viernes, 1 de junio de 2018

MI vejez



Para mi amigo Eduardo

Acaricio la cabeza del perro, un guapo mestizo de pastor, que asoma curiosa por debajo del banco y el joven con rastas y collares que viaja con él se levanta y me ofrece su asiento. Todavía no me pasa a menudo, pero me pasa. Hubo un primer momento decisivo, repentino, inopinado, y es cuando una muchacha, encima bellísima, se levantó para cederme su asiento en el metro. No importa que tu aproveches para inevitablemente apreciar su culo y el fondo gatuno de sus ojos. No importa que te preguntes quién educa a esas bellas para que sean tan dolorosamente compasivas, cuando la verdadera compasión, opinas, sería que te hicieran un hueco bajo sus bragas. Esto te hace experimentar un repentino vuelco subjetivo, ya que la percepción que los demás tienen de nosotros forma parte de nuestra identidad subjetiva: vaya, se creen que soy un anciano.

La vejez no es gradual o progresiva. Gran error; es repentina, como una metamorfosis, solo que de mariposa a gusano. Uno envejece como creció de niño: a estirones bruscos. El caso es que de forma relativamente abrupta uno, que había nacido para niño precoz e impaciente, para joven vigoroso y lleno de planes o maduro adulto con tiempo por delante, de pronto, insisto, de pronto es un anciano. El lenguaje delata la incapacidad para enfrentarse a determinados tabúes, como el de la vejez. Véase si no la cantidad de eufemismos que se utilizan para denominarla, desde ‘mayores’ hasta esa tonta ‘tercera edad’. 

Durante una gran parte de mi vida era el más joven en cualquier grupo, en mi clase en el colegio, en la carrera en la universidad, en el plantel de investigadores doctorandos y de pronto, siempre de pronto, he empezado a ser el más viejo entre los que me rodean, entre los de mi trabajo o algunas de mis aficiones. Y entonces he reconocido el consuelo, como en la adolescencia, de compartir esa situación y esas repentinas, insisto, experiencias, con los de tu edad, la amistad, los colegas son tan importantes al comienzo como al final.

¿Es la vejez un final? ¿Ser ya un anciano es lo que me define? La vejez es definida por una serie de fenómenos: la decrepitud, la obvia limitación del futuro, la experiencia, la intransigencia (como en la juventud), la placidez, la comprensión, la valoración de lo importante en la vida. Que me duela la cadera izquierda cuando cambia el tiempo, que no necesite hacer el amor cada día (y sobre todo al comienzo de cada tarde, mi hora favorita para ello), que ya no pueda caminar decenas de kilómetros ni nadar como un delfín ni bajar escaleras saltando de tres en tres, que me guste más madrugar que trasnochar, desayunar que cenar, que no me acostumbre a perder amigos, que el tema de conversación habitual sea la salud propia y ajena, como el tiempo ola gracia de los nietos, que contemple las chorradas de los poderosos como una cinta continua y repetitiva a través de los siglos, que prefiera leer a Tucídides, Jenofonte y Tácito en lugar de la falsa autobiografía de un presidente actual, que me guste tanto como me asuste y necesite la soledad.


“Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, era tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.”


Lo que dice el poeta no necesita adiciones. Sin embargo, tengo varios queridos amigos muertos, y por mucho que se diga que no están muertos mientras algunos como yo les recuerden, están muertos. Y un amigo mío, al que quiero, al que admiro, del que deseo su discreta y estimulante compañía, que me rebata y se adhiera aunque disienta, tendrá que vivir con diálisis el resto de su vida que espero sea larga o aguardar un trasplante. 

La vida es como la escalera de un gallinero, corta y llena de mierda, pero también como una escalera mecánica, de bajada pero por la que uno intenta subir, para al final, pese a todos los esfuerzos, encontrarse abajo del todo. Puede que no te quiten lo ‘bailao’, pero tampoco te van a quitar las agujetas.

