El dinero es mejor que la pobreza aunque sólo sea por razones económicas. WOODY ALLEN
Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas - ¡Dios me perdone! - sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes. UTOPIA. TOMAS MORO
Decía Oscar Wilde que el progreso es la realización de
utopías, y añadía que ningún mapa del mundo está completo ni merece ser consultado si no incluye la
famosa isla de Moro. En su contra Utopía tiene la responsabilidad de haber
generado las más terribles sectas fanáticas, sobre todo en el pasado siglo en
forma de fascismos, nazismos y comunismos. El problema a mi juicio es
estrictamente filosófico y radica en resolver qué significa realmente vivir
bien. Eso implica reivindicar la verdadera y vieja sabiduría; la aplicación del
conocimiento a la propia vida; esto es, valorar los fines por encima de los
medios, aunque estos sean la democracia o incluso la libertad (que también
convendría definir). La única forma de que el presente sea aún más sombrío que como
lo presentan las noticias es que no alberguemos la esperanza de mejorarlo.
Entonces probablemente descubramos que no es una utopía lista y acabada (prêt-à-porter
como las de los fanáticos del pasado siglo) lo que necesitamos, sino más
simplemente un mundo donde la imaginación y la esperanza sigan activos.
Una de las utopías que han surgido últimamente y que me gusta es la de la Renta Básica Universal (la escribo así, con mayúsculas, porque creo que lo merece más que, por ejemplo, la frústrante e inane Organización de Naciones Unidas). Entiendo por tal dinero gratis para todo el mundo (una idea que, por cierto, ya estaba en la Utopía de Tomas Moro), una suerte de vía capitalista al comunismo y no restringida a países ricos o a franjas de edad, sino auténticamente universal. Creo que es factible y mucho menos onerosa que los gastos que devienen de la pobreza, mucho menos paternalista que los hogares sociales o las limosnas, y mucho menos contraindicada que los supuestos temores de holganza o dependencias. Estoy dispuesto a discutirlo, aunque, vistos los escasos comentarios en acusado descenso que voy teniendo, no creo que se produzca ningún debate aquí.
Al igual que la despenalización de las drogas desde la absoluta evidencia de que es su prohibición la que genera la inmensa mayoría de los problemas de salud y delincuencia, este sueño no puede implantarse de buenas a primeras sin una cuidadosa planificación, estudios previos y ensayos locales con retroalimentación para corregir defectos, pues lo contrario sería probablemente desastroso. Hay que comenzar las utopias sin bolchevismos, con dimensiones modestas y cambiando el mundo lentamente (aunque luego los cambios nunca son tan lentos; digamos que apostamos por la evolución, no por la revolución). Ya se hizo hace unos años un experimento de esta naturaleza con 13 vagabundos en Londres a los que un equipo de investigadores les suministró 3.000 libras sin preguntas. Fue un éxito, rentable económicamente (sí, rentable comparado con los gastos de los servicios sociales ahorrados), que los pobres, contradiciendo la idea de que no saben administrase o que derrochan, superaron. Pero es muy difícil cambiar repentinamente la manera de abordar problemas (aparte de los intereses creados por abordarlos de la forma convencional), que exigen modos de hablar y de pensar diferentes. Y es que la pobreza sale muy cara si echamos bien las cuentas.
Una de las utopías que han surgido últimamente y que me gusta es la de la Renta Básica Universal (la escribo así, con mayúsculas, porque creo que lo merece más que, por ejemplo, la frústrante e inane Organización de Naciones Unidas). Entiendo por tal dinero gratis para todo el mundo (una idea que, por cierto, ya estaba en la Utopía de Tomas Moro), una suerte de vía capitalista al comunismo y no restringida a países ricos o a franjas de edad, sino auténticamente universal. Creo que es factible y mucho menos onerosa que los gastos que devienen de la pobreza, mucho menos paternalista que los hogares sociales o las limosnas, y mucho menos contraindicada que los supuestos temores de holganza o dependencias. Estoy dispuesto a discutirlo, aunque, vistos los escasos comentarios en acusado descenso que voy teniendo, no creo que se produzca ningún debate aquí.
Al igual que la despenalización de las drogas desde la absoluta evidencia de que es su prohibición la que genera la inmensa mayoría de los problemas de salud y delincuencia, este sueño no puede implantarse de buenas a primeras sin una cuidadosa planificación, estudios previos y ensayos locales con retroalimentación para corregir defectos, pues lo contrario sería probablemente desastroso. Hay que comenzar las utopias sin bolchevismos, con dimensiones modestas y cambiando el mundo lentamente (aunque luego los cambios nunca son tan lentos; digamos que apostamos por la evolución, no por la revolución). Ya se hizo hace unos años un experimento de esta naturaleza con 13 vagabundos en Londres a los que un equipo de investigadores les suministró 3.000 libras sin preguntas. Fue un éxito, rentable económicamente (sí, rentable comparado con los gastos de los servicios sociales ahorrados), que los pobres, contradiciendo la idea de que no saben administrase o que derrochan, superaron. Pero es muy difícil cambiar repentinamente la manera de abordar problemas (aparte de los intereses creados por abordarlos de la forma convencional), que exigen modos de hablar y de pensar diferentes. Y es que la pobreza sale muy cara si echamos bien las cuentas.





