lunes, 9 de abril de 2018

Pecios sin precio, 3: con Dios y con Dylan y más jardines




Ya casi nadie dice eso tan bonito de "Vaya usted con Dios", o más escuetamente, "con Dios" (¿Mejor solo que mal acompañado? Ser ateo no implica ser maleducado). Hay que andar por sitios rurales muy remotos para oirlo. Cuando camino nunca pienso en Dios, cuando estoy en reposo tampoco, pero sí en mi personal teología de andar por casa y por el mundo; en élla, Dios no sólo no existe, sino que no hace falta que exista, es superfluo. En realidad debería decir que no me hace falta a mí, no lo necesito, pero eso no excluye la necesidad, al menos durante milenios, por parte humana de creer en su existencia como consuelo ante nuestra condición y como forma de socialización (compartir un dios, compartir unos colores, unos simbolos, un equipo de fútbol...). También se pueden hacer silogismos baratos, del tipo de si se demostrara que no hay Dios —como es mi profunda convicción—, las religiones no harían falta (¿no las seguiría habiendo?), pero ya me he rebatido en el párrafo anterior: subsistiría quizás la necesidad de creer y supongo que eso implica la inevitable secuela de religiones y cultos organizados, sacerdotes y demás a menudo nada ejemplares, una forma de poder fáctico e incluso explícito. 'Que dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a su paloma'. No obstante, la inversa es aún más interesante: si se demostrase que hay Dios, tampoco habría religiones, serían superfluas. Y esta es mucho más difícil de rebatir. Lo desconocido, lo imprevisto, sobre todo lo indemostrable es el fundamento de la vida, y la ignorancia (sabiendo que existe, no ignorándola a su vez) es el campo natural del pensamiento y lo indemostrable el de la acción. Por eso, una de las frases más profundamente inmorales es la de que si Dios no existe todo está permitido. Al contrario, si no existió un demiurgo que nos crease como lamentables golems susceptibles de ser castigados, que es la base de todo el tinglado, esa tarea recae precisamente sobre todos y cada uno de los nosotros, de hecho, nos hace más responsablemente humanos, o por el contrario inhumanos, perversos, como el personaje que suelta la frase. La frase de Iván Karamazov ha representado para muchos el ateísmo ilustrado, pero Dostoievski no era ateo y se le nota, es una frase desesperada y tonta. 

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Suele ser joven y además quiero creer que esta clase de patologías se curan con la edad, porque no son sólo pedantería. Es un tipo de individuo culto o más frecuentemente semiculto muy actual que me desagrada profundamente y que procuro evitar, aunque a menudo es casi imposible, porque suele medrar en medios públicos y de comunicación, especialmente en partidos políticos juveniles, como Podemos y sus diversas franquicias regionales o en la CUP catalana y similares que, como las derechas que se empecinan en permanecer en el pasado, estos al revés, pero igualmente, no regresan al futuro, sino a ese mismo pasado. Aluden a la cultura popular; para entendernos, prefieren ilustrar sus prédicas con Juego de tronos y otras series de éxito de cierta calidad, que con clásicos como la Divina Comedia, aunque también se deba a que la primera la han visto y el segundo no lo han leído. Son los señoritos revolucionarios. Los señoritos revolucionarios se consideran imprescindibles para abrir los ojos de la gente, no conciben ni confían en que la gente pueda emprender esa tarea sola, que cada uno de nosotros tenga la llave de su propia libertad y su propio progreso en el caso de desearlo. Son la antítesis de los viejos ilustrados, los institucionalistas y los entrañables libertarios que consideraban la educación y la adquisición de una cultura personal pero extendida a todos como una forma, casi la primordial, de alcanzar la libertad. Obvían vincular el conocimiento a la libertad, quizás les disgusta, aunque se libren mucho de declararlo abiertamente, porque eso les dejaría sin tarea, la de guiar a la plebe. Son curas, sacerdotes de sus respectivas sectas, que excomulgan o aceptan y mantienen girando la función adaptativa que originó la necesidad de las religiones y las conserva: el amparo en el grupo, la sociabilidad de compartir ritos y creencias. Dificil zafarse de eso que solo lo consiguen los mejores.

