martes, 20 de marzo de 2018

¡Dejen de darle más vueltas a Π! ¡No lo politicen todo, coño!




“Que nos importa a las mujeres el derecho al voto, pensé: deberíamos ir armadas”
Edna O’Brien: Mujeres felizmente casadas

Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano. Repetid conmigo: contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano. (Johann Christoph Friedrich Schiller). No lo politicemos todo, hasta las matemáticas y la teoría de números. Mucho mejor la simpleza de decidir no meternos en eso ni tampoco en lo otro. Mucho mejor es que los defraudadores ricos decidan el sistema de impuestos en cada país, anticipándose hábil y resignadamente a aquello de que el que hace la ley (y el reglamento) hace la trampa. Mejor dejar que los militares elaboren el presupuesto de defensa, pero los necesitados no sean consultados en los presupuestos de asistencia social, porque suelen ser insaciables, como los pensionistas. Mejor que los padres de los niños asesinados decidan sobre la cadena perpetua o, por qué no, sobre la pena de muerte. Y mejor ir a recabar votos entre esas repulsivas masas linchadoras que se congregan a las puertas de las comisarías y los juzgados, porque tienen la enorme ventaja de ser unánimes y nada indecisas, sino propensas al paredón (¿de dónde salen? porque esas furibundas malas bestias sí que son los verdaderos indignados y no los  tiernos perroflautas de las plazas de hace pocos años).

Hace más daño un tonto que un malvado, porque el malvado, si es listo, hace daño cuando le conviene o le apetece, pero el tonto cada vez que abre la boca o se apunta o intenta algo. Y desde ya os digo que es de tontos, que terminan siendo malvados, meterse en ciertos asuntos. No se debe permitir dividir la longitud del perímetro de una circunferencia, valga la redundancia para intentar ser precisos, por el diámetro de esa misma circunferencia, porque el número resultante, y da igual qué circunferencia elijamos, grande o pequeña es siempre algo mayor de tres, pero seguido de un número increíble de decimales que, con los modernos algoritmos, cálculos infinitesimales, hexágonos inscritos y circunscritos, etcétera, ya va por los diez millones y sigue, hasta el punto de que ha habido que darle un nombre pi. De pi ni siquiera sabemos si es un número normal en base diez, es decir, si contiene en su aparentemente inacabable desarrollo decimal cualquier sucesión finita de dígitos. De momento los estudios estadísticos del mismo en sus millones de cifras con ayuda de ordenadores sigue, nunca mejor dicho, sin dar abasto.

Análogamente, no se debe permitir abordar los problemas complejos bajo la sencillez de la política. Eso es tan feo como permitir dividir la circunferencia por su diámetro; es decir, buscando un método simple de relacionar las cosas, por ejemplo, la condición de género, de ser mujer, con la desigualdad lo que se consigue es politizar la política (o dividir la circunferencia por su diámetro). "No nos metamos en eso", como bien dice y hasta repite ante cualquier asunto espinoso si no se lo ha estudiado antes, nuestro campechano, parsimonioso e inefable aunque no infalible presidente Mariano Rajoy o, con otras palabras, el anterior dictador, Francisco Franco: "haga como yo y no se meta en política". Es la mejor manera de ser de derechas de toda la vida: proclamarse apolítico y negarse a politizar cualquier asunto, sobre todo si es de naturaleza política.

Pero me consta que hay adoradores de la sencilla complejidad, que lo de pi les entusiasma. Algunos hasta lo ven como una metáfora, o al menos una analogía, del poder secuencial, progresivamente ajustado, de los matices a la hora de abordar con sencillez lo complejo.

