miércoles, 2 de marzo de 2022

Las tres ofensas contra la humanidad de Putin

 


Ni tengo competencia para ello ni lo pretendo ni me interesa en este momento, así que esto no es un análisis sobre la agresión de Rusia a Ucrania, ni sobre los antecedentes a esa invasión, que los hay y explican tanto como no justifican, ni sobre lo que tiene la política de la OTAN de provocación ni sobre lo que tiene el discurso de Putin de razones o de simples pretextos. Ya se sabe que lo primero que se derrota en una guerra es la verdad, así que todos mienten a conveniencia, pero algunos, Putin, el ex espía ruso destacado en la colonia más nefasta de la URSS, la Alemania Oriental, el teniente coronel de la KGB, mucho más. Putin solo dice verdad cuando calla, solo dice verdad cuando no sonríe, cuando nadie le escucha, cuando está solo y lo sabe y se relaja. No, no me interesa Putin ahora, aunque sí siempre, es un animal fascinante, como todos los seres venenosos. Ni me interesa exactamente ahora, aunque sí siempre, esta guerra. Me interesan las víctimas, me interesa el verdugo, me interesan los cómplices, me aterran todos. Me interesa la reducción a cosa del ser humano por el mero hecho de serlo, como lo fueron los judíos en los campos de exterminio nazi hace ocho décadas y como lo son ahora los ucranianos, no sólo por el mero hecho de serlo, como los judíos, sino por estar en el sitio, Ucrania, y el momento equivocados, 2022. El aquí y ahora. Como los judíos, perseguidos por el mero hecho, como los ucranianos, por su reducción a objetos. Esa es la primera y primordial ofensa contra la humanidad de los nazis y ahora de Putin. La segunda ofensa es el racismo, ya que no contra los judíos, contra los ucranianos (me resisto a lo de ucranios), considerados por activa y por pasiva, pero ahora que han llegado ya los tanques sobre todo por activa, rusos de segunda. Pobres ucranianos, Y van ya dos: cosificados y minusvalorados como rusos. Finalmente, el intento último de manipular la esencia íntima del espíritu humano que es su libertad de elegir y de ser. No la libertad superficial y dicharachera de algunas folclóricas políticas españolas, sino la libertad que nos hace  humanos.

Espero que el sofisticado y —estoy convencido— largamente planificado experimento geopolítico de Putin, un sociópata para el que la historia no es fuente de conocimiento sino de coartadas, fracase, le explote a él en la jeta. Porque juega con millones de personas a las que degrada a objetos, peones (tengo entendido que es un mediocre pero pretencioso jugador de ajedrez), que subdivide a las personas en categorías, no solo de agresores y agredidos, sino peor, de dominadores y esclavos, espero que ese experimento. fracase, claro, pero sobre todo que lo haga cuanto antes. Él no es un loco. Los locos se creen Napoleón y él es "un" Napoleón. Ni un majadero, lo que hace, sus maldades, las ejecuta perfectamente. Dejadme ser un poquito naif: es malvado, un canalla.

 

Posdata: contendientes, víctimas al margen

Si consideramos las cuatro fuentes del saber de la Antigüedad clásica: filosofía, geografía, historia y poesía, vemos que el autócrata ruso las cubre bien. Tiene la filosofía de un teniente coronel del KGB, bien nutrido por Maquiavelo y el Sun Tzu de El arte de la guerra; de geografía anda sobrado, pudiendo ponerle limites a Ucrania desde el Dombás a Crimea, con los añadidos de Polonia, Finlandia  y Hungría; la historia la vive como un Pedro el Grande redivivo y en cuanto a la poesía, qué decir, todo nacionalista ruso es un poeta. Y todo nacionalista es un poeta idiota.

Enfrente tenemos a un anciano anglosajón casi wasp, porque su única excepción es ser católico, aunque ya se le anticiparon los Kennedy; que encima se llama Joseph Robinette Biden Junior; su filosofía es la de un abogado estadounidense, esto es, la peor que se pueda tener en un país donde te ponen pleitos hasta por decir que la Tierra es redonda. Con 30 añitos ya era senador (por Delaware) que apoyó la expansión de la OTAN hacia el este y la intervención en las guerras yugoeslavas de los noventa.

viernes, 18 de febrero de 2022

La línea Plisoll de la nave Tierra ( y la nave no va)

 


Cuando estoy escribiendo estas líneas me entero de que ha naufragado un pesquero en aguas de Terranova con 19 marineros a bordo. Han rescatado a tres con hipotermia, los demás, mucho me temo están muertos, no se puede resistir en esas aguas más que breves minutos. Como escribió en una viñeta del siglo pasado Castelao, “aún dirán que el pescado es caro”.

