Lamento no recordar de quien es esta frase paradójicamente inversa: “la imaginación del científico y la precisión del poeta” como fórmula de conocimiento, pero la suscribo plenamente hasta el punto de hacerla mía. Reconcilia las dos culturas, irreconciliadas, que no irreconciliables, de las que hablaba Snow en un famoso ensayo, la humanística y la científica.
Todo proviene de un penoso malentendido. Los románticos reaccionaron ante la Ilustración denunciando que la ciencia acababa con la belleza y la poesía del mundo. No es cierto. Eso supone confundir el reduccionismo —que es el que mayor éxito ha tenido para descifrar el mundo: analizar y descomponer un problema, un fenómeno o un objeto en sus componentes para comprenderlo— con el mal reduccionismo, que es pensar que esa descomposición lo explica “todo”. Pero la ciencia no es sólo analítica sino sintética. De hecho se sirve de intuiciones semejantes a las que operan en el arte. Y los análisis, tan denostados por los malos humanistas, crean esquemas sutiles y ricos a niveles de organización superiores a los utilizados, en propiedades holísticas que son las que alteran nuestra percepción y nuestras emociones. De hecho, que yo comprenda mejor como funciona un bosque a nivel de la composición de sus organismos no me impide mostrar una sensibilidad mayor hacia el conjunto que la de un profano. Al contrario: el profano simplemente sensible está colocando el carro delante de los caballos, como ocurre con muchos defensores sentimentales de la naturaleza.
El científico, en su búsqueda de la verdadera esencia material, confluye en una respuesta similar a la del cazador y el buscador de tesoros, en definitiva, al poeta. En realidad con cada nueva fase de síntesis (tras las de análisis) en la investigación se amplía el alcance de las humanidades. Y paralelamente, con cada reorientación de las humanidades, la ciencia añadirá nuevas dimensiones de la ciencia. Sólo los mediocres de ambos bandos se consideran antagonistas.
En realidad los científicos, contra lo que se cree, no descubren para saber: saben para descubrir. No importa tanto lo que ya saben como lo que descubren que antes se ignoraba. Por eso en ciencia son más importantes las preguntas que las respuestas. Los científicos son los exploradores, los cazadores de nuestra tribu. En tanto que los humanistas crecen a medida que su conocimiento aumenta. Son sus albaceas, sus tesoreros. En ciencia, las ramas más vivas son las que ofrecen más problemas sin resolver.
También, la elegancia; en una teoría, una explicación o la resolución de un problema matemático. La simplicidad y su consiguiente poder latente. Por supuesto que la elegancia es más un producto de la mente humana que algo intrínseco al objeto estudiado. Se trata de producir la máxima cantidad de información con el mínimo gasto de energía y así descifrar una experiencia sensorial caótica. Simetría, congruencia, sencillez, en definitiva, belleza. Tampoco olvidemos que la inmensa mayoría de los científicos son picapedreros que extraen datos diariamente con su esfuerzo, a la espera que unos pocos elegidos los sinteticen, como Darwin, como Einstein. Según Edward O. Wilson, probablemente el mayor científico natural de los últimos dos siglos, el científico ideal piensa como un poeta, trabaja como un oficinista y escribe como un periodista. ¿Y el poeta? Pues piensa como un poeta, trabaja como un poeta y escribe como un poeta. Porque el poeta, o el artista, no busca cómo ni por qué se produce determinado efecto (eso es tarea de la ciencia), sino producirlo.
En realidad ciencia y arte son sinécdoques: una parte que elegida con cuidado representa la totalidad. Parece increíble cuando se mira la zafiedad que nos rodea a veces, pero la humana es esencialmente una especie poética.