las repuestas. Desde la madrileña plaza de Santa Ana bajo a los barrios bajos; literalmente, están abajo, junto al río, y también abajo en la escala social y en cualquier caso hay que bajar por cuestas empinadas para llegar a ellos. Paso por delante de un placa en la que nunca había reparado aunque había pasado muchas veces por delante: ‘Amigo de los enfermos de lepra’, (Marqués de Santa Ana número veinte). La lepra hoy no es problema en Madrid pero seguro que es fascinante indagar sobre el origen y la historia de esos afectos a los leprosos (por cierto, la lepra es de las enfermedades infecciosas menos contagiosas). Barrios bajos desde la divisoria de Santa Isabel, de Antón Martín, tejadillo de Lavapiés, al Reina Sofía, aledaños del arte junto a la castellana a la altura de Atocha que pocos saben que es esparto en vascuence (Stipa tenacisssima): Oso, Salitre, Tres Peces, San Cosme y San Damián. Y qué me decís de vivir en Costanilla de los Desamparados esquina con Berenjena. El ciprés que asoma por la tapia del conservatorio, esquina con el colegio de médicos. Jabón de ozono, anuncian en un pequeño establecimiento reciclado, antes mercería. Imposible, el ozono, nunca mejor dicho va a su aire, sea en la troposfera, contaminante, o en la estratosfera, protector, y no en una pastilla de jabón, sus tres átomos de oxígeno no se lo permiten, oxida todo y enlaza químicamente poco. Paso por mantequerías, cuando la manteca era bien recibida y los únicos gordos eran los ricos, al revés que ahora, en estos tiempos de horror a la obesidad; y así se llamaban los también bonitos ultramarinos; este tiene un buen surtido de legumbres, de bacalao y de latas de bonito. De vez en cuando alguna corrala y entremedias alguna casa buena, no tanto como en el barrio de Salamanca, pero casi palacios. No hay nada que marque mejor la lucha y la distancia de clases que las entradas de servicio. En un tejadillo reconozco la feraz Cymbalaria muralis, la picardía, la yerba de campanario, los inacabables ojos de dos gatos me observan mientras la corto.

Tengo tan lejos las Islas de Arán como las tetas pecosas de Julianne Moore. Acabo de salir por enésima vez del hospital y por primera vez estas caminatas me fatigan mucho, pero me encantan.

viernes, 1 de junio de 2018

MI vejez



Para mi amigo Eduardo

Acaricio la cabeza del perro, un guapo mestizo de pastor, que asoma curiosa por debajo del banco y el joven con rastas y collares que viaja con él se levanta y me ofrece su asiento. Todavía no me pasa a menudo, pero me pasa. Hubo un primer momento decisivo, repentino, inopinado, y es cuando una muchacha, encima bellísima, se levantó para cederme su asiento en el metro. No importa que tu aproveches para inevitablemente apreciar su culo y el fondo gatuno de sus ojos. No importa que te preguntes quién educa a esas bellas para que sean tan dolorosamente compasivas, cuando la verdadera compasión, opinas, sería que te hicieran un hueco bajo sus bragas. Esto te hace experimentar un repentino vuelco subjetivo, ya que la percepción que los demás tienen de nosotros forma parte de nuestra identidad subjetiva: vaya, se creen que soy un anciano.

La vejez no es gradual o progresiva. Gran error; es repentina, como una metamorfosis, solo que de mariposa a gusano. Uno envejece como creció de niño: a estirones bruscos. El caso es que de forma relativamente abrupta uno, que había nacido para niño precoz e impaciente, para joven vigoroso y lleno de planes o maduro adulto con tiempo por delante, de pronto, insisto, de pronto es un anciano. El lenguaje delata la incapacidad para enfrentarse a determinados tabúes, como el de la vejez. Véase si no la cantidad de eufemismos que se utilizan para denominarla, desde ‘mayores’ hasta esa tonta ‘tercera edad’. 

Durante una gran parte de mi vida era el más joven en cualquier grupo, en mi clase en el colegio, en la carrera en la universidad, en el plantel de investigadores doctorandos y de pronto, siempre de pronto, he empezado a ser el más viejo entre los que me rodean, entre los de mi trabajo o algunas de mis aficiones. Y entonces he reconocido el consuelo, como en la adolescencia, de compartir esa situación y esas repentinas, insisto, experiencias, con los de tu edad, la amistad, los colegas son tan importantes al comienzo como al final.

