miércoles, 14 de junio de 2023

El gran ladrón

 

Sin eufemismos: soy un anciano, un anciano con perro. No un viejo, viejo puede ser un libro, o vieja una consola o una receta. Soy un anciano y ni yo, el interesado, sabe del todo cómo ha pasado. Dios mío, cómo ha podido sucederme esto, a mí. Bueno, sufrirlo en primera persona no te da demasiadas ventajas, pero tengo una teoría. Veréis, la vida es una estafa muy bien urdida, sin escapatoria. En realidad, es un robo. Aliada con el tiempo, esa cosa que Einstein decía que lo mismo iba para adelante o para atrás y que no era lo mismo aquí que allá ni deprisa o despacio. Pero el tiempo no está tan aliado con el espacio como con la vida de todos y cada uno de nosotros. Y es un puto robo. Ni el peor salteador de caminos, ni el bandido más artero a la espera de la consabida diligencia, ni el navajero tras la esquina. A esos especializados trabajadores sólo les interesa tu dinero, si son verdaderos profesionales. Y si eres sensato y dócil y se lo entregas sin lucha y sin hacerte del héroe, te perdonaran lo demás, que es lo que de verdad importa: la vida, la memoria, el corazón, el pito. Pero esos otros desalmados —la vida y su aliado el tiempo, a cual peor— viene de puntillas y se lo lleva todo: la memoria (cómo se llamaba aquella tía que…), el corazón, el oído (cómo dices…) y el colgajo de ahí abajo. Sin seleccionar nada, ni reloj ni cartera ni anillo, agarra lo primero que ve. Y encima se cachondea de ti. Vuelve pellejos tus pechos, las nalgas macilentas, te arquea la espalda (y duele), te cae el pelo, pero a cambio te hace salir pelos en las orejas y en la nariz y te esparce verrugas y manchas por manos y cara, te hace balbucear sandeces o enmudecer chocho y senil después de vaciarte los bolsillos de palabras. Hijo de puta: Llámalo tiempo, vida, vejez, da lo mismo, son la misma banda. Idéntica escoria. Mostrándose educado al principio, robando dentro de unos límites, deslizándose como un carterista, sin que te des cuenta, arramblando con cositas, un botón, un calcetín, un pinchazo leve arriba a la izquierda, otro en la rodilla, dos dioptrías… cómo se llamaba aquella, sí, hombre, la que…

sábado, 4 de marzo de 2023

Autodefe

 

 Soy bajito para mi edad. Es decir, si hubiera seguido creciendo como venía haciendo hasta los 20 años ahora mediría unos seis metros; una auténtica monstruosidad. A cambio, me he vuelto viejo lo que me ha convertido en invisible para los jóvenes, una ventaja y una ignominia, según se mire. Por otra parte, también me margina el que no sólo no soy un nativo digital (creo que son antropófagos), sino que no vivo dentro del móvil, aunque tengo uno. Incluso me creo más listo que mi smartphone con todas sus gigas. Básicamente voy a contracorriente porque no participo ni de la tradición de la incultura ni de este moderno orgullo de la ignorancia; de hecho, a mí siempre me dio vergüenza y procuré corregirla. También me siento incapaz de creer en Dios, así que tampoco voy a creer en las demás gilipolleces. Le doy la vuelta a las cosas, un vicio mío, y por eso pienso que el elemento fundamental de las murallas son sus puertas y que lo que permitió construir rascacielos fue el invento del ascensor. Opino, como algunos, que vivimos en un mundo tan aterrador como amigable (si te toca nacer en un buen sitio) y que es natural que los estancos tengan predilección por las esquinas, aunque yo lo he dejado. Siento la decrepitud propia, la ajena me da igual, y hasta olvido la trama de muchos libros, incluso antes de leerlos. Tengo propensión a recoger flores en los campos de batalla, lo que es casi lo mismo que leer poesía. Sé que el cielo no existe, pero al mirar hacia arriba, algunos días, pienso que lo que veo es lo que más se le parece. Hay un tipo de supuesta sabiduría que no me gusta; la practican banqueros, hombres de negocios y generales de brigada y obispos; es la que dice que sólo el insensato aprende de sus propios errores porque hay que aprender de los errores de los demás (Bismarck). Y no es que yo no sea patriota, es que toda forma de sumisión a una comunidad abstracta merece mi desprecio, pero las láminas de banderas de las antiguas enciclopedias me gustaban mucho. Si tuviera que elegir mi forma favorita de volverme loco —y no otra cosa es la vida— elegiría la de poeta, pero con dinero, no me gusta pasar penalidades. El futuro caduca, pero el destino nos alcanza siempre. Opino lo contrario que el gran místico William Blake que decía que donde el hombre está ausente, la naturaleza es estéril. Qué va, al revés. Lo que pasa es que no entendemos lo endemoniado de este tinglado; por ejemplo, el sexo es efímero, pero sus consecuencias son duraderas. O bien, la vida es corta, pero algunos minutos son muy largos. Y también me alivia saber lo que decía Celestina ahora que mis cumpleaños son una tremenda putada: que “no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más, ni nadie tan joven que no pueda morir mañana” (como la tortuga y Aquiles de la paradoja de Zenón). Que no hay que confundir la justicia con la moral por lo que estar enamorado de alguien no te da ningún derecho sobre ese alguien, y eso es fuente de malentendidos y grandes desdichas para todos los implicados. Que la ciencia no es inapelable porque, al revés que las religiones, no busca la verdad como revelación (aunque a veces pasa), sino como posibilidad. Que tampoco hay que confundir la ignorancia con la inocencia. Y que me gusta ser un gato, pero prefiero a los perros. Y por mucho que lo ignoren las porteras, el pájaro enjaulado no canta de alegría sino de indignación. Como todo o casi todo en la vida, como esquiar, nadar o montar en bici, definitivamente para gozar de una vejez libre hay que empezar a rebelarse  siendo aún joven (Nuria Labarri). Y recordemos que todos los laberintos tienen esa salida, todas las murallas su puerta y todos los enigmas tienen una solución, que es más ramplona que el propio problema.