Ninguno estamos preparados para la impotencia. Y no hablo, o no sólo, de la sexual. La impotencia en general, la del anciano rey Lear (Shakespeare, qué bien me lo muestras) para seguir gobernando, para detectar la impostura de Regan y Goneril y el verdadero amor de Cordelia. La impotencia nos alcanza a medida que envejecemos, se muestra cuando olvidamos el nombre de las cosas, se muestra como una sacudida de lo más devastadora, se pierde poder y con suerte se pierde interés por el poder. De modo, que la decadencia física y la muerte cada vez más inminente no son lo más relevante. 

Y sin embargo, rechazo la imagen de la vejez como algo anodino y lastimoso, como una imagen sentimental y vagamente protectora. La vejez es un espejo moral de toda la vida, ya no hay tiempo para rectificar y pienso, aunque como soy viejo no recuerdo quien lo dijo, que vivimos toda la vida simplemente para sus últimos cinco minutos, y entonces da un poco igual que para esos minutos falten muchos años o pocos. Mi última paradoja; estoy descubriendo que ser viejo me gusta, que el joven airado (angry) ha descubierto la belleza del sosiego y la placidez, y de todas formas el otoño, y no la primavera, ha sido siempre mi estación favorita. Aunque se acerque el invierno.

Las generalizaciones son las que hacen avanzar y hacer útiles tanto a la ciencia como a la filosofía, pero cuidado, no todas valen. No vale decir que los judíos son avaros o los alemanes eficaces. El libro más tonto -no lo acabé- sobre la vejez con el que me he tropezado es de Simone de Beauvoir, La vejez, repleto de esas generalizaciones que concluyen en recomendaciones de vida a que tan aficionados son los franceses. Por el contrario, el libro más perspicaz es de los dialogos de Ciceron con su amigo Catón Del envejecimiento, donde se huye de toda generalización y se acude a lo específico, porque cada viejo, como cada joven es único y demuestra que el destino, al revés de lo que cree la francesa, no está escrito (tampoco en los genes), que nuestro ejercicio, nuestra dieta, nuestras lecturas, nuestras experiencias, nuestras conversaciones, nuestra amistad modifican ese destino. Ni siquiera nuestro cuerpo desgastado y envejecido es una realidad predestinada. Catón recibe amables burlas de su amigo por algunas de sus obsesiones, como los efectos saludables de la práctica de la jardinería. Yo, por mi parte, debería haberle pedido el teléfono a aquella bella muchacha. 

Hace unos pocos años me jubilé lo que implicó abandonar un trabajo en el que me sentía no ya poco valorado, sino como un anacrónico incordio. Unos años antes se me declaró una enfermedad crónica con la que viviré obligadamente el resto de mis días si la terapia génica no lo remedia, probable herencia, nunca mejor dicho, del padre biológico que no conocí, y hace unos meses, la aparición de un tumor como segura secuela de tantas décadas de gran fumador. En todos los casos, y en el de la bella muchacha, soy consciente de lo dicho por Borges: una cosa es lo que la vida nos hace y otra distinta lo que cada uno hacemos con lo que la vida nos hace. Para mí, como para Milo Manara, un culo glorioso será un culo glorioso a mis dieciocho o a mis ciento sesenta años, telomeros(*) al margen.


