I
Se me han muerto ya un montón de amigos excelentes, irrepetibles; como dice otro amigo, 'las balas cada vez caen más cerca'. Lo que he perdido, lo que se ha perdido, no se puede valorar, no tiene precio, pero se puede concretar y describir. Está rodeado de una caja de hueso, el cráneo, y
protegido también por membranas cartilaginosas Por supuesto el cerebro humano
es el objeto más complejo del Universo. Sólo se le puede comparar con el de
todo un planeta habitado por la vida y con todas y cada una de sus complejas
interacciones entre todos sus seres vivos, las aguas, la atmósfera y la tierra
mineral. Un cerebro normal pesa unos 1.400 gramos, algo menos de kilo y medio.
Es decir, que representa poco más del dos por ciento del peso total de nuestros
cuerpos. Sin embargo, acapara el veinte por ciento de todo el oxígeno que
consumimos; y consume nada menos que el veinticinco por ciento de toda la
glucosa que circula por el organismo y requisa el veinte por ciento de toda la
energía basal de nuestro metabolismo en reposo. En el recién nacido y en los
primeros meses de vida hasta los dos años el cerebro consume hasta el 90 por ciento
de la energía que ingiere. Leche convertida en neuronas y conexiones, el acto
de mamar y el acto de crecer, no sólo en tamaño. Pero luego, y más adelante, en
realidad siempre, a lo largo de la vida, se produce lo que los neurocientíficos
llaman una poda sináptica, es decir, la eliminación de las conexiones que ya no
se utilizan. Si lo considerásemos un simple órgano, como el corazón o el
hígado, habría que admitir que es costosísimo. Y cuando nacemos ese
mismo cerebro, lejos de estar completamente formado, necesita el noventa por
ciento de esa energía basal y esa cifra seguirá siendo elevada mientras el
órgano siga creciendo. Hay 86.000 millones de las famosas neuronas, que no son
nada comparadas con el número de conexiones que se establecen entre ellas. Es
un universo cableado, en continua transformación, apareciendo y desapareciendo
conexiones, permaneciendo algunas de ellas breves instantes y otras
manteniéndose toda la vida. Millones de mensajes, de información, circulan de
manera simultánea, no sólo para eso que llamamos vagamente pensar, sino para
simplemente, digerir, ver, sentir, escuchar y oler. Con él podemos resolver un
problema de física teórica o gritar cuando estamos cabreados, planear un robo
perfecto o decidir abandonar a un semejante sin ayudarle. A velocidades
increíbles todas esas decisiones y tomas de decisiones, o pautas involuntarias
circulan por los axones, las fibras largas de esas deformes células que son las
neuronas, y por las cortas más numerosas, las dendritas. Un científico aragonés
sin apenas apoyo institucional, Ramón y Cajal, describió este complejo
entramado. Sus pormenorizados dibujos siguen siendo de una precisión, y una
belleza, increíbles. Las neuronas están conectadas pero no en contacto físico,
sino con un breve espacio: son las sinapsis que se comunican por medio de
impulsos nerviosos y diferencias de potencial con interruptores que se activan
o paran, según los casos. Con esto conducimos coches, jugamos al tenis, o
sentimos hambre y sed o miedo, sin ellas dejaría de latir el corazón y de
funcionar la regulación de la temperatura corporal. Es muy probable que el
número de esas conexiones sea mayor que el de estrellas en el universo
conocido. Cada neurona, de esas 86.000 millones establece por término medio
7.000 conexiones. Imaginad la cifra inmensa de ceros.
En ese relicario de hueso tapizado (como los medievales de
marfil y sus terciopelos internos) está nuestra esencia. Yo estoy convencido de que somos nuestro cerebro,
que ahí reside nuestra humana condición, pero hay muchas personas, llamados
dualistas, que consideran que somos dos partes separadas, llámense como se
quieran, cuerpo y mente, o cerebro y mente, cuerpo y alma o espíritu, etcétera.
Creo que si las técnicas de un futuro incierto permitieran conservar un cerebro
aislado del cuerpo, con soporte vital y activo, ahí seguiría estando la
persona. No recibiría informes de su inexistente cuerpo. O tal vez sí, como los
amputados siguen doliéndose de los miembros ausentes. Igual que hay
meteorólogos redichos que dice 'nubes de tipo alto', en lugar de nubes altas (cirros
y cumulonimbos incus), hay expresiones como la de cerebros privilegiados, en
vez de la más simple de personas privilegiadas, aunque nadie dice de un plusmarquista
que es unas piernas privilegiadas, sino un corredor excelente.
II
Bien, hasta el lamentable encéfalo de cualquier
político mediocre, de ese alucinado conspiranoico, de aquel lamentable racista
más feo que cualquiera de los que desprecia/teme, es una maravilla. Las
maravillas también pueden usarse mal y a la par eficazmente, como cualquier
arma.
Por eso morirse cualquier ejemplar de ese animal, el
más desvalido al nacer, no deja de ser un desperdicio; necesario porque otros
nacen y por tanto la muerte es condición sine qua non de la vida. Parece pues
lógico despedirse de esta vida, de este único paraíso y este exclusivo
infierno, maldiciendo. Samuel Beckett, ese irlandés furibundo (si eso no es
redundante) con el rostro bellísimo tallado en piedra angular, le hizo decir a
Malone: “Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deseo a todos
una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso
recuerdo en las execrables generaciones venideras.” También nos puede servir el
epitafio de un deán de la catedral de San Patricio en Dublín, un tal Jonathan
Swift que desalentaría a cualquier turista de ese barrio antiguo: “Aquí yace,
donde la feroz indignación no puede ya lacerar su corazón. Sigue su ejemplo si
puedes”. Y muchos lo siguen; se llama cultura y tiene que ver con esos más de
ochenta mil millones de células tan exigentes y a menudo poco exigidas.