lunes, 27 de febrero de 2023

Elogio de lo imperfecto

 

Algunas utopías llevan en su enunciado su propia inviabilidad. Como por ejemplo el pacifismo aplicado a una clara situación de agresión; o como el ecologismo expresado como deseo de disfrutar de paraísos naturales a la puerta de casa, pero sin renunciar a los altos niveles de producción, consumo y despilfarro de nuestra sociedad. Por tanto, la democracia —y sí alguno no quiere incluirla entre las utopías es porque no quiere reconocer lo utópico de una democracia plena y perfecta—, la democracia, digo, es la única utopía, o su única versión, que tiene en cuenta los múltiples defectos de la naturaleza humana, desde la codicia a la ambición, desde la propensión al engaño a la agresividad. Por eso las democracias, sean del nivel que sean, tienen policías y recaudadores de impuestos, tribunales de justicia y cárceles. Todo esto hace a la democracia tan poco atractiva para muchos pensadores de los que propenden a ponerse estupendos, a inventar universos sin escribir novelas de Ciencia Ficción. Solicitan que vuelva a imperar la religión como en siglos pasados más piadosos. O la autoridad y el militarismo. Lo mismo que los pacifistas, pero al revés, para que se toquen bien los extremos. Sobre todo, quieren opiniones homogéneas, unánimes; o lo que es lo mismo, censura, aunque ya no se llame así, sino cultura de la cancelación, corrección política o pensamiento dominante. Si a eso añadimos el regreso a la naturaleza sin volver a las cavernas ya tenemos la dirección del propósito: el regreso al pasado, la esencia del reaccionarismo. Por eso todos los antidemócratas, desde Stalin a Franco son reaccionarios.

El cinismo, sin embargo, de muchos demócratas, es demoledor. James Madison, uno de los cuatro padres de la patria de Estados Unidos, enunció la ley de Hierro de la oligarquía: “[…] unos pocos lo dirigen todo, sin que importe de qué institución o qué país se trate”. De todas formas, con todas sus imperfecciones y hasta hipocresías, incluso con sus pecados, como el de querer imponerla por la fuerza invadiendo países (al menos como pretexto, sino como motivo real), la democracia cuenta con una virtud insuperable: estar libre del mito de la perfectibilidad humana. Así que lo mejor de la democracia es precisamente defender nuestras idiosincrasias particulares contra los paraísos terrenales de índole colectivista. O sea, contra las demás utopías, incluida la patria, quizás la peor de todas junto a la de dios.

El poeta Charles Simic tiene una imagen bellísima de una escena neoyorquina. una gaviota se pasea por delante de una funeraria y saluda con la cabeza, como si hubiera reconocido a alguien dentro. Parece satisfecha consigo misma, feliz de ser lo que es y no algo distinto. Por eso para mí siempre serán infinitamente más importantes los poetas que los profetas. y por eso siempre seré un rebelde antes que un revolucionario.

jueves, 16 de febrero de 2023

Lo que me enseñó una abuela que nunca tuve

 

A ver. Una anciana sabia y políglota que no va a llegar a vivir el final de la guerra, escucha por la radio desde una remota aldea de serbia a Mussolini, a Hitler, a Stalin y demás lunáticos. Y más que las horribles palabras, que las insensateces proferidas del modo más ufano, lo que más la enervaba (a ella igual que a mí si hubiera estado en su caso, quiero creer) era el rugido de los adeptos que los vitoreaban. Esta anciana, una verdadera bruja buena, me transmitía la mejor enseñanza para relacionarme con el resto de seres humanos; una enseñanza mucho más matizada que la del infierno son los otros del filósofo francés. Me decía que me guardara de ésos a los que llaman grandes líderes, pero más aún de la euforia colectiva que suscitan. O de su enojo, indignación, como la de esas horrendas masas linchadoras (porque no los dejan…) que se agolpan a las puertas de los juzgados y juzgan antes de que el reo lo sea, juzgado. Con la radio puesta, mientras planchaba, mientras uno de esos héroes arengaba a las masas (nada que ver con un grupo de personas) me enseñó, a través de sus artes mágicas y a través del espacio y del tiempo la palabra monstruo. Y ahora tengo una aquí mismo, en mi misma ciudad, animal humano femenino, que gustaba de definirse la pintora Leonora Carrington, aunque esta tiene menos de humano.

