domingo, 18 de abril de 2021

La guerra perdida (continuación de 'Gracias por dejarme dormir en el sofá')

 


Está el caso del pelotón de hombres, aguerridos pero desinformados, que habían muerto en la guerra civil norteamericana seis meses después de que Lee se hubiera rendido en Appomatox. Parece que hay un monumento dedicado a ellos en Tucson. O el más conocido y hasta frecuente de esos soldados japoneses que se habían quedado aislados y supuestamente resistiendo mucho después de finalizar la Segunda Guerra Mundial. El más reticente se llamó Hiro Onoda y se mantuvo en la ignorancia alerta treinta años en una isla de Filipinas. Pues bien, creo que eso mismo, ese patético retraso en las noticias sucede ahora mismo, sólo que afecta a la práctica mayoría de la humanidad. Estamos  en guerra no con el planeta en sí —indiferente a muestra gilipollez— sino contra el planeta en cuanto hábitat habitable, valga la redundancia, para nuestras sociedades humanas. Y si la cosa sigue así, por muchas proclamas “verdes” que ahora se hagan —la política también sigue modas— vamos a perder, vamos, desde luego, perdiendo.

Un caso no tan nimio son las propuestas del gobierno de España para sustituir, con ventajas para los propietarios, los automóviles habituales de quema de combustibles fósiles por automóviles eléctricos. A eso lo llamo yo tomar el todo por sus partes, cogiendo, claro, sólo una parte.  Porque el problema del desmesurado parque automovilístico no es sólo la contaminación derivada de sus combustiones, por mucho cambio climático que se dé por medio, sino el mero hecho de esos trastos usurpando el espacio de las ciudades, destrozándolo de hecho, y las enormes infraestructuras que requieren y a su vez destrozan el resto del territorio, y que ahora además reclamará las de la producción de energía eléctrica, fabricación de baterías, expolio de minerales raros estratégicos, puntos de recarga y, sobre todo y antes que nada, mantenimiento de una idea de la movilidad absolutamente autocrática y demencial. En Francia, siempre más al día, al menos han propuesto cambiar toda esa chatarra invasora por bicicletas. Me temo que en este país que seguimos contando las hordas de millones de turistas como si fueran una bendición, no tenemos remedio. Pero también pienso que en eso, como he señalado más arriba, no somos diferentes del resto suicida de la humanidad.

Claro que puede que, más bien, el soldado confederado o japonés que no se ha rendido todavía sea yo y los pocos que lo vemos de esta forma, porque esta guerra ya esté perdida. Cautivo y desarmado, es más, y convertido en mercancia de moda, el ejército verde.

sábado, 17 de abril de 2021

Gracias por dejarme dormir en el sofá

 

“Gracias por dejarme dormir en tu sofá. Te he cogido una cerveza de la nevera, y se me ha roto una taza de café. Lo siento, espero que no sea tu preferida”. Esa nota de cortés agradecimiento que uno podría dejar en la casa de un amigo en la que se ha pernoctado refleja la actitud correcta que deberíamos tener con el planeta que es nuestro hogar transitorio. Eso no es salvar el planeta, que se basta solo y hasta mejor sin nosotros. Los indios navajo y hopi tengo entendido que no establecen la fecha de su nacimiento al ser alumbrados, sino cuando la madre se levanta ya recuperada; entonces es cuando se considera que el nacimiento se ha consumado. Por eso los indios en cuestión tienen otra madre además de la biológica: la madre del ombligo que es la encargada de cortar el cordón umbilical y de cuidar al restablecimiento de la otra madre. En cambio los antiguos chinos cuentan su edad desde el momento de la concepción, nueve meses antes, nueve meses más viejos, lo que complacería a los antiabortistas.

Salvar el planeta es una pretensión tan egocéntrica como la de que el recién nacido pretendiera cuidar de su madre. Todos somos invitados aquí y deberíamos procurar ser respetuosos, aunque es inevitable que rompamos alguna taza de café y acabemos las cervezas de la nevera y dejemos la huella de nuestro peso en el sofá. Durante nueve meses, esto es, algo más de 200.000 años, hemos estado bien acogidos, más o menos, glaciaciones y sequías y subidas y bajadas del mar. Tras el nacimiento —fecha discutible como se ha visto— comienza nuestra egocéntrica historia, la recordada y la inventada, y a partir de ahí ha habido de todo.

