jueves, 21 de enero de 2021

Hombre lobo

 


Cómo no voy a creer en licántropos si yo mismo soy uno, alternativamente como cualquier buen hombre lobo. Cuando paseo por las dehesas en un día corriente, con los prismáticos colgados al cuello, el morral y la navaja y el perro flanqueándome soy un hombre; allí vuela un ratonero y se oyen las grullas y los gansos, puede que haya espátulas. Pero si nieva suave entonces soy un animal, grande y peludo. Olfateo, miro y compruebo, estoy sumergido en un mundo subacuático, silencio, algodones en los oídos, soy un animal. Mi cerebro establece otras conexiones, es mi espíritu de mamífero. Entonces hago cosas. En la linde del dehesón con el pantano hay huellas palmípedas, rastros de arvícolas. Me desnudo y me introduzco suavemente en el agua, nado a braza hasta los porrones que se hunden en el agua como si se clavaran en algo más denso. Pienso que puedo bucear y agarrar a alguno por las patas y hundirlo. Soy un depredador.

Está prohibido bañarse en el embalse, al ser de abastecimiento para el pueblo. Pero no hago daño a nadie por incluir mis efluvios modestos a la gran masa líquida. Peor son esos pescadores perezosos que dejan los coches al borde del agua; también está prohibido, y pescan como el que va al supermercado. Lo peor es que encienden la radio del coche para prohibirse los sonidos del lugar. Hay un tipo de pueblerino que es como un urbanícola acomplejado, toma lo peor de ambos mundos y ninguna de sus ventajas.

Salgo del agua y me seco con la camiseta. Ha dejado de nevar. Me visto, me cuelgo los prismáticos. Me como una mandarina que comparto con el perro. Y vuelvo a ser un hombre. Pero no necesito la radio, ni arrimar el coche al embalse para borrar las huellas de los animales. Salta una carpa, o quizás una boga y yo enciendo un cigarrillo, como cualquier hombre cabal.

miércoles, 13 de enero de 2021

El pollón de los bosques y qué fue antes, la cerveza o el pan

 

 

Hay sociedades micófobas, que detestan y repudian a las setas y los hongos, y sociedades micófilas, cuya afición por ellos llega a endiosarlos, pero eso sólo reza para las conspícuas setas, deliciosas o mortales, no para ciertas especies omnipresentes pero discretas, microscópicas. Nuestra vieja relación humana con estos extraños seres vivos, más emparentados con los animales que con las plantas y con un tipo de alimentación, la osmotrofía, que básicamente consiste en vivir ‘en’ la comida absorbiéndola, es lejana. Nuestra primera relación fue con las microscópicas levaduras, que en cierto modo nos domesticaron en el tránsito al neolítico. No se sabe si el primer producto de la fermentación de la levadura, siempre sobre granos de cereal, fue el pan o la cerveza, aunque por lo que leo están predominando los defensores de la cerveza. La primera prueba fehaciente del uso de levaduras data de 9.000 años en China, como tantas otras cosas y hallazgos tempranos, aunque se han encontrado granos microscópicos en herramientas de hace 100.000  años en Kenia. Hoy en día, a pesar de la fama de la mosca Drosophyla,  son las levaduras y sus pequeñas células esféricas los organismos modelos más utilizados en investigaciones biológicas. Una cuarta parte de los premios Nobel de Fisiología y Medicina han sido otorgados por trabajos con levaduras. De hecho, tenemos genes de ellas en nuestro genoma y multitud de especies habitan nuestros orificios y órganos, especialmente los intestinos, siendo, en la mayoría de los casos claramente beneficiosas. El famoso hombre del hielo de hace 5.000 años que se encontró en un glaciar alpino llevaba en su equipaje el hongo yesquero (Fomes fomentarius) parásito de los abedules y pinos para hacer fuego.

Pero el caso más curioso y hasta gracioso que conozco, en un terreno ambíguo entre la micofobia y la micofilia es el de la ‘tia Etty —la hija de Carles Darwin— relatado por su hija, la nieta del gran naturalista, Gwen Raverat. En las inmediaciones boscosas de la casa de Etty crece abundantemente una seta comúnmente conocida como falo impúdico (Phallus impudicus) que tiene un asombroso parecido con el pene humano. La tía Etty, guiada por su fetidez para atraer moscas que dispersan sus esporas, de ahí que se le conozca también como ‘cuerno apestoso’, las recolectaba concienzuda y diariamente. Cuando llegaba a casa con su botín, como buena victoriana, las quemaba discretamente en la chimenea de la salita con la puerta cerrada —para salvaguardar la moralidad de las sirvientas.