domingo, 29 de enero de 2023

Ni aldea ni corte, sino todo lo contrario

 

Alabanza de aldea y menosprecio de corte (Antonio de Guevara) ¿o al revés? Le tengo pánico a las generalizaciones, sobre todo si van acompañadas de buenas intenciones; me recuerdan a los macroeconomistas (¡Vade Retro, Satanás!) ¿Siempre es preferible hacer sufrir que sufrir, ser verdugo que víctima, acosador que acosado, violador que violado? ¿O a lo mejor es al revés? ¿Es preferible ser explotador que explotado, urbano que rural, cívico que rústico? El problema es que hay explotados explotadores (como el pueblo más xenófobo de España que antes era uno de los más pobres: El Ejido, Almería), etcétera. 

La naturaleza bucólica como el paraíso para tontos, el ecologismo como la revolución de marca blanca. Lo cierto es que si vivir en el campo fuera tan estupendo las ciudades no estarían abarrotadas, pero las ciudades están llenas, los pueblos cada vez más vacíos y vaciados y los más ricos de los urbanos, eso sí, se compran fincas en el campo, pero no viven en ellas.

El poeta serbio yanqui Charles (antes Dusan) Simic lo resume perfectamente; hay tres formas de pensar el mundo: como los griegos de la Antigüedad; es decir, en el Cosmos, y siguiendo su entrópico deterioro lo que ahora hacen también los terraplanista o los obsesionados con los extraterrestres y algunos más; se puede pensar en la Historia, como hicieron originalmente los hebreos y ahora algunos columnistas y afines a la geopolítica; finalmente, desde el siglo XVIII y el Romanticismo, se puede pensar en la Naturaleza. La elección es personal, por afinidades y formación: Cosmos, Historia y Naturaleza, todas con mayestáticas mayúsculas, todas para buscar el sentido de la vida. Y se puede incluir a Dios en el menú. La infinitud, las noches estrelladas (siempre que no haya contaminación lumínica ni de la otra), el silencio, el escalofrío de sentirse minúsculo, Pascal y sus oportunistas aforismos (abstenerse del pedestre Ortega y Gasset, que va en la opción Historia), y todo eso obviando que uno es hijo de su momento histórico por muy trascendente que se ponga.

Pero claro, si uno enciende el televisor y la pantalla se le llena de escombros urbanos y carros de combate la opción cósmica no te vale y pasa a la histórica, que visto lo visto casi siempre es un desastre. Goya lo sabía bien y por eso dibujaba ajusticiados colgando de los árboles. La Historia es la guerra, y la guerra, una vez surfeamos los análisis geopolíticos es el relato de imbéciles matándose entre sí.

Finalmente tenemos eso que los románticos y postrománticos y los aficionados a las excursiones cortas de fin de semana llaman Naturaleza (siempre en mayúsculas), siempre mejor en cualquier caso que esa redundancia que llaman medio ambiente (medio y ambiente son sinónimos, uno lo prefieren los ecólogos y el otro los genetistas). Ah tenemos a Rousseau, a Gauguin, a Fourier, a Emerson, a Thoreau, y a Félix Rodríguez de la Fuente. Lo bueno que tiene esta óptica es que te ahorra buscar a Dios, porque el panteísmo viene de serie: es la propia divinizada naturaleza, aunque la naturaleza sea también los terremotos, los mosquitos y hasta los virus. Lo malo que tiene esa visión es su maniqueísmo tan utópico: maquinas contra jardines, industria contra artesanía, dios en pleno campo (perdón, en la Naturaleza, Él mismo Naturaleza), y el diablo en la ciudad.

La verdad es que así como cada vez que oigo a los antitaurinos me entran ganas de sacarme un abono a las Ventas, cada vez que paseo con mi perra por el campo o por la ciudad me doy cuenta de lo bello que es el mundo y me entran ganas de ser poeta, pero se me pasa. En resumen: vete a cagar al campo, pero no tires colillas.

 

 

 

 

domingo, 22 de enero de 2023

De una vez por todas. La verdad definitiva sobre España

Os voy a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad ¿Qué es España?, ¿donde nació Lola Flores y se canta Paquito Chocolatero? ¿De dónde no es Puigdemont, pero sí Serrat? ¿España es un país de países, incluso de naciones? ¿O es una y grande y tal y cual? Si se tiene la santa paciencia de seguir ese pesado teatrillo de la política española, algunos pensarán que España se rompe. No sola, claro, sino que la rompen los malvados de turno. Pero según otros España no sólo aún no se ha roto, pese a los malvados que quieren romperla, sino que otros malvados (los hay para todos los gustos, o disgustos) lo que pretenden es hacerla retroceder en el tiempo para unificarla mejor, homogeneizarla como un puré o una mayonesa bien cuajada; aplanar su excesiva diversidad, por decir así.