Y sin embargo, el  conocimiento humano, y no es redundancia, jamás podrá resolver estas cuestiones. Otras muchas sí, pero la pregunta de si tiene límites ese conocimiento es muy pertinente. Vivimos -modas irracionalistas al margen- una época en que la ciencia parece ir borrando aceleradamente todas las incógnitas, desvelando los misterios más profundos, pero el horizonte de lo que queda por explicar sigue allí, a lo lejos. Porque es realmente un horizonte, y caminar hacia él no tanto nos lo acerca como nos aleja de otras cosas, fundamentalmente de la oscura ignorancia. Pero quedan muchos confines del saber e irán surgiendo otros, como en una escalera mecánica de bajada por la que pretendemos subir. Confines que se resisten: qué es la conciencia, la naturaleza del tiempo, las paradojas de la mecánica cuántica, el porvenir del universo o si el infinito es una entidad real o tan sólo un concepto abstracto. Los que afirman que la ciencia en su avance desvelara todos los misterios en el fondo está emparentados con los retrógrados de la Edad Media que se oponían a la ciencia porque consideraban que todas las respuestas que se precisaban estaban en los libros sagrados y que la observación y la experimentación rozaban la herejía. Tan ilógico es el que recela de la ciencia como el que confía en ella como si fuera una religión, cuando es todo lo contrario.

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Epicuro, claro, también Spinoza, o ese Jorn De Précy que he traído aquí hace poco, qué casualidad que todos tuvieran jardines. El primero que me habló del jardín de Jorn Précy fue... Bob Dylan. Cuando mi primera mujer estaba embarazada de nuestro primer hijo, no hacía más que ver en cualquier sitio otras mujeres embarazadas. Supongo que simplemente prestaba más atención a ese hecho, pero pasa muy a menudo que algo que había permanecido casi oculto ante nuestros ojos de repente, una vez descubierto, se evidencia por doquier. Puede que de Précy y su misterioso jardín se desvanecieran tempranamente de Inglaterra, pero volvieron a aparecer medio siglo después al otro lado del Atlántico. El desaparecido jardín del islandés Jorn de Précy, para los que habéis seguido las dos entradas anteriores, estaba en Greystone, Oxfordshire, junto a Chipping Norton, donde en 1916 murió el curioso personaje. Casi tan curioso es la forma en que empezó a reiterárseme su existencia, tras el opúsculo que escribió y que yo encontré en un cajón variopinto de una librería de viejo cercana a Charing Cross en Londres. Me explico; cuando lo compré por dos libras creo recordar, lo hice por el tema y el título: The Lost Garden, pero luego he comprobado con sorpresa que el primero que “me habló” de tal jardín fue… Bob Dylan:
“They say Jorn’s wildflowers have died/but I saw Greystone in a dream last nigeht/and all these roses started to bloom/when I stepped into the garden (Se dice que las flores silvestres de Jorn han muerto, /pero anoche yo vi Greystone en sueños/y todas las rosas empezaron a florecer/cuando entré en el jardín).

La balada se titula Jorn’s Wildflowers (Las flores salvajes de Jorn). Dylan la cantó por primera vez en Washington en 1964 con motivo de una manifestación contra la guerra de Vietnam. Tardíamente ha sido recopilada, rebañada podríamos decir, en algunas antologías recientes. En realidad Jorn fue un anticipado de la contracultura de los años sesenta y hasta de la Deep Ecology de los ochenta, y del movimiento hippie. Influenciado por las corrientes culturales orientales taoístas y budistas de la liberación que, contra lo que muchos pensábamos, penetraron en Europa ya en el siglo XIX, preconizando una vuelta a la naturaleza, una ruptura radical del consumismo y del conformismo de la sociedad de masas. Nada nuevo bajo el sol, pero esto es lo fascinante de ver la cultura como un rosario o una cadena de cuentas que traen 'a cuento' unas cosas tan aparentemente dispares: filósofías orientales anteriores a Cristo, jardineros filósofos islandeses opuestos a los tempranos desmanes a la belleza de la Revolución industrial inglesa, hippies contraculturales, Bob Dylan y este viejo escéptico, aunque no de todo, que esto escribe.

