domingo, 28 de octubre de 2018

No hagáis nada hasta que yo vuelva

 
La vida es así, de cabrona, así de estupenda. En el mismo paquete. Tras casi toda una vida en la que no había pisado un hospital salvo para acompañar a otros, dos operaciones recientes separadas por un posoperatorio maldito (ahora bien, gracias). De modo que aún tengo billete vigente y ganas de usarlo, pero a veces también me dan ganas de aplicarme la letra de aquel tango que reclamaba parar el mundo para apearse. 

Para mejorar claramente la situación de este pobre mundo y respetando por supuesto la vida de sus habitantes, si un demiurgo olímpico me concediera la posibilidad de hacer desaparecer de golpe a uno de los dos países más nefastos, Israel o Arabia saudí, pero sólo a uno de los dos, no me sería fácil decidirme. Israel no se comporta como una nación sino como una milicia armada con todos los países vecinos, con toda su impunidad y prepotencia, pero Arabia se comporta como un campo de torturas y a veces de exterminio para sus propios ciudadanos, más bien súbditos y además financia y exporta terroristas al resto del mundo donde hay más de esas libertades que tanto alarman y hasta ofenden a esa anacrónica teocracia. Difícil elegir. La última. Cortan en vivo y en cachitos a un periodista saudí en su propio consulado en un país, Turquía, que alza la voz para reclamar que eso no quede impune, lo que sería tan loable como creíble si no fuera porque dicho país, Turquía, mantiene casi el record de colegas de prensa en prisión. 

No creo en la violencia como solución para nada (por eso siempre he sido más que un revolucionario un rebelde), y soy un firme defensor de que no sólo ningún fin justifica el uso de algunos medios, sino que hasta los deslegitiman. No a la violencia, vale, pero sin olvidar ni obviar aquel dialogo del western Wagon Master de John Ford en el que el cowboy pacifista interpretado por Ben Johnson termina disparando a un malvado de, nunca mejor dicho, armas tomar. “creí que nunca disparabas contra un hombre", le dice el jefe de la caravana de mormones interpretado por Ward Bond. Y el protagonista le responde “Es verdad, señor, solo contra serpientes”.

Oigo la radio y hasta me informo por la tele, sobre todo a través de alguno de mis escasos héroes mediáticos (El Gran Wyoming, Iñaki Gabilondo, El Roto y pocos más). Hace ya tiempo que no compro el periódico aunque suelo ojear los titulares en el móvil o en mi portátil; y aún de otra forma más antigua, de paseo por las calles de mi ciudad, y de paso obtengo una prueba fiable para detectar la intolerancia de algunos del gremio de los quiosqueros de prensa: los que colocan los diarios del frontal de su establecimiento al revés, para que los viandantes no podamos leer fácilmente los titulares. El caso es que no puedo evitarlo, de una forma u otra termino enterándome de la mezcla de atrocidades, dignas del Medievo más cruento, y de estupideces y aburridos teatrillos (o teatralizaciones) de los políticos que son como esos niños pesados y mimados que están siempre reclamando atención con sus rutinarios dibujos. Los políticos que en vez de buscar los focos, creando problemas para su provecho, se dedican a trabajar en silencio y a solucionarlos, son poco visibles, no digo que no los haya, pero no son precisamente visibles por este sistema de la sociedad del espectáculo y, por tanto, por sus permanentemente halagados acríticos votantes. Tal para cuales. El resto es publicidad de esa capa superpuesta, que no otra sociedad, la del consumo.

A lo que más me recuerda este panorama es a un remedo del Jardín de las delicias del Bosco, con su triple panel, en el de la izquierda las bestialidades más o menos ocultas, frecuentemente a medias desveladas; en el del centro las apariencias de esta sociedad en forma de política voceada, teatral, tan molesta como inútil; en el de la derecha los falsos premios, placebos y ofertas del híper consumismo.

No sirve de nada no leer la prensa supuestamente para no amargarse, pero sí tener en cuenta que la mayoría de los momentos de felicidad mejores son gratis. La vida es bella a ratos para algunos. Pero tal como están las cosas —probablemente como siempre han estado—, el verdadero lujo, el único casi, es la posibilidad de aliviarse, manteniéndose a ratos solo y en silencio, lo que le produce pánico a tantos miembros alelados y alienados del rebaño, pero es muy grato si te entrenas a ello. 

El paraíso no está en la Tierra. Pero hay fragmentos. En la Tierra hay un paraíso roto. Y para muchos, demasiados, un infierno completo.

El Nuevo Testamento no me parece tan estimulante como el Antiguo, tan belicista y truculento, pero tiene un mensaje con el que podría estar de acuerdo y que parece haber dado Jesucristo a sus seguidores entre los que no me cuento: “no hagáis nada hasta que Yo vuelva”. Eso os digo mientras me apeo. Sin embargo, contra todo pronóstico, la vida es bella (a ratos y para algunos).


lunes, 8 de octubre de 2018

La manada y los libros






Contemplo a los jóvenes de esa edad y todos me parecen perfectamente asimilables a los  de La Manada, desde el corte de pelo a la manera de andar y de hablar. Ya sé que ser gritón, grosero y tener mal gusto no es lo mismo que ser un violador, pero se visten igual, se peinan igual, se divierten casi igual y hacen los mismos gestos y dan los mismos alaridos. ¿Cómo explicarles que leer es el pasatiempo más bello de la humanidad, o sea, los analfabetos, especialmente los funcionales, los que no practican, están condenados a la extrema fealdad compartida de lo zafio, ruidoso y tosco; la vida como un idiota en un parque de atracciones? Probablemente contemplar un Tintoretto, una puesta de sol o el rostro de una hermosa son igual o más bellos, pero no son sostenibles en el tiempo; leer sí. Yo lo llevo atestiguando toda mi vida y miles de páginas de devoradas en una larga convalecencia con pocas compensaciones, leer una de las pocas.