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jueves, 31 de mayo de 2018

La tribu exclusiva y los escarabajos



El reducionismo es el causante de los mayores éxitos del conocimiento científico; también de sus mayores limitaciones. Al observar que los escarabajos son el grupo zoológico más numeroso del reino animal, un biólogo señaló con relativista humor,  que Dios sentía una debilidad especial hacia los coleópteros. Algunas culturas de las llamadas primitivas, sólo han sido estudiadas por un único antropólogo. Al final uno duda si lo que leemos sobre esa tribu tan exclusiva es lo que la define o más bien define al científico que la estudió. Hoy en día estamos bastante convencidos de que las conclusiones de Freud sobre el papel de la libido infantil en nuestra psique dicen más del propio subconsciente del vienés que de una regularidad psicológica de los humanos. Y tenemos el principio de la física cuántica que señala al observador como inevitable alterador del fenómeno observado. Parece como si la pretensión de una objetividad suprema fuera inviable. Pero hay hechos, eso no lo podemos obviar. El hecho de que la Tierra gira en torno al Sol, el hecho de la gravitación universal, el hecho de las mareas influidas por la Luna, el hecho de que hay otros planetas junto al nuestro, el hecho de la evolución biológica y de la existencia de los gérmenes. Incluso hechos que no pueden reducirse a leyes físicas, ni siquiera biológicas, como el hecho de que el capitalismo termina premiando al acumulador de plusvalias y generando desigualdades, o el hecho de que las guerras de unos grupos humanos contra otros es consuetudinario a nuestra historia. Sin embargo, el número de especies distintas de coleópteros en las diversas zonas de la Tierra tiene poco que ver con la teología y está, sin embargo, más relacionada con el número de entomólogos dedicados a una zona concreta que con cualquier otro factor de índole física. Reconocer la existencia de un problema, de un motivo de observación, plantear adecuadamente una pregunta no sólo es el primer paso para obtener respuestas, sino el más esencial y a veces basta con eso. Podemos concluir que la ciencia es el método más eficiente para resolver problemas siempre que hagamos las preguntas adecuadas en los momentos precisos, pero que no es la única forma válida de conocimiento (yo aprendo más sobre la naturaleza humana con Shakespeare que con Jung o Freud) y que precisamente las formas más falaces de supuesta sabiduría son las que se disfrazan de ciencia, como antes lo hacían con la religión.

martes, 29 de mayo de 2018

Moral y economía




Quizás hayáis reparado en que todos los grandes economistas son o fueron moralistas, como Smith o como Marx, sin ir más lejos.En cambio, los escritores, por llamarles algo, de libros, por llamarlos algo, de autoayuda, son cualquier cosa menos una ayuda y tampoco son morales ni económicos. Escribir un libro no sólo malo sino nefasto, un Mein Kampf de andar por casa;plantar un árbol que seque el pozo de la comunidad en la que se asienta y tener un hijo que se convierta en un asesino en serie. En este lamentable, tristísimo caso, falló el azar, ese enorme cabrón que sólo sirve para que se arruinen los pobres que no saben matemáticas en los casinos o jugando a la lotería. No falló la moral paterna ni si me apuran la economía. El objeto de la moral es el mismo que el de la técnica: mejorar la vida, aunque a menudo la empeore, en ambos casos. Hay dos opciones, la de los políticos corruptos y los empresarios sin escrúpulos, que optan por mejorar su vida a cosa de empeorar las de los demás y que además están convencidos de que lo segundo es condición para lo primero; o la de los santos y los mártires, que deciden mejorar la vida de los demás a costa de sacrificar la suya, que, masocas ellos, estoy seguro que es lo que más les motiva, porque lo del bien común es mucho más abstracto que lo del daño propio, bien tangible. Pero en realidad y por fortuna en este caso hay una tercera vía real, nunca mejor dicho: mejorar la vida de los demás y de paso la propia puesto que nos consideramos sanamente uno más. A los primeros les llamamos inmorales o amorales y a los segundos desprendidos, pero morales sólo somos los terceros. La moral y la economía financiera casan mal, pese a la amistad entre Hume, fundador de una moral moderna independiente de la religión, y Adam Smith, el padre del liberalismo económico. 

Dicen que Margaret Thatcher siempre llevaba en su bolso su ejemplar de La riqueza de las naciones (pobre Smith, defendía un mundo sin fronteras para el comercio y acabó sus día de aduanero). Dudo mucho que ningún político español, pero especialmente los que claman por una moral colectiva lleven encima, hayan leído o siquiera sepan de qué va Diálogos sobre la religión natural. 