La naturaleza herética de la verdad de unos y otros sobre España se debe a que toman una parte de la verdad como si fuera toda la verdad.

En realidad, pienso yo, España es pura papiroflexia, chungo origami; se pliega por una esquina, se dobla en diagonal, se estira una puntita, se extiende de nuevo, para ver si sale al final un pato o un cisne, o quizás un churro.

¿Queréis saber mi opinión? ¿Si España se va a romper o se va a aplanar a un yermo y supuesto pasado homogéneo? Pues yo lo que creo es que España no está terminada y tal vez nunca lo esté. Por suerte. Como tantas otras cosas reales o inventadas.


sábado, 12 de noviembre de 2022

No se me agobien

 

La mayoría de los políticos no tienen imaginación; mejor dicho, tienen la imaginación de un niño que intenta ocultar el desastre provocado en una habitación prohibida por sus trastadas. Rompen algo y lo ocultan bajo la alfombra; o le echan la culpa a su primo. Pero no tienen imaginación para pensar lo que harían a largo plazo, cuando fueran mayores y crecieran. No crecen, les va bien así.

La verdadera política ficción sería que un político dijera “vaya problema, la verdad es que no sé que hacer, a ver si lo podemos resolver entre todos” Pero es más fácil y hasta más útil decir que la culpa es de tu primo, el vecino de al lado. Y siempre pensando que hay que salir adelante con un coste mínimo, esto es, dentro siempre del capitalismo, nunca jamás cambiando nuestra forma de vida, eso sería un suicidio político, por el contrario. ¿Se le puede pedir a un círculo que se ponga esquinas? Pues tampoco al capital que se modere. La acumulación, el crecimiento sin fin es su esencia. Por supuesto eso es incompatible con un mundo finito, el único que tenemos. A la inversa que en las demás religiones, la del capitalismo no concibe a los ateos, no hay imaginación para eso, no hace falta convertirlos, no existen. El sistema es eterno. Las soluciones a los problemas, indudables, que crea el capitalismo se buscan dentro del propio capitalismo, no hay nada exterior a él.

La segunda creencia, tras su inevitabilidad, del capitalismo es la innovación. Los problemas generados por la tecnología, por ejemplo, supremo, se solucionan con más técnica, no con menos. Los principales brujos, como en todo, no son sin embargo los ingenieros, sino los economistas, los que le ponen esquinas al círculo (vicioso). Gracias a la innovación se pueden solucionar todos los problemas del capitalismo. Y hay una premisa tácita, ¿qué otro sistema nos podría dar todo esto? Por ejemplo, el CO2 existe, no hay que negarlo (ni tampoco venir ahora con el cuento de que es esencial para la vida, que sin él no habría ni fotosíntesis ni temperaturas adecuadas en el planeta ni tres estados convenientes del agua ni…), así que el CO2 es un incordio, incluso se puede culpabilizar a esta molécula hasta hace poco benéfica. Calma, encontraremos soluciones, sumideros de carbono, la tecnología nos descarbonizará. Y si la Tierra queda destruida para nuestros fines, nos queda la NASA, es decir, otros planetas para empezar de nuevo. Qué bonitos los viajes espaciales, hale todo el mundo de excursión; pueden llevarse a sus mascotas. Ya está en ello Jeff Bezos y Elon Musk, el capitalismo espacial, la nueva frontera, el nuevo destino manifiesto. El capitalismo siempre consigue arreglar problemas menores, desregulando aún más los mercados.

Además, mientras solo pensamos en el cárbono, mientras apuntamos al CO2, no pensamos en nada más, no hablamos de los residuos, del agotamiento de las capas freáticas, de la destrucción de la biodiversidad, del incremento de la desigualdad. Venga ya, hombre, los problemas siempre terminan siendo oportunidades.

domingo, 30 de octubre de 2022

El dilema entre la sandía y el tomate

 

La primera malversación del neoliberalismo, esta última fase del capitalismo, es la de erigir a la economía (“su” economía) como una ciencia sin réplica posible, con leyes tan ineluctables como la de la misma gravedad. La economía (“su” economía) se presenta así equiparable a la propia Naturaleza y por encima de la misma política. Es imposible contradecirla. Por supuesto que siempre ha habido economistas honestos, científicos, que no han acatado ese designio, pero siempre situados en sus márgenes; herejes, empezando por Maynard Keynes, que proclamó que el sacrosanto Mercado debía ser regulado por el Estado y que la economía debía ser amarrada por la política (1). Pero lo cierto es que la economía oficial siempre ha sido una ideología más que una teoría, no digamos un hecho incontrovertible, de modo que basta la aceleración de la gravedad para sentirse más ligero. Una tautología.