La navaja de Ockham —en realidad su nombre oficioso, porque el oficial es el Principio de Parsimonia: lex parsimoniae— dicta que en condiciones similares, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Eso nos lleva a otra navaja: ante un hecho de resultados nocivos en el que dudamos si está causado por la maldad o por la ignorancia, lo más probable es que sea debido a la ignorancia. En política, eso se confirma todos los días. En realidad no hay tal antagonismo si pensamos que en cierto modo, en gran medida, la ignorancia, inadvertida o decidida, es maldad. Antes que nada, debemos comprender que el mal (en cualquier aspecto/forma) es más que la ausencia del bien y que la ignorancia (deliberada o inadvertida) es más que solo un conocimiento incompleto (deliberado o inadvertido). Por lo tanto, todos somos malvados en la medida de nuestra ignorancia...

El principio de Hanlon es un  adagio que dice: «Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez». También se conoce como navaja de Hanlon.

Me parece obvio: se empieza prohibiendo el trabajo infantil en las minas y fábricas o dando el derecho al voto (u otros peores, como el de ser dueñas de sus vidas) a las mujeres y se acaba dividiendo lo que no hay que dividir. No nos metamos en eso, y teniendo entre las manos un número pi con el que francamente no sabemos ya que hacer, si poner más humanos en los confines del sistema solar o seguir sacando decimales. Definitivamente hay dos tipos de políticos independientemente de su adscripción ideológica de izquierdas, derechas, arriba, abajo o al centro: los que resuelven los problemas y los que los crean. No hay mayor estupidez que negar a la política la capacidad de resolver problemas ni mayor maldad que dedicarse a crearlos desde esa misma política.


lunes, 12 de marzo de 2018

Con un serrucho en la mano o sin mano y sin serrucho (Lecciones idiotas de Historia Natural)






Jamás verás un pájaro en la rama de un árbol con un serrucho en la mano. En primer lugar los pájaros no tienen manos, esos exclusivamente humanos cuartos segmentos de las extremidades delanteras o torácicas, pero se consideran manos también las que son parecidas y "homólogas", como las del resto de primates. Los pájaros tienen además los dedos delanteros transformados en el armazón para la emplumada superficie de sus alas, como el diseño de un ingenio volador de Da Vinci, y los de atrás los usan para dar ridículos saltitos por el suelo o para sujetarse en las ramas. Así que, en todo caso, y no hay caso, sus manos estarían en las patas traseras, no en las delanteras. Y tampoco los verás con un serrucho en sus inexistentes manos cuando están posados en su rama porque son prácticos y a su modo listos y no van a hacer esa tontería de dibujo animado para acabar en el suelo (aunque durante la caída podrían echarse a volar a la vez que sueltan el serrucho que por otra parte nunca habrían podido sujetar). 

Cortar la rama sobre la que uno está sentado sólo está al alcance de idiotas como los humanos, frutos excelsos de una evolución que nos ha provisto de pulgares oponibles que forman pinzas de precisión para manipulaciones delicadas, como las operaciones a corazón abierto, o toscas (e idiotas), como serrar la rama en la que se está sentado, y un cerebro con las suficientes conexiones y aspecto de rugosa nuez (circunvoluciones) capaz de diseñar a su vez un serrucho y hasta un microondas o un láser para laparoscopias a corazón abierto (en esto caso no hace falta abrirlo tanto como antes). Volviendo a la imposible mano o pata que no sujeta el serrucho, las aves suelen tener sólo cuatro dedos, tres hacia adelante y uno, por lo común más largo, hacia atrás. De niño yo tuve un alegre y simpático canario cantor con una malformación que le hacía tener todos los dedos hacia atrás; Garrucha se llamaba y daban ganas de regalarle unas muletas chicas, pero él era feliz con su minusvalía y hacía felices a mi madre y a mi abuela oyéndole cantar mientras cosían. Ese cuarto dedo opuesto a los otros tres les sirve naturalmente para agarrarse a las ramas formando una abrazadera. Pero lo verdaderamente fascinante es la conformación de sus tendones y músculos asociados, que permanecen relajados cuando se cierran en torno a la ramita y sólo ejercen esfuerzo o presión muscular cuando se abren, de modo que pueden quedarse dormidos agarrados a la rama por tiempo indefinido, sin esfuerzo, mientras que nuestro mucho más ilustre (a nuestros ojos) pulgar oponible, debe hacer el esfuerzo de cerrarse y desde luego si nos quedamos agarrados a una rama y nos relajamos, no digo ya si nos dormimos, nos caeremos al suelo sin necesidad de hacer esa tontería de serrar la rama en la que estamos, etcétera. 