(Fragmento de un libro en marcha que no sé si llegaré a concluir, pero que me divierte escribir, lo que ya es mucho) 

Gwen Raverat: Period Piece: A Cambridge Childhood; London,Faber, 1952

martes, 12 de enero de 2021

El primer paso

 



Las teorías conspiranoicas son justo lo opuesto de la mecánica cuántica. La física profunda puede demostrar pero no mostrar; no se puede comprender intuitivamente sin el auxilio de procelosos cálculos avanzados. Mediante esos artificios, en realidad un lenguaje, captamos la realidad, pero seguimos sin poder verla a través de los sentidos. En ese sentido hemos empeorado; la concepción del mundo de Aristóteles podía ser comprendida por un pescador, crédulo desde tiempos de Jesús, pero la física cuántica no. Y a la mayoría sólo nos queda el consuelo de la sopa boba de la manida metáfora, como el gato de Schrödinger o el de las pueriles historias de astronautas que envejecen menos que si hubieran permanecido en la Tierra. Series de fábulas, cuentos cuyo trasfondo, su base, superaría nuestro entendimiento.

Pero siempre buscamos explicaciones a lo temporalmente inexplicable. En el siglo XVIII aún había eruditos que sostenían que las pirámides de Egipto eran cristales de grandes dimensiones, excrecencias naturales de la tierra que habían sido simplemente mejoradas, pulidas, por los hombres. Y hay tribus, si es que no las han arrasado ya los misioneros y los apóstoles de la modernidad, que cada mañana obligan a salir al Sol; están convencidos, empíricamente, ojo, de que el mundo comparece cada día porque se toman ellos ese esfuerzo y así lo quieren, aunque, tolerantes, dejan que muchos piensen que el mundo lo hace sin ayuda.

Otros teólogos creen en Dios, pero en un dios no entrometido, porque si el mundo fuera perfecto, viviría en él. Un demiurgo, lo que es mucho.

Qué pasaría si creyésemos hoy que el Sol sale porque así lo propicia un presidente de gobierno. La oposición diría que eso explica por qué es tan imperfecto. Locke decía que el mayor peligro de la democracia es que se equivoque la mayoría. Y se equivoca a menudo como lo demuestra Trump, Hitler, Berlusconi o Bolsonaro. Claro, es el error de identificar la democracia con votar. Pero no son las urnas sagradas, sino que lo sagrado es para lo que sirven.

Contra la ignorancia, que es un síntoma de la pérdida de curiosidad innata en el niño, sólo me cabe prescribir buenas lecturas. Prescribir libros para todos los pacientes ignaros deseosos de mostrarme sus síntomas. Pero el necio, por definición, no sabe que no sabe, y a esos sólo cabe colgarles el cartel de post mortem. Los demás tienen la posibilidad de recibir tratamiento, y el primer paso es paradójicamente recomendarles que no lean esos infundios breves y elementales, llenos de odio e ignorancia de las redes sociales, donde el matiz está tan ausente como la curiosidad y el deseo de saber qué piensan los otros.

domingo, 10 de enero de 2021

El cardo feo y las mujeres guapas

 


Me ha llevado toda la vida pasar de mirar a ver. Cuando veo a una mujer hermosa, después de mirarla, de un buen repaso a sus deseables atributos, evoco las posibilidades de un placentero ayuntamiento, lo que podríamos hacernos el uno al otro, juntos, cada uno con su yo. Es inevitable, pienso, en todo varón heterosexual. De hecho, las mujeres más irresistibles para mí son las que después de una mirada que no revela instantáneamente su  belleza, puedo acabar viéndolas particularmente hermosas. Además, no suelen saber que lo son, no se comportan como tales, lo que las hace aún más irresistibles.