En realidad, el principal contradictor de esa economía es la propia naturaleza. Su devastación en todos los ámbitos lo demuestra. La naturaleza es tratada como infinita en un mundo finito y el paradigma del crecimiento ilimitado lo demuestra. Las olas de calor, las inundaciones, los incendios devastadores, las sequías, las hambrunas, las pandemias, la extinción de especies son evidencias de su fracaso. Pero, ay, han conseguido hacer de la necesidad virtud; es decir, convertir esos desastres en nuevas oportunidades de negocio, de ahí el auge del medio ambiente, desde los ministerios ad hoc hasta las empresas de descontaminación. Y como siempre dando más relevancia a los epítetos frente a los sustantivos, como ecológico, ambiental o sostenible. Porque el idioma es la primera arma de todo agresor. Véase si no la idiotez esa del ‘Antropoceno’ que implica que la alteración del clima es obra del ser humano, así, sin matices, y no del capitalismo. Buena jugada. No hay pues problema que la prensa escrita más prestigiosa, como Le Monde o El País, apoyen las medidas económicas de sus gobiernos y a la vez editorialicen sobre las crisis ambientales que nos amenazan. Nos dicen que pronto será ya muy tarde y a la vez que no pasa nada. ¿Hipocresía de contar a medias? No, mucho más que eso.

La economía dominante tiene hacia este problema, que es “el problema”, la dirección que marcaba Lampedusa en El Gatopardo: que algo cambie para que nada cambie. Las reservas naturales y equivalentes son simples objetos bonitos, parques temáticos de lo que antes había; la preservación de especies, formas de caridad ecologista, etc. Nadie afirma dos cosas ineludibles: que el capitalismo es el problema, el agente causante, y que debemos cambiar nuestra forma de vida, lo que implica eliminar ese capitalismo. Las soluciones que se plantean desde el capitalismo son simples inconsecuencias. Más kilómetros de carril bici, más autos eléctricos, mejor clasificación de los residuos, compensaciones del carbono emitido, plantar arbolitos, un poquito de austeridad. Una vez más el dilema del ecologismo de ser una sandía, verde por fuera, o un tomate: verde primero y rojo (anticapitalista) cuando madura.

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(1) como señala una lectora privadamente, eso ya lo señaló previamente el propio fundador de la economía liberal, el otro Smith, Adam, santo patrón invocado y no leído de los neoliberales

sábado, 22 de octubre de 2022

Otoño en todos los sentidos

 

Creo que las dos mejores novelas españolas con diferencia de la segunda mitad del siglo pasado son Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y Tiempo de Silencio, de Martín Santos. No son novelas ideológicas, aunque sí realistas, pero son moralistas, como toda buena novela. Los celebrados Benet, Marías y demás se perdieron por el camino del estilo y hasta de la estructura y siguiendo los dictados de la literatura la traicionaron y no supieron contar y explicar la vida. El caso extremo, en mi opinión, claro, es el de la metaliteratura de Bolaños o Vila-Matas que se alimenta de otra literatura (todas lo hacen, pero espero que se sepa lo que quiero decir) y no de la vida. Para mí las buenas novelas son otra forma de conocimiento, a menudo más fiables que la prensa escrita, no digamos la audiovisual.

Pero es por fin otoño, mi estación favorita, primero porque que me parece más sutil y bella que la excesiva primavera. El ojo humano tiene una disposición celular que le permite distinguir sobre todo las longitudes de onda de la gama de los verdes, pero a mí me sobresaltan más los ocres, amarillos y rojizos de las longitudes más largas. Además, el otoño anticipa el invierno, que siempre es un alivio en este planeta recalentado. Buen tiempo para leer, para dormir y para pasear y escuchar música, también para buscar y degustar setas, de momento muy escasas.

Yo creo que mi defecto principal es la pereza, la falta de ambición y de un proyecto definido de vida. Eso, entre otras cosas, me evitó subirme al carro socialdemócrata en la Transición, aparte de mis reticencias a sus pragmatismos. Tengo disculpas claro, como cierta enfermedad crónica desde mi adolescencia que afecta a mis sobresaltados estados de ánimo.  Mis discretos talentos quizás hubieran bastado, pero no mi voluntad y me equilibrio emocional.

Pasó el COVID y las previsiones de que ese doloroso tránsito nos hiciera mejores a nivel individual y colectivo no se han cumplido ni de lejos. Los grandes retos siguen ahí, sin llevar camino de resolverse, como el calentamiento global o la brecha de desigualdad entre ricos y pobres. En realidad, el dilema ahí: destruir el capitalismo o que el capitalismo nos destruya, y es más fácil, incluso de imaginar, acompañar al capitalismo en su inevitable caída. El modo de fastidiar y hasta masacrar a los más por los menos adopta diversas formas: la económica, la ecológica, la pandémica y la bélica, todas interrelacionadas, en el fondo una.