Los niños gallegos, los de puerto de mar, cuando dibujan un barco jamás se olvidan de una línea que recorre de popa a proa los costados, aunque no sepan cómo se llama e incluso por qué está ahí sin falta. Es la línea Plinsoll en honor de Samuel Plinsoll, un parlamentario británico que impuso e impulsó su uso en 1875. Sirve para fijar el máximo calado, o mínimo francobordo con el que un buque puede navegar en condiciones de seguridad. Si la línea Plinsoll o marca de francobordo no se ve por estar debajo del agua, la nave en cuestión correrá el riesgo de hundirse.

En el siglo XIX armadores desaprensivos de aquel capitalismo aún joven pero ya voraz cargaban sus buques al máximo hasta el punto de que la cubierta casi desaparecía en el agua y carga y hombres naufragaban a menudo. Demasiado a menudo, porque se buscaba cobrar los seguros de los entonces llamados barcos ataúdes. El diputado por Derby, Samuel Plinsoll, autor de un maravilloso libro de denuncia, Nuestros marineros, propuso que, antes de autorizar su partida, se fijara en los cascos de los barcos una franja, normalmente negra, que debería ser visible por encima de la línea de flotación. Si no se ve, la flotabilidad peligra. Basándose en algo tan simple  tan inevitable como el principio de Arquímedes y unos bidones de pintura negra, mas una legislación bien sencilla, Plinsoll ahorró miles de vidas, puso a  flote —valga la expresión ya que estamos— a las compañías de seguros navales y arruinó el negocio de unos cuantos canallas.

Ahora mismo que parece casi imposible corregir la desafortunada expresión de Salvemos el planeta (al planeta se la suda; salvémonos nosotros que lo estamos convirtiendo en inhabitable para nuestras sociedades) podríamos recurrir a esta otra metáfora; a saber: ¿cuál es la línea Plinsoll de la nave Tierra? (nave Tierra sí es buena metáfora). ¿Se ve todavía o ya ya está sumergida? La diferencia, insisto, en que no es la nave —eso sí, ya profundamente alterada— la que peligra, sino sus pretenciosos tripulantes, las actuales sociedades humanas con su modelo de producción y consumo. Entregada una minoría tan codiciosa como ignorante (explosiva mezcla) a la demolición de mamparos, al despilfarro y el envenenamiento. Sin posibilidad de botes salvavidas, aunque entre tanto, esa minoría viaje en las cubiertas de los camarotes de lujo y el resto en las demás cubiertas y hasta hacinados en la sentinas. Pero todos compartiendo el mismo destino final, el naufragio. De momento, debido al calentamiento global numerosas islas del Pacífico, incluso multitud de ciudades costeras están condenadas a ver desaparecer sus respectivas líneas de flotabilidad, sobrepasando también la metáfora, literalmente, bajo el agua.

Insisto, ¿cuál es la línea Plinsoll terráquea? Para alguna escuela de ambientalistas y ecología aplicada, con los Ehrlich a la cabeza, esa frontera límite es la demografía. Somos muchos, demasiados y, sobre todo, aumentamos demasiado deprisa en un bucle de retroalimentación positiva de bola de nieve. Cuando yo nací se acababa de sobrepasar ligeramente los 2.500 millones de habitantes; hoy somos 8.000.

A ese crecimiento solo hemos asistido los contemporáneos míos, nunca antes en la historia de la Humanidad, espero que tampoco después. Para otros se trata más bien del excesivo consumo de recursos no renovables y renovables pero explotados por encima de su capacidad de reposición, por lo que a todos los efectos se convierten en no renovables. Consumo de recursos, sobre todo energéticos, y su pareja producción de desechos. Uniendo esos dos aspectos vemos que lo verdaderamente relevante es el consumo de recursos per capita e idénticamente la  producción de residuos. Lo relevante es que no es homogénea. Aproximadamente —las estimaciones no coinciden exactamente, pero sí su orden de magnitud— un 20 por ciento de la humanidad consume el 80 por ciento de los recursos y produce un porcentaje similar contaminante. Para ser coherente, si de controlar la población por su impacto en el planeta se tratara, habría que hacerlo con esa población más rica y despilfarradora… que crece demográficamente poco, porque el mejor control de crecimiento de población es precisamente la riqueza, y el mayor motor de explosión demográfica es la pobreza.