jueves, 5 de abril de 2018

Pecios sin precio, 2: temer a los jardines




Paseo gozosamente por Madrid, esquivando oficinistas y cacas de perro y pienso en la idea de patria. El solar patrio, cagado y pisoteado. El patriotismo, en rancia connivencia con las ideas reaccionarias, está muy desacreditado en ciertos ambientes intelectuales progresistas, aunque recientemente ha regresado con fuerza en los de extrema izquierda. La dudosa tolerancia y hasta prestigio que gozan los nacionalismos periféricos entre las izquierdas en este país es una singularidad en política tan enorme como la de los agujeros negros en cosmología. No obstante, el patriotismo se beneficia de cierta ambigüedad ambivalente: con la piel de cordero del amor a la tierra, al sitio natal, difícil de no sentir. Sin embargo, hablar de amor y patriotismo en la misma frase es ingenuo, de manual de colegio, porque lo que prima en cualquier patriotismo no es el amor, sino el miedo. El miedo al otro. Y las expresiones del miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión. Esos sentimientos son los que los catalanes separatistas nos están “regalando” ahora mismo al resto de los españoles y lo que todos los catalanes, separatistas o no, están recibiendo de vuelta a cambio de un lamentablemente creciente grupo de españoles nacionalistas. En esto, en la esencia del maldito patriotismo, reside la terrible brecha que se ha abierto recientemente -aunque aprovechando fallas muy antiguas- con el procés separatista. Entre los catalanes y entre los catalanes y el resto de españoles: 'todo por la patria', como reza el lema de las casas cuartel de la guardia civil. O de las patrias. El último refugio de los canallas, que dijo Ambrose Bierce en su Diccinario del Diablo, y de los oportunistas, añado yo.

Cuando uno pasea por una ciudad populosa ve personas por su actitud, su atuendo, su comportamiento, el habla, si se les oye, muy diversas, ese es parte del gozo de pasear por Oxford Street en Londres o por la Gran Vía madrileña. Ese gozo se ha perdido en las antaño deliciosas Ramblas de Barcelona y reside en el generoso ambiente de una ciudadanía que no pregunta quién eres y de dónde has venido, al revés que en el ambiente enrarecido de las patrias. Por eso patria y ciudadanía, y patriota y ciudadano son conceptos enfrentados desde el siglo XVIII al menos. Es simétrico al palurdismo de preguntar qué eres (titulación, gremio, corporación, grupo de presión, usted-no-sabe-con-quién-está-hablando), en lugar de a qué te dedicas, qué haces (puentes, cojines de macramé, experimentos de física cuántica, clones de bacterias). Propio de personas y países acomplejados, señora Cifuentes.



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Los guisantes frescos son para mí lo que para Proust la famosa magdalena mojada en té. Paro en una fruteria primorosa del siempre comercialmente exigente barrio de Salamanca y compro medio kilo. Ahora y aún es temporada de guisantes frescos, una de mis verduras favoritas. Cada vez que desgrano los guisantes me acuerdo de las mujeres de mi familia cuando yo era niño y enredaba entre ellas en la cocina con la mesa y su mantel de hule mientras lo hacían. Y remontándome más, aunque no 'presencialmente', no puedo remediar acordarme de un monje agustino austrohúngaro (hoy sería checo) y naturalista, casi contemporáneo de Darwin, que siempre andaba enredando con ellos y que aportó la parte del misterio evolutivo de las especies que aquel ignoraba: las primeras leyes básicas de la herencia. Como genetista mediocre, o genético como se decía en mis tiempos, de formación, no por eso carezco de deformación profesional y una gozosa culturilla biológica general, para andar por la vida epatando a los "de letras" y aprendiendo continuamente de los mejores de mis colegas.

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(Para mi amigo Eduardo M., hondamente preocupado por la caida de árboles)


El madrileño Parque de El Retiro ha permanecido cerrado varios días después de que la caída de un pino matara a un niño e hiriera al padre de varias formas, la peor, la pérdida del chaval, sin cura inmediata. Además han caído algunos de mis ejemplares favoritos, como un pino carrasco o de Alepo (Pinus halepensis) y un piñonero (Pinus pinea), ambos centenarios e inmensos, próximos al sector Este y a la hortera Rosaleda. La "culpa" ha sido de los fuertes vientos que han azotado toda la Península esta primavera bien típica, aunque haya quien la crea anómala simplemente porque sus planes y la meteorología no se han conciliado. No sólo el viento; antes hubo de suceder, o más bien dejar de suceder por desidia otras cosas. Es fácil echar la culpa a la madrastra naturaleza cuando nos recuerda quién manda por muy hormiguitas hacendosas y tecnológicas que seamos los humanos. ¿Qué hacer contra un terremoto, una erupción volcánica, un tsunami, una inundación repentina, un huracán? La respuesta es sencilla aunque su aplicación no lo sea: prevenir. Aquí prevenir no es que valga más que curar, es que la cura es la prevención, hay que ponerse la venda antes de herirse. Esos chiringuitos arrasados por el salvaje oleaje, esas barriadas arrastradas por el lodo y el agua, esos camping y urbanizaciones asolados por incendios forestales, todos sin excepción estaban mal situados, en rieras y ramblas, desagües naturales de torrentes, fondos de saco de densas masas forestales resinosas, líneas de costa, bordes fluviales, que la aplicación más elemental del Principio de Cautela y de una planificación urbanística y una ordenación del territorio sensata nos habría hecho desistir de situarlas ahí. Insisto, no conozco ni una sola excepción. 