Algunos ven en este gigantesco obstáculo tan casi imposible de saltar vallitas simples que sortearemos aupados en la santa tecnología. Pero el COVID no fue más que el anticipo de futuras pandemias, la desigualdad no es un efecto indeseado sino una condición del sistema y la crisis climática lo mismo. El capitalismo ha entrado en una fase en la que está destruyendo a la humanidad y al planeta como soporte de esa humanidad. La humanidad, por tanto, como supuesto objeto unitario, tendrá que elegir entre perseverar dentro del capitalismo y hundirse con él o destruirlo. Por otra parte, los capitalistas jamás reconocerán esa responsabilidad homicida (Todavía recuerdo, a comienzos de los setenta, en mi etapa más combativa, como se me acusaba de pretender retrotraernos a las cavernas), por tanto, no renunciarán voluntariamente al juego que les enriquece a costa de todos y hasta de su propio futuro, que es el de todos también. Pero lo más triste es que, como señala Frédéric London, no hay la vista ninguna fórmula de derrocamiento. Ni siquiera de simple moderación, como se evidencia, sin ir más lejos, en la falta de acuerdos sensatos en cada cumbre del clima. El capitalismo además se oculta tras la etiqueta de democracia y ya está. Y las revoluciones, tan parcas en resultados y tan espantosas en victimas colaterales, ya no se llevan. Sólo nos quedan los valerosos lloricas tipo Greta Thunberg.

Luego está el problema de qué hacer después, aunque sea esto anticiparse demasiado: salir del capitalismo, pero ¿para entrar dónde?

sábado, 15 de octubre de 2022

Escribir desde el honrado término medio

 

Cada vez soporto peor la literatura sobre literatura, alguna de autores muy celebrados, como Vila-Mata. Se dice que los críticos son una suerte de parásitos de los escritores, frustrados por así decir. Los creadores serían algo así como idiotas, genios idiotas como los listos tontos calculadores de feria, que no saben lo que es la literatura, eso sí que lo saben bien los críticos armados de teorías y lecturas abundantes, pero que no tienen el ‘don’ de la creación. A mí me gustan las novelas que me entretienen porque me exigen —no me faltan al respeto—, que apelan a mi inteligencia, pero a la vez me descubren alguna cosa que de otro modo no vería en mí. Me gusta la literatura sobre la vida, lo que me atañe.

Y algunos amigos que celebran mis modestos logros anteriores, que me suponen además una gran facilidad, un ‘don’ para escribir, me preguntan de vez en cuando por qué no saco un nuevo libro después de décadas. Les digo que me da pereza, lo que es verdad, y que ya no me ilusiona ver mi nombre en una portada (la emoción de eso las primeras veces), que además ya no conozco a ningún editor, porque se han retirado, les he perdido la pistas o se han muerto, como Javier Pradera en Alianza que me publicó prácticamente mi primer librito en la prestigiosa colección del Libro de Bolsillo, empotrándome entre Thomas de Quicey y Pessoa, nada menos. No sabes lo que eso supone, tío, me dijo uno de mis primeros y más entusiastas lectores, el librero anticuario de mis amores que me hizo una reseña para la revista Insula.

Ya no escribo tampoco para medios de prestigio, también desaparecidos, como Triunfo o Cuadernos para el Dialogo o Le Monde Diplomatique, o desaparecido yo para ellos, como El País y la santa biblia Babelia, donde publique decenas de hoy ansiadas Tribunas Libres en las páginas de Opinión, de respeto.

Hay algo de proceso biológico, de decrepitud irremisible, de pérdida de una brillantez fácil, de ver tu propia obra sin deformaciones piadosas. Pero la verdad es que sí escribo, casi todos los días, y publico en este blog modesto, cuando los blogs han pasado a ser dinosaurios de un Internet aceleradamente cambiado. Y al final he dado con la mejor razón para no intentar nada, de ‘preferir no hacerlo’, del gran Machado: “Entre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal, hay un honrado término medio, que es no hacerlas”. (El subrayado es mío).

sábado, 17 de septiembre de 2022

Hay que matar el capitalismo

 Para Casti y sus compañeros de Attac

La desaparición del comunismo autoritario y centralizado, el único que realmente existió, ha tenido un quizás inesperado efecto negativo, el de hacernos pensar que la única alternativa es el capitalismo actual, ese neoliberalismo rapaz con el planeta y con la mayoría de los seres humanos. El capitalismo, al que a veces se le denomina democracia parlamentaria, está destruyendo a la humanidad, así de claro. Probablemente no destruya al conjunto de la biosfera y sus esferas asociadas en la metáfora Gaya, la atmosfera, la hidrosfera y la litosfera, pero si a su capacidad para sustentar en el ya inmediato futuro a las sociedades humanas. Vamos a morir de éxito. Lo hace por partida doble, primero, devastando incontables vidas a manos de los codiciosos locos que son el sacrosanto mercado y el empleo. En segundo lugar, convierte al planeta en un lugar inhabitable, sobrecalentado, contaminado y sometido a crecientes y devastadores fenómenos meteorológicos extremos, sequías, inundaciones, tsunamis, huracanes y pandemias.