Al final no sé si la naturaleza es tan sabía como proclaman algunos que no suelen saber mucho de ella. Lo cierto es que los pajaritos tienen alas pero no tienen serruchos y nosotros al revés, de modo y manera que unos y otros tenemos lo que tenemos y hay que conformarse, menos Leonardo que dejó malheridos a varios sirvientes en sus pruebas e intentos de vuelo. El dedo dirigido hacia atrás de los pajaritos, que sólo tienen otros tres, en total cuatro, y el pulgar de nuestros cinco dedos, es el mismo contándolos desde dentro hacia afuera en postura cuadrúpeda: el dedo uno o primero. Es lo que en anatomía comparada se llama una homología en contraposición a las analogías, como las aletas de los peces y las de las focas, o las alas de los insectos y las de las aves. En cambio los pterosaurios del jurásico, esos reptiles voladores que no eran evolutiva, filogenética o taxonómicamente dinosaurios, volaban gracias a sus largas membranas (nuevamente la naturaleza imitando al arte y plagiando al bueno de Da Vinci, pero cientos de millones de años antes que él sabio italiano), como los murciélagos, tendidas gracias a la enorme hipertrofia de su cuarto que no primer dedo, por lo que a pesar de todo estamos ante una homología en cuanto a la "mano", si la consideramos al completo, de las alas de aves y las manos humanas, pero una analogía si consideramos sólo y propiamente el dedo implicado. Así son las cosas, y si parecen complicadas se debe, de un lado, a la tendencia al barroquismo de la evolución, que no diseña nada a priori sino que reutiliza lo que tiene a mano como un mecánico o un inventor loco, convirtiendo, si lo precisa, una lata vacía de tomate en un carburador y la tapa del delco en nuestras capsulas suprarrenales, y de otro, a que yo no me sé explicar bien. Por eso el llamado ‘diseño inteligente’ fruto de mentes que no lo son mucho, sino más bien fanáticas, los creacionistas que niegan a la evolución, incurren en dos falsedades por el precio de una: negar la evolución y afirmar que en sustitución de ese sistema de prueba y error lo que hay es unos planos previos, unos diseños divinos, concebidos desde el principio de los tiempos. Al igual que los fanáticos religiosos han creado a Dios a su imagen y semejanza, y no a la inversa, han concebido el resultado de la evolución como si se tratase de fabricar serruchos o microondas. Tan poco elegante como serrar la rama en que uno está sentado, que también puede ser una metáfora muy visual de algunas actuaciones humanas que comprometen el futuro.

Otro día podría hablar del falso pulgar del panda, creado a partir de un huesecillo de su muñeca y que le permite asir con destreza y hasta ansia el bambú (en realidad, bambúes, porque hay decenas de especies distintas de este grupo de robustas gramíneas que el panda va consumiendo conforme entran en sazón según se asciende por las laderas de las montañas y avanzan las estaciones) del que se alimenta en exclusiva. Dieta monótona pero que le asegura el monopolio frente a posibles competidores: especialización frente a generalización. El caso es que los pandas no se privan de nada y tienen seis dedos. Es un caso único en la evolución. El resto de vertebrados partimos de los cinco dedos de los primeros tetrápodos terrestres, como  las ranitas cuyas manos tanto se parecen a las nuestras; algunos los conservamos, otros los van perdiendo, como los carnívoros o los herbívoros, hasta llegar a los caballos que sólo se quedan con uno. Pero los pandas le añaden un dedo a sus cinco. ¿Diseño inteligente? No, prueba y error. Hasta acertar… de momento.