Y los árboles caídos por el viento, ¿qué? ¿No hay que poner árboles en las ciudades y zonas habitadas?, ¿hay que temer a los jardines? (curiosa imagen, casi poética) Nuevamente hay que prevenir. Sobre todo podando adecuadamente las ramas peligrosas, fáciles de detectar, y talando los ejemplares que puedan derrumbarse. Y más cosas, todas de buenas prácticas jardineras muy ausentes en el ayuntamiento madrileño desde siempre, gobierne en él quien gobierne, neotroskos o neoliberales, todos feroces arboricidas. Un árbol tiene aproximadamente la misma masa de tronco y ramas al aire que de raíces subterráneas; éstas, al igual que las aéreas son necromasa muerta, si se me admite la redundancia, tejidos de mero sostén salvo una mínima capa de un espesor que roza la micra (10-6 m.)  , el cambium, que es el único que crece además de las partes temporales como flores y hojas, el que está vivo y permite al resto de la planta seguir estándolo. Cuando contemplamos un árbol vemos sólo su mitad y si está sin hojas porque es caducifolio y estamos en invierno, la imagen, como intuyeron tantos artistas, es la más real: estamos contemplado una estructura durmiente con muy pocos vestigios, aunque suficientes, de vida. Los árboles de las ciudades, incluso en los jardines, esos oasis del asfalto y el cemento, soportan muy malas condiciones que sólo algunas especies resistentes aguantan, como los plátanos de sombra y las falsas acacias. Viven en suelos muy pobres, con poca materia orgánica, compactados en lugar de esponjosos y sueltos y a  menudo reducidos al espacio miserable de un alcorque de apenas un metro cuadrado. Nos lamentamos, por fin, de la triste condición de los animales enjaulados en los zoológicos, pero estos imponentes seres que son los árboles también merecen nuestra piedad y agradecimiento. Además respiran, literalmente, un aire contaminado. Si al suelo se le inyecta aire a presión para descompactarlo y que la lluvia se infiltre con más facilidad y alcance a las raicillas más finas, las únicas fisiológicamente activas (como hacen los extraordinarios jardineros del Kew Garden de Londres), si a las raíces se les inyecta hongos simbiontes, las famosas micorrizas, que les ayuden a absorber uno de los nutrientes limitantes del crecimiento vegetal, el nitrógeno, y si cada cinco años se les poda sin mutilarlos, alrededor de un cuarto de follaje para evitar el efecto velamen ante los temporales esporádicos pero infaltables, si además regamos poco a menudo pero en abundancia en lugar de muy frecuentemente y en poca cantidad (riego adecuado para las praderas tan ajenas a nuestro clima, pero inadecuado para arbustos, setos y arboles sobre suelo terrizo adaptado a las condiciones madrileñas) el árbol resistirá el viento, desarrollará un sistema radicular de anclaje más potente. Por supuesto, todos estos mimos no podrían prodigarse a todos y cada uno de los árboles existentes en una ciudad como Madrid, sino sólo a los más viejos, grandes y valiosos, que además son los más necesitados de esos cuidados. Y, como todo está relacionado, y en eso consiste la ecología, podremos dejar de temer a los parques, porque habrá menos niños muertos en los mismos, igual que hay más tréboles en las praderas inglesas cuantos más naufragios se produzcan allende sus costas. Eso es lo que justifica llamar ecosistemas a los trozos de campo y no en la pedanteria: hacer énfasis en las relaciones entre sus elementos más que en los elementos en sí.


 Dos de los pinos derribados por el vendaval de Semana Santa del 2018 en El Retiro