Así pues, mi relación con los libros, especialmente con los míos, no es fetichismo coleccionista, de bibliófilo absorto, aunque adoro el libro como objeto. Lo que más me gusta de ellos es poder leerlos, pero los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos; basta con contemplar una pared cubierta de ellos. Son los verdaderos lares, dioses domésticos protectores del hogar. Una casa sin libros es inhabitable por cualquier ser humano cabal. Y como dice el librero Abelardo Linares, los libros son un veneno maravilloso que actúa a la inversa que los otros venenos, cuanto mayor es la dosis más benéficos resultan; en cambio, en pequeñas dosis, un solo libro, la Biblia, el Corán, Paolo Coelho, más tóxicos resultan. La a ratos, pero como proveedora de consejos para la vida es un tremendo peligro. El Corán es aún peor, porque solo son consejos, como los panfletos de Coelho o de Bucay, autoayuda secular. No colecciono primeras ediciones, en cambio, subrayo los libros y los presto, luego no soy bibliófilo, pero rebusco en las librerías de viejo y ese es un placer imposible de explicar a quien no lo comparta. Los libros siempre han devorado mis hogares sucesivos y han convertido mis mudanzas en operaciones logísticas dignas de una retirada napoleónica; soy, por tanto un bibliómano, un biblioloco. En mi cuarto de baño las cremas de afeitar han tenido que hacer sitio a Virgilio, Cicerón, Jenofonte, Tucídides, Séneca, Marco Aurelio, porque se adaptan bien al rato y al fragmento.

De vez en cuando, en una esquina cualquiera, en los escalones de una iglesia me he tropezado con cajas de libros abandonadas. Normalmente con libros de bolsillo, malas ediciones de títulos conocidos, como los recomendados en los bachilleratos, pero a veces me he tropezado con verdaderos descubrimientos. Tengo pensado un cuento en el que toda una familia se convierte en ávida lectora porque le han expropiado el televisor por deudas y se han tropezado con una de esas cajas.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Barrios bajos, mirada avizor




Ahí fuera no está el Cañón del Colorado ni las cataratas del Niágara. No estoy incurriendo en la metafísica de sí existe la realidad desde el momento que te puedes caer y matar si te resbalas en esos sitios. A lo que me refiero es que no existen esos lugares en tanto que iconos sino son percibidos como tales, como paisajes. La mirada, el ojo del observador es tan esencial como lo que hay ahí fuera; para que exista el paisaje se necesita un observador, un turista con su cámara de fotos, no un campesino temiendo por su cosecha.

Esto no lo termina de entender el ecologista medio por la sencilla razón de que el ecologismo es una sentimentalización de la ecología y la historia natural, lo cual es como poner el carro delante de los bueyes y pretender una sensibilidad previa a un conocimiento sólido. Aunque hay cuestiones evidentes: allá donde va el hombre mueren los árboles, lo puede notar cualquiera. Creamos desiertos y los llamamos progreso. Pero eso no impide que el ecologismo ande sobrado de emoción sin razón a veces.

Afinar la mirada, aprender a observar y luego preguntarse; las preguntas importan más que las repuestas. Desde la madrileña plaza de Santa Ana bajo a los barrios bajos; literalmente, están abajo, junto al río, y también abajo en la escala social y en cualquier caso hay que bajar por cuestas empinadas para llegar a ellos. Paso por delante de un placa en la que nunca había reparado aunque había pasado muchas veces por delante: ‘Amigo de los enfermos de lepra’, (Marqués de Santa Ana número veinte). La lepra hoy no es problema en Madrid pero seguro que es fascinante indagar sobre el origen y la historia de esos afectos a los leprosos (por cierto, la lepra es de las enfermedades infecciosas menos contagiosas). Barrios bajos desde la divisoria de Santa Isabel, de Antón Martín, tejadillo de Lavapiés, al Reina Sofía, aledaños del arte junto a la castellana a la altura de Atocha que pocos saben que es esparto en vascuence (Stipa tenacisssima): Oso, Salitre, Tres Peces, San Cosme y San Damián. Y qué me decís de vivir en Costanilla de los Desamparados esquina con Berenjena. El ciprés que asoma por la tapia del conservatorio, esquina con el colegio de médicos. Jabón de ozono, anuncian en un pequeño establecimiento reciclado, antes mercería. Imposible, el ozono, nunca mejor dicho va a su aire, sea en la troposfera, contaminante, o en la estratosfera, protector, y no en una pastilla de jabón, sus tres átomos de oxígeno no se lo permiten, oxida todo y enlaza químicamente poco. Paso por mantequerías, cuando la manteca era bien recibida y los únicos gordos eran los ricos, al revés que ahora, en estos tiempos de horror a la obesidad; y así se llamaban los también bonitos ultramarinos; este tiene un buen surtido de legumbres, de bacalao y de latas de bonito. De vez en cuando alguna corrala y entremedias alguna casa buena, no tanto como en el barrio de Salamanca, pero casi palacios. No hay nada que marque mejor la lucha y la distancia de clases que las entradas de servicio. En un tejadillo reconozco la feraz Cymbalaria muralis, la picardía, la yerba de campanario, los inacabables ojos de dos gatos me observan mientras la corto.

Tengo tan lejos las Islas de Arán como las tetas pecosas de Julianne Moore. Acabo de salir por enésima vez del hospital y por primera vez estas caminatas me fatigan mucho, pero me encantan.