sábado, 9 de octubre de 2021

La imaginación del científico y la precisión del poeta

 

Lamento no recordar de quien es esta frase paradójicamente inversa: “la imaginación del científico y la precisión del poeta” como fórmula de conocimiento, pero la suscribo plenamente hasta el punto de hacerla mía. Reconcilia las dos culturas, irreconciliadas, que no irreconciliables, de las que hablaba Snow en un famoso ensayo, la humanística y la científica. 

Todo proviene de un penoso malentendido. Los románticos reaccionaron ante la Ilustración denunciando que la ciencia acababa con la belleza y la poesía del mundo. No es cierto. Eso supone confundir el reduccionismo —que es el que mayor éxito ha tenido para descifrar el mundo: analizar y descomponer un problema, un fenómeno o un objeto en sus componentes para comprenderlo— con el mal reduccionismo, que es pensar que esa descomposición lo explica “todo”. Pero la ciencia no es sólo analítica sino sintética. De hecho se sirve de intuiciones semejantes a las que operan en el arte. Y los análisis, tan denostados por los malos humanistas, crean esquemas sutiles y ricos a niveles de organización superiores a los utilizados, en propiedades holísticas que son las que alteran nuestra percepción y nuestras emociones. De hecho, que yo comprenda mejor como funciona un bosque a nivel de la composición de sus organismos no me impide mostrar una sensibilidad mayor hacia el conjunto que la de un profano. Al contrario: el profano simplemente sensible está colocando el carro delante de los caballos, como ocurre con muchos defensores sentimentales de la naturaleza.

El científico, en su búsqueda de la verdadera esencia material, confluye en una respuesta similar a la del cazador y el buscador de tesoros, en definitiva, al poeta. En realidad con cada nueva fase de síntesis (tras las de análisis) en la investigación se amplía el alcance de las humanidades. Y paralelamente, con cada reorientación de las humanidades, la ciencia añadirá nuevas dimensiones de la ciencia. Sólo los mediocres de ambos bandos se consideran antagonistas.

En realidad los científicos, contra lo que se cree, no descubren para saber: saben para descubrir. No importa tanto lo que ya saben como lo que descubren que antes se ignoraba. Por eso en ciencia son más importantes las preguntas que las respuestas. Los científicos son los exploradores, los cazadores de nuestra tribu. En tanto que los humanistas crecen a medida que su conocimiento aumenta. Son sus albaceas, sus tesoreros. En ciencia, las ramas más vivas son las que ofrecen más problemas sin resolver.

También, la elegancia; en una teoría, una explicación o la resolución de un problema matemático. La simplicidad y su consiguiente poder latente. Por supuesto que la elegancia es más un producto de la mente humana que algo intrínseco al objeto estudiado. Se trata de producir la máxima cantidad de información con el mínimo gasto de energía y así descifrar una experiencia sensorial caótica. Simetría, congruencia, sencillez, en definitiva, belleza. Tampoco olvidemos que la inmensa mayoría de los científicos son picapedreros que extraen datos diariamente con su esfuerzo, a la espera que unos pocos elegidos los sinteticen, como Darwin, como Einstein. Según Edward O. Wilson, probablemente el mayor científico natural de los últimos dos siglos, el científico ideal piensa como un poeta, trabaja como un oficinista y escribe como un periodista. ¿Y el poeta? Pues piensa como un poeta, trabaja como un poeta y escribe como un poeta. Porque el poeta, o el artista,  no busca cómo ni por qué se produce determinado efecto (eso es tarea de la ciencia), sino producirlo.

En realidad ciencia y arte son sinécdoques: una parte que elegida con cuidado representa la totalidad. Parece increíble cuando se mira la zafiedad que nos rodea a veces, pero la humana es esencialmente una especie poética.

viernes, 8 de octubre de 2021

Diputados y polillas

 

Los señores diputados. Los hay de varias clases, y no hablo de su filiación política, como los peluqueros o los fontaneros. Los hay que trabajan, en diversas comisiones, proyectos de ley y controles; los hay que se limitan a asistir a las sesiones y a votar lo que les dictan desde sus partidos, y los hay que, absentistas impunes, ni siquiera suelen molestarse en asistir a sus sesiones, pero se benefician de sueldos, dietas, subalternos e información privilegiada y se ocupan de sus negocios privados. Estos últimos me recuerdan a los perezosos (nunca mejor visto) tridáctilos. Mejor dicho a las polillas que viven en el pelo de esos parsimoniosos mamíferos. Los perezosos viven en la parte superior del dosel arbóreo amazónico, alimentándose de las hojas de los árboles más altos. El perezoso es un estreñido que sólo baja al suelo para cagar una vez por semana. En ese momento las polillas aprovechan para poner sus huevos en los excrementos y asegurar el alimento a sus larvas de forma preferencial frente a otros coprófagos. Cuando han completado su desarrollo como polillas adultas, vuelan hacia arriba y buscan a un nuevo perezoso para vivir en su pelambrera y asegurarse así su prioridad sobre el alimento de sus excrementos. Es una interrelación estrecha, una coevolución entre dos especies tan distintas, un mínimo ciclo que se completa una y otra vez.