¿Es la vejez un final? ¿Ser ya un anciano es lo que me define? La vejez es definida por una serie de fenómenos: la decrepitud, la obvia limitación del futuro, la experiencia, la intransigencia (como en la juventud), la placidez, la comprensión, la valoración de lo importante en la vida. Que me duela la cadera izquierda cuando cambia el tiempo, que no necesite hacer el amor cada día (y sobre todo al comienzo de cada tarde, mi hora favorita para ello), que ya no pueda caminar decenas de kilómetros ni nadar como un delfín ni bajar escaleras saltando de tres en tres, que me guste más madrugar que trasnochar, desayunar que cenar, que no me acostumbre a perder amigos, que el tema de conversación habitual sea la salud propia y ajena, como el tiempo ola gracia de los nietos, que contemple las chorradas de los poderosos como una cinta continua y repetitiva a través de los siglos, que prefiera leer a Tucídides, Jenofonte y Tácito en lugar de la falsa autobiografía de un presidente actual, que me guste tanto como me asuste y necesite la soledad.


“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, era tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.”


Lo que dice el poeta no necesita adiciones. Sin embargo, tengo varios queridos amigos muertos, y por mucho que se diga que no están muertos mientras algunos como yo les recuerden, están muertos. Y un amigo mío, al que quiero, al que admiro, del que deseo su discreta y estimulante compañía, que me rebata y se adhiera aunque disienta, tendrá que vivir con diálisis el resto de su vida que espero sea larga o aguardar un trasplante. 

La vida es como la escalera de un gallinero, corta y llena de mierda, pero también como una escalera mecánica, de bajada pero por la que uno intenta subir, para al final, pese a todos los esfuerzos, encontrarse abajo del todo. Puede que no te quiten lo ‘bailao’, pero tampoco te van a quitar las agujetas.

Ninguno estamos preparados para la impotencia. Y no hablo, o no sólo, de la sexual. La impotencia en general, la del anciano rey Lear (Shakespeare, qué bien me lo muestras) para seguir gobernando, para detectar la impostura de Regan y Goneril y el verdadero amor de Cordelia. La impotencia nos alcanza a medida que envejecemos, se muestra cuando olvidamos el nombre de las cosas, se muestra como una sacudida de lo más devastadora, se pierde poder y con suerte se pierde interés por el poder. De modo, que la decadencia física y la muerte cada vez más inminente no son lo más relevante. 

Y sin embargo, rechazo la imagen de la vejez como algo anodino y lastimoso, como una imagen sentimental y vagamente protectora. La vejez es un espejo moral de toda la vida, ya no hay tiempo para rectificar y pienso, aunque como soy viejo no recuerdo quien lo dijo, que vivimos toda la vida simplemente para sus últimos cinco minutos, y entonces da un poco igual que para esos minutos falten muchos años o pocos. Mi última paradoja; estoy descubriendo que ser viejo me gusta, que el joven airado (angry) ha descubierto la belleza del sosiego y la placidez, y de todas formas el otoño, y no la primavera, ha sido siempre mi estación favorita. Aunque se acerque el invierno.

Las generalizaciones son las que hacen avanzar y hacer útiles tanto a la ciencia como a la filosofía, pero cuidado, no todas valen. No vale decir que los judíos son avaros o los alemanes eficaces. El libro más tonto -no lo acabé- sobre la vejez con el que me he tropezado es de Simone de Beauvoir, La vejez, repleto de esas generalizaciones que concluyen en recomendaciones de vida a que tan aficionados son los franceses. Por el contrario, el libro más perspicaz es de los dialogos de Ciceron con su amigo Catón Del envejecimiento, donde se huye de toda generalización y se acude a lo específico, porque cada viejo, como cada joven es único y demuestra que el destino, al revés de lo que cree la francesa, no está escrito (tampoco en los genes), que nuestro ejercicio, nuestra dieta, nuestras lecturas, nuestras experiencias, nuestras conversaciones, nuestra amistad modifican ese destino. Ni siquiera nuestro cuerpo desgastado y envejecido es una realidad predestinada. Catón recibe amables burlas de su amigo por algunas de sus obsesiones, como los efectos saludables de la práctica de la jardinería. Yo, por mi parte, debería haberle pedido el teléfono a aquella bella muchacha. 