Pero no se suelen extraer las consecuencias inapelables de esta realidad, no asumimos esta. Ese 1% de la población que controla la inmensa mayoría de la riqueza mundial jamás admitirá su responsabilidad homicida, esa explosiva mezcla de codicia e ignorancia (o falta de previsión, ignorancia del principio de cautela), porque eso implicaría renunciar a sus infinitos privilegios. Por lo demás, tras cuarenta años de neoliberalismo rapaz, el espacio socialdemócrata se ha ido diluyendo, descafeinando, fragmentándose en múltiples caminitos y ya no es una contención en su insignificancia.

¿Hay alternativas? Yo sólo veo dos: el agravamiento o el derrocamiento. Decía nuestro ecólogo más distinguido, Ramón Margalef, que no veía el fin de nuestro modo de vida como una explosión catastrófica (guerras nucleares al margen), sino como un desinflarse paulatino. Yo creo lo mismo. Por tanto,  la única transición posible y capaz de salvar a la humanidad (el planeta se salvara solito, mejor aún si dejan de existir los humanos), que no somos un parásito del planeta (eso requiere especializaciones extremas que no poseemos), sino una plaga, como lo pueden ser los dignos elefantes para la vegetación en un área confinada, la única, digo, transición es hacia fuera, hacia algo radicalmente distinto del capitalismo.

¿Es esto una utopía, una más inalcanzable? ¿Una propuesta de huida de unos pocos iluminados, como esos que quieren escapar en naves espaciales?, ¿una microsociedad autárquica? ¿Otro falansterio redivivo?

No voy por ahí. Yo veo la salida del capitalismo como una necesidad tan posible como urgente. Pero hay que organizarla fase por fase, como hacen algunos grupos estudiosos como Attac, o predecesores como el invocado y a la vez omitido Club de Roma. Con ideas y propuestas concretas para organizar una nueva sociedad con una nueva economía a gran escala, nada de microexperimentos confinados. Que no estén basados en la explotación (ni del hombre ni de los ecosistemas), ni en el trabajo asalariado (una nueva forma de esclavitud) ni en la rentabilidad (para unos pocos).

Os dirán que la única alternativa a este infierno realmente existente del capitalismo es el gulag, la cartilla de racionamiento, el mundo gris. Nos asustan con eso, como a los niños con el Coco antes de irse a la cama, les creímos. Yo no creo en el Coco, pero sí en el capitalismo, y sé que nos está destruyendo. Por tanto, hay que destruirlo a Él.

lunes, 29 de agosto de 2022

Infancia (parte dos)

 

A los cinco años yo era un niño escuchimizado incluso para los exiguos parámetros de la segunda década de posguerra. Me llevaron al médico, entre otras cosas porque no manifestaba ningún interés por la comida, por ninguna comida; no era caprichoso, era absolutamente inapetente. Recuerdo (o me han dicho, ya se sabe lo que pasa con los recuerdos infantiles) que en una ocasión me comí con gran placer un bollo en una pastelería. Mi padrastro compró inmediatamente todos los que había y me permitió comérmelos uno tras otro. A partir de ahí también aborrecí esa excepción. El médico después de varias pruebas detectó una anomalía en mi corazón: tenía cierta hipertrofia del músculo cardiaco que se veía constreñido por mi pequeña caja torácica. Vitaminas, calcio 20, reconstituyentes, control de las actividades físicas (exención de la gimnasia en el colegio, lo que no me impedía trepar a los árboles o jugar al fútbol, puesto que para controlar a un niño solo se puede hacer colocándole esos radiotransmisores aún por entonces no inventados que se utilizan con animales en peligro de extinción…como yo) y lo mejor de todo: largas estancias en entornos sanos y aireados: ¡el campo!

A partir de entonces yo permanecía seis meses en Madrid y seis en un pueblecito de la cuenca del Alberche en Ávila. Me crie en esos años decisivos hasta los catorce como un extraño y mágico híbrido entre un urbanita que les explicaba a mis colegas pueblerinos lo que era un tranvía, y un rústico que les ponderaba a mis amigos de Madrid la mejor forma de buscar nidos y atrapar lagartos. Me adapté a ambos entornos tan eficazmente que era una suerte de líder en los dos. Estaba tan adaptado a los usos y costumbres del pueblo, con escasa supervisión maternal y un padre ausente por partida doble, que yo solía ser el primero en proponer ir a tirar piedras a los niños veraneantes, porque no podía imaginar que yo también lo fuera en cierta medida. Desarrollé la capacidad torácica necesaria para mi gran corazón y cierta brutalidad probablemente también necesaria, cierta impasibilidad ante contratiempos como raspones, heridas sangrantes, picaduras de escorpiones (una vez, las demás era yo el que les picaba a ellos aplastándolos) y demás incidentes. Se cuenta, porque yo no lo recuerdo, que cuando aún no sabía nadar me caí en una profunda poza en el río. Un maderero que andaba por allí me sacó rápidamente y lo primero que dije aún chorreando fue “¿y mí gorra?”.