Pero cuidado, también nosotros somos para este planeta-casa, la taza de café rota, la cerveza, el sofá tan cómodo, aunque a veces se nos claven los muelles. Somos el ciervo y el arce. Somos parte de esta casa, una parte esencial últimamente, como ese niño que crece, porque nos hemos convertido en una fuerza tan dinámica como las geológicas. Hemos transformado el espacio a nuestra conveniencia y a nuestro disgusto. Somos el problema y la solución. Pero no somos los parásitos de la Tierra como propugnan los adeptos a la Deep Ecology, simples misántropos, ariscos con su propia especie. Los parásitos son depredadores peculiares obligados a esa forma de vida, sin remisión salvo acabar con ellos. Más bien somos una plaga, como los nobles elefantes cuando confinados en un área acaban con los árboles. Hay que restituir los árboles y reducir la población de elefantes o ampliar su área, lo que en este mundo finito y limitado no es posible. Tampoco es posible volver al útero materno, retroceder a la fase ahistórica más que prehistórica para volver a ser un animalito más, no es posible dejar la casa de invitados como si no hubiéramos vivido temporalmente en ella, pero hay que evitar no romper más tazas de la cuenta, sobre todo la preferida (esencial) del anfitrión, como lo son las aguas o la atmósfera.

martes, 13 de abril de 2021

Otras vidas más la propia

 

Un joven psiquiatra a comienzos del siglo XIX conduce a cinco pacientes hacia una clínica, desde Santa Fe a Buenos Aires. Dirige una caravana con treinta y seis personas: locos, prostitutas, gauchos y una escolta de soldados, cruzando la pampa, sorteando todo tipo de obstáculos. Es pues una epopeya modesta en el que el tiempo y el espacio convergen sobre la historia y donde se revela la poca fiabilidad de lo que contamos, de la conciencia y la memoria, para aprehender la realidad. Una metáfora, claro, de las locuras del dominio colonial de las Américas a través de un diario de viaje complejo.

Orlando, después de muchos años, regresa a la aldea de su niñez y compra en un impulso extraño la gran casona rosa de la maestra ya muerta. La casa le admite y rechaza a otros, acepta a un gato negro pero expulsa a una amiga y a su hermano. Para ello se vale de plagas de orugas del tilo y de topos, de caídas por escaleras y piernas rotas. Intenta renovar su carrera de pintor y reconvertir su ánimo urbanita de adulto en el infantil y rural olvidado. Reconducir su extravío volviendo a los paisajes de su niñez. El sentido del presente, el suspense y la melancolía, los atardeceres luminosos, la lluvia, los grillos, los huertos y las flores, el viejo laurel que revive del tocón y el insólito romero que brota sin que nadie lo haya plantado al parecer.

Otra casita, esta vez verde, de un pequeño pueblo al norte de Suecia en Upsala. Luego Copenhague, París, Los Ángeles, Broadway, Reikiavik y Berlín. Desde 1934 hasta nuestros días. Un niño casi perfecto, un chico dotado de talento y éxito fácil, pero luego un adulto devastado por el alcohol. Entre tanto se despliega el siglo con el nacimiento del terrorismo en las olimpiadas de Múnich, la caída del muro de Berlín y los movimientos de los derechos civiles en Estados Unidos y en la que intervienen Olof Palme, Igmar Bergman y Rudof Nuréyev. En definitiva una historia que empezó muy bien y acabo tan mal. La caída en los infiernos y la redención, la historia de un intelectual que explica la historia del siglo.

Quizás no lo sepáis, pero yo he vivido recientemente todas estas historias gracias al argentino Juan José Saer, la italiana Laura Mancinelli y el sueco Per Olov Equist. Y aún así hay multitudes de personas que no leen ni un libro, que para mí sería como no vivir más que una sola vida prosaica y escueta.

sábado, 3 de abril de 2021

 