Fueron amigos. Dos escoceses que marcaron el pensamiento occidental desde el siglo XVII. Murió primero el moralista y el economista en su Carta a Strahan, dejó fijadas las últimas palabras de Hume: “Estoy muriendo tan rápido como desearían mis enemigos, si es que los tengo”, “y con tanta serenidad y alegría como podrían desearme mis mejores amigos”. Dos grandes de la ilustración escocesa.

viernes, 25 de mayo de 2018

Me duele España



No hay que ser de Bilbao, como Unamuno, para que te duela España. Y como me dolía España, especialmente en el costado izquierdo, he ido al médico que me ha mandado análisis y ecografías y este ha sido el alarmante resultado. 

¿Cómo hemos pasado de la Ejemplar Transición, modelo para próximas dictaduras que quieran acceder a la democracia, al denostado Régimen del 78? De acuerdo en que la primera y elogiosa denominación es una auto atribución de sus muñidores y que la segunda es autoría de unos jovencitos recién llegados a la política que no conocieron aquel proceso ni vivieron sus dificultades ni limitaciones. Pasamos de los fastos de 1992, el Tratado de Maastricht y el euro a los nubarrones actuales veinte años después, con la corrupción rampante y formando parte del sistema político y no su excepción, la grave crisis económica de 2007-2008, con la burbuja inmobiliaria, el 50% del paro juvenil, el exilio de casi toda la inteligencia productiva del país, el separatismo catalán y una Unión Europea viendo resurgir entre sus filas los partidos xenófobos o al menos euroescépticos, con una guerra antiterrorista mantenida y un presidente de Estados Unidos que es obvio que no está en sus cabales pero que atiende a intereses del oligopolio que le ha situado ahí. Una España menos optimista en un ámbito europeo de capa caída. Sólo es comparable este momento al de finales del siglo XIX con la pérdida de las últimas colonias, la guerra también perdida de antemano con el creciente coloso norteamericano y el regreso o restauración a regímenes autoritarios que terminaron conduciendo a nuestra Guerra Civil de cuyas consecuencias y atrasos aún no nos hemos recuperado del todo tras el prolongado aislamiento sufrido tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Sin olvidar la última Guerra Carlista en forma de terrorismo etarra hasta hace nada. El único rasgo alentador es que en España pese a todo no ha aparecido un partido de extrema derecha al estilo del Partido de la Libertad en Holanda, el partido del Pueblo en Dinamarca o el Frente Nacional francés, tal vez porque está subsumido en el gran partido de la derecha española, el PP, y esa sería una de las pocas cosas que agradecerle al mismo. Poco a poco se ha ido sintiendo la rígida estructura piramidal de los dos principales partidos a izquierda y derecha que han impedido cualquier solución imaginativa a los grandes retos de cada momento, el surgimiento a su vez de otros dos partidos nuevos que han adquirido rápidamente los mismos defectos que los antiguos, la importancia excesiva en el discurrir del país incluso fuera de sus respectivos territorios de los partidos nacionalistas periféricos y la anómala complacencia de la izquierda por esos nacionalismos tan poco afines a la vocación internacionalista de las izquierdas habituales. La escasa división de poderes, la mala educación cívica y democrática de los españoles, el retroceso de algunos grandes logros del Estado del Bienestar, como la sanidad y la educación y la escasa calidad de los medios de comunicación y sobre todo de los estatales nada independientes del gobierno de turno y en especial de los de derechas, más el despilfarro en obras inútiles, costosas y especulativas. Ha habido un fracaso en la última revolución industrial en España que ha terminado adoptando un modelo productivo nefasto basado en sol y ladrillo, es decir, en turismo masivo de baja calidad, con empleos del mismo nivel, y la construcción/ destrucción del territorio por doquier. Sólo la situación de la mujer, la revolución de género puede considerarse un éxito sin paliativos y un ejemplo para los países de nuestro entorno. En el resto de frentes transversales: económico, medioambiental, laboral, formativo… hemos retrocedido.

El dolor persiste, mi médico me recomienda que aguante sin abusar de los calmantes, que haga viajes fuera para respirar otros aires y, por el contrario, que salga poco de casa.