Hace unos pocos años me jubilé lo que implicó abandonar un trabajo en el que me sentía no ya poco valorado, sino como un anacrónico incordio. Unos años antes se me declaró una enfermedad crónica con la que viviré obligadamente el resto de mis días si la terapia génica no lo remedia, probable herencia, nunca mejor dicho, del padre biológico que no conocí, y hace unos meses, la aparición de un tumor como segura secuela de tantas décadas de gran fumador. En todos los casos, y en el de la bella muchacha, soy consciente de lo dicho por Borges: una cosa es lo que la vida nos hace y otra distinta lo que cada uno hacemos con lo que la vida nos hace. Para mí, como para Milo Manara, un culo glorioso será un culo glorioso a mis dieciocho o a mis ciento sesenta años, telomeros(*) al margen.


(*) Buscar en Google

miércoles, 23 de mayo de 2018

kapesani lametau


La fascinación ante una masa de agua se puede sentir de igual modo frente a la superficie inabarcable del océano o ante una humilde charca. Contemplar el agua ejerce una fascinación inagotable, relajante y a la vez incitante. Uno de mis recuerdos más imborrables, y han pasado más de treinta años, es navegar la estela de la luna en una goleta mientras sonaba la marcha del Nabucco de Verdi. Pero también las visitas que de niño hacía con mis primos a un charco que nos parecía insondable en el pueblo de Barajas, o mis escarceos por el río Alberche pescado alevines de bermejuelas con un pañuelo. Todas mis travesías por mar han resultado memorables, probablemente porque jamás me ha dado por embarcarme en uno de esos horriblemente horteras cruceros. Tampoco concibo mejor estimulo para meditar que una ventana frente a un horizonte marino.

Lo que vemos en una lenta gota de agua deslizándose por el cristal de una ventana, un charco temporal o un arroyo de montaña es igual de profundo y sutil que lo que puede entenderse en un barco en mitad del Atlántico. Los verdaderos ‘aquamen’ son los nativos del Pacífico, capaces de interpretar las más ligeras señales del agua para orientarse en las enormes extensiones marinas. Es lo que llaman kapesani lametau, el ‘habla del mar’. Y las enseñanzas se iniciaban con ‘simuladores’ en tierra firme, en barcas de piedra donde se aprendían a interpretar los vientos, el oleaje y las estrellas. No debemos olvidar que se puede ver el Pacífico en un estanque.

Las islas Marshall cercanas al ecuador en la Micronesia son de poca altitud y no se divisan hasta estar casi encima de ellas. Son de las más amenazadas por ser inundadas por el calentamiento global. En ellas han florecido auténticos eruditos lectores del agua. De hecho, los nativos no veían una uniforme superficie de agua en el océano, sino como los buenos cartógrafos ven una superficie de tierra, llena de accidentes e irregularidades. Las condiciones del agua cambian cerca de las costas, aunque no divisemos estas, varían con la profundidad, con la presencia de masas invisibles de tierra que afectan al oleaje; se aprende que hay unas direcciones de vientos preponderantes, unos ríos dentro del mar, las corrientes marinas que varían con las estaciones. Y no hace falta ser un nativo si uno es un buen marino. Es legendario el caso del capitán Fanning que se despertó en plena noche, subió a cubierta y mandó ponerse a la capa a la tripulación, el equivalente en el mar a frenar en seco. A la mañana siguiente apreciaron un arrecife que les habría hecho naufragar y que Fanning había sentido por el cambio en el comportamiento del agua mientras dormía.

Los aborígenes que habitan el desierto australiano conocen un fenómeno que llaman quatcha queandaritchika, que podría traducirse por “toda el agua de ha ido”. Literalmente cuando desparece un río por completo, que es el caso tristemente habitual del río Todd en Adelaida en la Australia meridional. Los europeos aprendieron a encontrar agua buscando los restos de hogueras de los nativos, lo que significaba que había acampado allí. El río de mi pueblo se seca completamente durante el estiaje, pero los aviones zapadores persisten en sus taludes y los martín pescador permanecen fieles a los tramos de río que controlan. Esos pájaros ribereños son para mí como las hogueras de los aborígenes australianos para los exploradores europeos, señales del agua donde aparentemente no la hay. Y además  está los bosques de galería, los sotos de mimbreras y sauces que marcan la capa freática próxima que escolta al río. 

Si tuviera que resumir este planeta, por mal nombre Tierra, en un solo objeto escogería una gota de agua.

jueves, 10 de mayo de 2018

A vueltas con Dios (¡Otra vez...!)