I

Se me han muerto ya un montón de amigos excelentes, irrepetibles; como dice otro amigo, 'las balas cada vez caen más cerca'. Lo que he perdido, lo que se ha perdido, no se puede valorar, no tiene precio, pero se puede concretar y describir. Está rodeado de una caja de hueso, el cráneo, y protegido también por membranas cartilaginosas Por supuesto el cerebro humano es el objeto más complejo del Universo. Sólo se le puede comparar con el de todo un planeta habitado por la vida y con todas y cada una de sus complejas interacciones entre todos sus seres vivos, las aguas, la atmósfera y la tierra mineral. Un cerebro normal pesa unos 1.400 gramos, algo menos de kilo y medio. Es decir, que representa poco más del dos por ciento del peso total de nuestros cuerpos. Sin embargo,  acapara el veinte por ciento de todo el oxígeno que consumimos; y consume nada menos que el veinticinco por ciento de toda la glucosa que circula por el organismo y requisa el veinte por ciento de toda la energía basal de nuestro metabolismo en reposo. En el recién nacido y en los primeros meses de vida hasta los dos años el cerebro consume hasta el 90 por ciento de la energía que ingiere. Leche convertida en neuronas y conexiones, el acto de mamar y el acto de crecer, no sólo en tamaño. Pero luego, y más adelante, en realidad siempre, a lo largo de la vida, se produce lo que los neurocientíficos llaman una poda sináptica, es decir, la eliminación de las conexiones que ya no se utilizan. Si lo considerásemos un simple órgano, como el corazón o el hígado,   habría que admitir que es costosísimo. Y cuando nacemos ese mismo cerebro, lejos de estar completamente formado, necesita el noventa por ciento de esa energía basal y esa cifra seguirá siendo elevada mientras el órgano siga creciendo. Hay 86.000 millones de las famosas neuronas, que no son nada comparadas con el número de conexiones que se establecen entre ellas. Es un universo cableado, en continua transformación, apareciendo y desapareciendo conexiones, permaneciendo algunas de ellas breves instantes y otras manteniéndose toda la vida. Millones de mensajes, de información, circulan de manera simultánea, no sólo para eso que llamamos vagamente pensar, sino para simplemente, digerir, ver, sentir, escuchar y oler. Con él podemos resolver un problema de física teórica o gritar cuando estamos cabreados, planear un robo perfecto o decidir abandonar a un semejante sin ayudarle. A velocidades increíbles todas esas decisiones y tomas de decisiones, o pautas involuntarias circulan por los axones, las fibras largas de esas deformes células que son las neuronas, y por las cortas más numerosas, las dendritas. Un científico aragonés sin apenas apoyo institucional, Ramón y Cajal, describió este complejo entramado. Sus pormenorizados dibujos siguen siendo de una precisión, y una belleza, increíbles. Las neuronas están conectadas pero no en contacto físico, sino con un breve espacio: son las sinapsis que se comunican por medio de impulsos nerviosos y diferencias de potencial con interruptores que se activan o paran, según los casos. Con esto conducimos coches, jugamos al tenis, o sentimos hambre y sed o miedo, sin ellas dejaría de latir el corazón y de funcionar la regulación de la temperatura corporal. Es muy probable que el número de esas conexiones sea mayor que el de estrellas en el universo conocido. Cada neurona, de esas 86.000 millones establece por término medio 7.000 conexiones. Imaginad la cifra inmensa de ceros.

En ese relicario de hueso tapizado (como los medievales de marfil y sus terciopelos internos) está nuestra esencia. Yo estoy convencido de que somos nuestro cerebro, que ahí reside nuestra humana condición, pero hay muchas personas, llamados dualistas, que consideran que somos dos partes separadas, llámense como se quieran, cuerpo y mente, o cerebro y mente, cuerpo y alma o espíritu, etcétera. Creo que si las técnicas de un futuro incierto permitieran conservar un cerebro aislado del cuerpo, con soporte vital y activo, ahí seguiría estando la persona. No recibiría informes de su inexistente cuerpo. O tal vez sí, como los amputados siguen doliéndose de los miembros ausentes. Igual que hay meteorólogos redichos que dice 'nubes de tipo alto', en lugar de nubes altas (cirros y cumulonimbos incus), hay expresiones como la de cerebros privilegiados, en vez de la más simple de personas privilegiadas, aunque nadie dice de un plusmarquista que es unas piernas privilegiadas, sino un corredor excelente.

II 

Bien, hasta el lamentable encéfalo de cualquier político mediocre, de ese alucinado conspiranoico, de aquel lamentable racista más feo que cualquiera de los que desprecia/teme, es una maravilla. Las maravillas también pueden usarse mal y a la par eficazmente, como cualquier arma.

Por eso morirse cualquier ejemplar de ese animal, el más desvalido al nacer, no deja de ser un desperdicio; necesario porque otros nacen y por tanto la muerte es condición sine qua non de la vida. Parece pues lógico despedirse de esta vida, de este único paraíso y este exclusivo infierno, maldiciendo. Samuel Beckett, ese irlandés furibundo (si eso no es redundante) con el rostro bellísimo tallado en piedra angular, le hizo decir a Malone: “Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deseo a todos una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso recuerdo en las execrables generaciones venideras.” También nos puede servir el epitafio de un deán de la catedral de San Patricio en Dublín, un tal Jonathan Swift que desalentaría a cualquier turista de ese barrio antiguo: “Aquí yace, donde la feroz indignación no puede ya lacerar su corazón. Sigue su ejemplo si puedes”. Y muchos lo siguen; se llama cultura y tiene que ver con esos más de ochenta mil millones de células tan exigentes y a menudo poco exigidas.