Lo mismo me pasaba en otras épocas cuando intentaba escribir una novela. Conseguiría una estructura sólidamente trabada, como una catedral gótica con sus arbotantes o como un supuestamente sencillo completo pajar con sus vigas maestras y sus caídas de agua. Las líneas simples del relato, la exquisita y precisa pintura de sus personajes, el agudo análisis de sus motivaciones, de sus sentimientos. La plasticidad, casi cinematográfica, de las descripciones. Y por supuesto, la brillantez del estilo, la armonía y ligereza de la composición, mozartiana, alegre y profunda; la corriente soterrada de misterio y el raro atractivo de la historia contada. En suma, una obra maestra, un monumento literario, un hito de la narrativa. Por supuesto nunca lo conseguí. Tenía más abandonos y derrapes que un piloto de rallyes. Pronto descubrí que si bien tenía cierta facilidad para la escritura, me faltaban los de la imaginación, esa que sí tenía en la evocación del ideal ayuntamiento placentero con mujer hermosa. Había además otro impedimento: siempre he sido un concienzudo lector y mi principal virtud intelectual es la admiración hacia el talento de otros, como hacia los cuerpos de otras. No me podía resignar a pergeñar un truño cuando sabía paladear exquisiteces salidas de otras mentes más capaces. Soy mejor lector que escritor, como se preciaba Borges, y eso me paraliza o me incita a desechar lo mío. Podría intentar emularlos, pero cuando veo correr a un plusmarquista de los cien metros lisos no se me ocurre intentar competir con él y me quedo sentado viéndole por la tele (el atletismo de gran nivel es de los espectáculos que más me gustan). Mi plena madurez creadora, la que poseo ahora, dicta a la vez mis limites, lo que puedo y no puedo hacer. Como el libro que pausadamente ahora estoy escribiendo en el que sus capítulos personajes son el cardo borriquero, la margarita perenne, el silencio del cuerpo, los apostaderos de ciertas aves. 

La raiz latina de 'inteligencia' es 'escoger entre'. No sólo la inteligencia es la capacidad de escoger entre diversas opciones; la vida implica eso mismo: escoger, y por tanto, también saber renunciar. Escoger mal es ser tonto y escoger bien es ser listo. Pero los más tontos entre los tontos son los que no escogen ante diversas alternativas, los que sólo 'ven' una, es decir, los que actuan con prejuicios; por ejemplo, los fanáticos abducidos por teorías conspiranoicas. Eso no implica que ser consciente de las propias limitaciones sea una forma de no elegir, sino una forma de no elegir lo inviable.

Sólo he sentido un gozo comparable al de cuando una mujer deseada me ha hecho saber que sus intenciones hacia mí eran idénticas, cuando he tenido en mis manos el primer ejemplar de algún librito escrito por mí. Hoy ya no me pasa, en ninguno de los dos casos, me he vuelto dolorosamente invisible para las mujeres que deseo y ya no publico, aunque este que ahora tengo entre manos quizás rompa ese silencio. Pero a cambio, tengo, sigo teniendo, siempre lo tendré, el gusto por leer un libro bueno, y el de haberlo buscado y encontrado. O, como las mujeres hermosas de antaño, ese libro que me ha encontrado por fin a mí.

El cardo corredor  (Eringium campestre) es una planta fea que a mí me parece bonita porque sé muchas cosas de ella y conocer es amar. Es una umbelífera, como el apio (familia Apiaceae), espinosa, como todos los cardos, sean umbelíferas o compuestas como la margarita, y posee ese atributo insólito entre los vegetales: corre; cuando el cardo está maduro para esparcir sus semillas no las entrega al azar del viento o a la dispersión de un insecto volador, sino que la base de su tallo se seca y se fragmenta y la planta rueda sobre sí misma sembrando sus semillas. (Además se le llama cardo setero y cardo yesquero, aunque eso puede dar lugar a confusiones con ciertos hongos parásitos de troncos de ciertos árboles). Pero lo verdaderamente interesante ocurre debajo de él. Los buenos naturalistas no ven cosas en los organismos, ven procesos, situaciones y momentos en marcha... Debajo del cardo corredor se extiende el micelio de la exquisita seta de cardo (Pleurotus eryngi). Ese micelio formado por multitud de hifas, lineas de células sensibles, es lo más parecido a una red neuronal sin cerebro, al igual que una sola termita es mucho menos que la colonia en su conjunto, el termitero. Y así, el humilde e hirsuto cardo corredor es el esencial componente de una simbiosis maravillosa con otro organismo ajeno que, además, a la inversa que el cardo, se puede comer: el carpóforo o espematóforo visible, la seta, de un complejo laberinto oculto.

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En realidad, mi incapacidad para no escribir novelas se resume en mi incapacidad para elegir. En una trama siempre hay opciones a elegir en ciertos momentos, y yo dudaba entre varias o peor, pretendía recogerlas todas, incapaz de renunciar, paralizado para elegir. Muchos novelistas dicen que en cierto momento son los personajes los que toman las riendas del relato. Es venir a decir lo mismo.