Por supuesto no quiero insinuar que los señores diputados sean coprófagos, mucho menos necrófagos —no todos—; sólo insinúo que al estar habitando un nicho ecológico favorable, como el pelo del perezoso, el ámbito del Congreso, obtienen beneficios sin apenas trabajo; les basta con estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. 

Las polillas del perezoso pertenecen al género Cryptoses. En cambio, los nombres de los aprovechados absentistas de nuestra democracia no suelen conocerse dada su preclara inactividad. Se ocultan entre los pelos o terciopelos del Congreso sin asomar mucho sus jetas. Hasta que les nombran vicepresidentes de una compañía energética, por ejemplo.

miércoles, 6 de octubre de 2021

Pedir perdón a los indios americanos

 

Los debates de si fue mejor o peor el modo latino o el anglosajón de conquista de América son una forma de eludir la médula real del asunto, que no es la de comparar formas diferentes (y lo fueron) de exterminio y mestizaje, sino la de su pertinencia.

A los indígenas del Nuevo Mundo —indios para entendernos— de la época del descubrimiento y la colonización les importa un bledo (Amaranthus sp, una suerte de acelga silvestre de escasa enjundia) que se les pida perdón siglos después desde la metrópoli del imperio, entre otras cosas porque están muertos. Por otra parte, los descendientes de los que perpetraron desafueros contra ellos no están en España, sino que presumiblemente se quedaron allí para gozar de sus expolios, esto es, los criollos americanos que suelen ser los que reclaman esa expiación, que no los indios.

Juzgar el pasado desde el presente es un ejercicio fútil y pretencioso, ese afán del presente de juzgar el pasado, en el que aquel se considera superior a este. ¿Con qué autoridad ese ejercicio? A la mayoría nos basta con ser el presente y que exista el pasado. Además, cuanto más se retrocede en el pasado más se simplifica: conquistadores crueles, indios buenos y pacíficos. Y los acusados permanecen en silencio, nadie contesta.

Por lo tanto, cada vez que un mandatario criollo americano exige esta anacrónica y tardía reparación no puedo por menos que pensar que sea un intento de eludir los verdaderos problemas del presente del que es responsable a través de ese pasado simplificado.

 

martes, 5 de octubre de 2021

Orinar en la oreja de un rinoceronte

 

Si un hombre orina en la oreja de un rinoceronte, el animal huirá. Ya se que es difícil de comprobar empíricamente, pero no deja de ser probable que eso suceda si alguien se arriesga a comprobarlo. Urge darse prisa porque el rinoceronte, tanto el blanco como el negro o el de Sumatra, está en vías de extinción. Puede pareceros una singular broma, pero este proceso está descrito en una obra musulmana de1314, La ambición última en las artes de la erudición.

Más sobre el arte de mear al que Henry Miller consideraba uno de los placeres más sencillos y supremos. El astronauta  John Glenn, coronel de marines y a pesar de eso reflexivo, se maravilló al ver salir el sol sobre un atolón a medio camino entre las islas Fiyi y Hawái, divisando miles de esferas diminutas y brillantes en el exterior de la cápsula. “Están encendidas y resplandecen con fuerza, como si fueran luminiscentes. Jamás había visto algo así. Se acercan a la cápsula y parecen estrellas pequeñas. Es como un chaparrón. Bailan en torno a la cápsula y se colocan frente al cristal, y desprenden una luz brillante.” Fue con mucho lo que más le impresionó a Glenn, una de las experiencias más conmovedoras de su vuelo. Como hombre de formación científica pero profundamente religioso, no olvidó esa apariencia angelical mucho tiempo. Más tarde la NASA le aclararó que eso artefactos eran su propia orina que se habían congelado y formado perfectas esferas al ser expulsadas de la nave. Glenn se había meado en la oreja de su rinoceronte.

Vale, todo esto parece un chiste, pero también en su tiempo les pareció un chiste a los humanos de tierra adentro que la Tierra fuera redonda, que no ocupara el centro del universo y que el sol no diera vueltas a a su alrededor sino al revés. Sin embargo, lo que cuenta es el asombro ante todas las maravillas de este mundo y de su exploración. Por ejemplo, el número pi, cuya notación no consigo encontrar en el teclado del ordenador, y esto no es una maravilla sino un incordio, es el cociente entre el perímetro de una circunferencia y su diámetro, pero ¿por qué también aparece en los análisis estadísticos de las tendencias de población, las constantes de estructura fina de Sommerfeld, las ecuaciones de campo de Einstein y la definición de la longitud de Planck, que es la medida más diminuta que tiene sentido?

Einstein reconoció como tantos otros antes y después de él, el poder de las matemáticas para explicar el mundo, como sugería Pitágoras al indicar que el número es el principio que se haya detrás de todas las cosas y fenómenos. El físico alemán además añadió que “lo más eternamente incomprensible del mundo es la facultad de comprenderlo”. Nuevamente eso es mear en la oreja de un rinoceronte. Y no nos burlemos tan fácilmente de nuestro astronauta meón; al fin y al cabo se maravilló y esa capacidad de asombro es el principio de todo avance en el conocimiento a través del objeto más complejo del universo, nuestro cerebro, del que no todos hacen pleno uso.