El pueblo se situaba en una hondonada en los aledaños del Macizo Occidental de Gredos rodeado de laderas cubiertas de pinos piñoneros, el terreno de mis andanzas. En un alarde de imaginación el pueblo de llamaba y se llama Hoyo de Pinares. Este año ha ardido por completo. No creo que quiera ver el resultado, como no quise ver la proliferación de horrendas urbanizaciones que siguieron a mi marcha definitiva.

domingo, 28 de agosto de 2022

Infancia

 

Cuando yo era niño en los pueblos solo había dos televisores, el de la casa del rico del pueblo, vetada al resto de los mortales, y el del Teleclub. El Teleclub era un democrático invento para que todos pudieran disfrutar de ese otro invento reciente, al menos en España, la tele. En el Teleclub del pueblo de Barajas donde vivían mis primos y donde mi tío Carlos trabajaba en el cercano aeropuerto (no confundir ambos) vi los primeros programas en blanco y negro. Había que llevarse la silla, no hacía falta estar callados y se veía lo que echaran en el único canal de televisión. Supongo que el jefazo milagrero de todo aquello sería el futuro presidente de la remota democracia, Adolfo Suárez.

En aquel pueblo al que no he vuelto, ni supongo que mis primos, nos bañábamos en enormes charcos de agua de lluvia que se acumulaban en desmontes periurbanos o en mitad de los caminos. Nadábamos, yo era el que mejor lo hacía, y procurábamos no pisar el cieno del fondo para no enturbiar el agua. A veces construíamos una improbable balsa que era el pretexto para naufragios buscados.

Yo era el más guapo de mis primos (ahora creo que es mi primo Carlos, el mediano) y el más mandón, puesto que era el mayor. Y como grupo éramos una tropilla entre salvaje y civilizada (leíamos tebeos).

Pero en realidad ese pueblo no era Barajas, sino que se llamaba Infancia. Infancia pobre pero no mísera y nada resentida. Otro día os cuento la otra mitad del cuento.



jueves, 25 de agosto de 2022

Verano

 


Se cumplen años, a más velocidad que en la infancia que en un solo verano se recorría toda una vida. Pero ahora he descubierto el epitafio de aquel cura piamontés: ahora me toca a mí, pero no me enfado si alguien quiere pasar primero. He pasado un mes largo y un largo mes de agosto con mi madre de 93 y ni perra de dos en la casa del pueblo al pie de Gredos. Es una escala de uno a mil, dos mil metros de altura al fondo a 20.000 metros de distancia en línea recta. En ese espacio, en ese tiempo he leído mucho y paseado poco por culpa del calor. Las otras lindes más próximas han sido el laurel macho del jardincillo del norte de la casa, que planté ignorante de su sexo, y el laurel hembra del gran patio delantero presumiblemente sembrado por un pájaro y que compite valeroso con la liana del jazmín y la sombra de las parras. En la casa no hay televisor, está en el pajar donde el calor y la inane programación me hacen desertar. El precio del gas, los incendios, la guerra allá arriba, siempre lo mismo, desventuras que solo aprovechan a los mismos, que solo aprovechan a los príncipes. Además del calor, atenuado por los anchos muros de la casa, los días de fiesta han sido un horror, por fortuna pasajero, que hacían huir el sosiego, la soledad y el bendito silencio, dale a un imbécil un altavoz y convertirá el paraíso en un infierno. Ruidosos dispépticos chavales, que no son ni de aquí ni de allí, periféricos comedores de la manzana equivocada. Así que me dirigía muy temprano a la Dehesa Calabazas junto al embalse, milagrosamente lleno, donde ya no vi las espátulas de febrero pero sí un flamenco aislado por la dispersión después de la cría, completamente blanco porque en estas aguas no hay artemias que le presten el rojo. Además tras las fiestas han desaparecido de las calles esas metástasis de chapa como llamaba Von Rezzori a los autos. También he leído los dos libros de evolución de Millás y Arsuaga, y como en la mente del principiante hay muchas más posibilidades que en la del experto, y como las preguntas son siempre más sugerente que las respuestas, me ha gustado más la parte del primero que la del segundo, con el que a veces ni estoy conforme. Sin necesidad de incendios el campo está calcinado, los veneros secos, desaparecidas hasta las pocas hierbas que delatan la humedad. Este otoño habrá menos uva y menos bellotas, menos vino y menos jamón. El nombre de este verano, que merece un bautismo como los huracanes y las grandes tormentas, es Bochorno. Ansío ya el otoño y echo de menos la ciudad, como un diabético la insulina.