Ni siquiera soy ya agnóstico, aunque lo fui. No sólo no creo en ningún dios sino que no necesito creer en él. Soy ateo sin dudas ni supongo que demasiados matices, y leve pero decidido anticlerical con muchas excepciones. La untuosidad meliflua del la parla habitual de los curas, los vestidos talares, las sotanas de mal agüero… todo eso me revienta casi desde niño, pero también he conocido curas excelentes personas en situaciones bien duras en un gremio en el que proporcionalmente abundan los pedófilos y los educadores matones. 

Hay un tipo de ateo al que no le interesa lo más mínimo la idea de Dios, lo supongo, porque no es mi caso; no le interesa ni siquiera para detectar sus incoherencias lógicas o las emocionales para averiguar la empecinada necesidad en tantos humanos de que exista (que exista 'algo', pues claro que existe algo, hombre, pero no está pendiente de ti, sea ese algo la entropía o el espacio-tiempo), o hasta para dar la vuelta al inimaginable para mí Dios creando al hombre a su imagen y semejanza (curiosa redundancia), cuando es más verosímil y creo que en muchos casos demostrable lo contrario, la de los hombres creando a Dios o a los dioses a su imagen y semejanza. Igualmente supongo, porque tampoco es mi caso, que hay un tipo de, digamos, anticlerical, o mejor sería decir antieclesiástico, antiglesias organizadas, anticultos religiosos que no sean estrictamente privados, que no le interesa nada la historia de la Iglesia Católica. A mí me fascina, entre otras cosas porque si el primer desinterés implica que también se extiende a problemas filosóficos, ontológicos y metafísicos de primer orden, el segundo supone no querer entender el contexto cultural propio, el de los milenios transcurridos en el Occidente cristiano. 

La “papolatría” me es aún más ajena, vamos, me estomaga, sobre todo después de soportar en mi ciudad la última visita de un papa y contemplar las hordas repulsivamente sonrientes de jovencitos adoradores. Pero la larga, persistente historia de los papas, que es la de la larga historia de su Iglesia, me fascina. No he leído una encíclica en mi vida ni probablemente lo haga, de momento no pienso hacerlo, pero una historia de los papas en tapa dura que no se limita a la tópica época de los golferas -Medici y Borgia- del Renacimiento, ni a los evanescentes orígenes del papado que no sean meras hagiografías, eso me interesa mucho. Si además está escrita por un anglicano agnóstico y cultísimo que tiene el don (o la 'gracia') de la exquisitez literaria, pues no puedo pedir más. Simplemente dejaré pasar algún tiempo, después de esta primera lectura, para releerle. 

Para mí no hay dudas: los rudos Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jin Morrison fueron más importantes que los tan babosos como geniales Beatles. Las tres jotas, como ese buen jamón excesivamente caro, Jimi, Jim y Janis; Hendrix, Morrison y Joplin, valían tanto juntos como por separado, estrellas valiosas por sí mismas. Los Beatles eran una sinergia de talentos que por separado no valían lo mismo. Ahora mi metáfora. En política, hoy por hoy no hay ningún Morrison, ningún Hendrix, ninguna Joplin, así que si los Beatles se separan, desaparecen, mientras que bastaban los aullidos de la Joplin, los riffs de Hendrix, las desmesuras de Morrison. Con el papado lo que importa es la institución que ha soportado sin vacilar durante siglos personajes de todo pelaje. Ha habido papas rijosos, asesinos, incluso en cierto modo genocidas como Urbano II o Pio II, los de las cruzadas. Eran otros tiempos, se me dirá, pero lo esencial del material humano metido en la faena de ejercer el poder no cambia. Ha habido papas nazis, como Pio XII, tan poco piadoso; papas estrellas de masas como Juan Pablo II, más conocido como Wojtyla, y papas buenos como Juan XXIII o Pablo VI, y hasta papas ‘podemitas’, lacanianos y de impostada progresía, como el de ahora. Todos contribuyen a lo largo de tiempos tan distintos a que papa y camaleón conjuguen juntos, pero es la institución del papado, más antigua que el capitalismo, la esclavitud y las monarquías y casi tan vetusta como la invención de la alfarería o la agricultura, la que ha marcado con su increíble persistencia todo el destino de más de la mitad del mundo. Si ahora esa prodigiosa institución tiene menos influencia, cosa de la que no estoy seguro, salvo comparativamente,  lo interpreto como un signo de modernidad y progreso. Pero qué se puede esperar de un ateo anticlerical y sin embargo curioso de ese longevo tinglado como yo.