La dichosa línea Plinsoll hay que marcarla con varios tintes. Uno es el de la pobreza crónica, incluso dentro del mundo rico plagado de pobres, aunque la mayoría, la que subsiste para entendernos con unos pocos dólares diarios, se concentra en ciertas zonas del planeta en latitudes más cortas, el África subsahariana, la América tropical, en tanto que otras, como Asia Central y tropical, han prosperado. Hace tan solo poco más de 50 años la riqueza de África era comparable a las regiones tropicales de Asia, pero mientras esta ha prosperado, África se ha estancado con rentas medias que cubren apenas los gastos mínimos para sobrevivir. Y como el pescado caro, aún nos extraña que tantos jóvenes arriesguen su vida para llegar a Europa o a Estados Unidos. El intercambio desigual y la subsiguiente pobreza endémica de tantas regiones de la Tierra no es una secuela indeseable e indeseada del actual orden económico internacional, sino parte indisoluble del propio sistema. Las sociedades del Occidente rico tienden a considerar que la ayuda exterior es una donación a fondo perdido (y no una reparación parcial de una injusticia previa). Pero bien gestionada, y eso es mucho decir, esa ayuda es ni más ni menos que una inversión, que aportará beneficios a largo plazo, por ejemplo, en forma de regulación y ralentización de los flujos de inmigrantes del Sur al Norte; inversión como la que se produjo en Europa y Extremo Oriente tras la Segunda Guerra mundial. En lugar de esa caridad interminable de mala conciencia.

Hay otro empobrecimiento severo, aún más irredento: la pérdida de la biodiversidad planetaria, la extinción masiva de las especies que nos acompañan a un ritmo varios cientos de veces superior al natural, que junto al mal llamado cambio climático y la destrucción irreversible del territorio y sus hábitats alteran la “base” de todo el resto de recursos naturales y, por ende, de nuestras sociedades. No se trata, como creen algunos, quizás muchos, de un tema más o menos ético y romántico, de “conservar y proteger” la naturaleza. Lo que está en riesgo es la propia viabilidad de nosotros mismos como especie tecnológica consumidora de recursos, como civilización. Lo que se entiende por ‘naturaleza’, más o menos empobrecida, seguirá adelante. De una forma clara, la reducción drástica de la biodiversidad es el fusible de todo este tinglado, si lo fundimos, nos quedamos a oscuras ¿Se entiende, no? Esta sexta gran extinción es infinitamente más veloz (miles de veces) que las cinco anteriores de remotas épocas geológicas, no dará tiempo a que se recuperen los ecosistemas y surjan nuevas especies. No permitirá la recuperación aceptable para soportar nuevas las sociedades humanas. Será irreversible. Moriremos de éxito.

Hay soluciones, cada vez más urgentes. Menos carbono para ser quemado y liberado a la atmósfera, mayor eficiencia energética…menor consumo o despilfarro, menos emisión de residuos. Empezando por el sector energético, ahora que se nos quiere vender como “verdes” la energía nuclear y la quema de gas. Por cada 100 unidades de carbón empleadas en una central de las que por fortuna se están desmantelando, se perdía un 70% en la propia central, un 9% en las líneas de transmisión y distribución, etc.… Al final de esas 100 unidades de origen tan sólo 9,5 estarían disponibles.

Ante todo conviene eliminar la idea de que el llamado medio ambiente (estúpida redundancia en nuestro idioma) es un sector independiente del político y el económico. Lo bueno para la naturaleza es bueno para nosotros, ya que es esa una dicotomía falsa: somos naturaleza. Los dioses, y especialmente las diosas, desde la Virgen del Carmen a la Naturaleza, son metáforas, y esa última metáfora, válida como recurso lingüístico, pero falsa literalmente, ha hecho que nos separemos mentalmente de ella, como de las demás diosas, aunque la rindamos ñoños tributos, la adoremos sin respetarla en el fondo, o confinándola a reductos, resorts ecológicos. No, el medio ambiente es donde habitamos nosotros, es la línea Plinsoll que marca la flotabilidad de la nave Tierra. No es la guinda del pastel económico, del horno político. Todos estamos embarcados en ella, aunque no conviene olvidar que una minoría, embebidos en su codicia ignorante, decide el rumbo y la carga, como aquellos desalmados armadores decimonónicos.

Y hablando de barcos, como dice Annie Proulx, excelente novelista canadiense, “Nadie cuelga en la pared la foto de un petrolero”. Bueno, casi nadie.  De hecho, hay gente que cuelga cabezas de animales muertos de sus paredes.

 

domingo, 30 de enero de 2022

Arquitectos y demás amigos (o, sin embargo, amigos)

 



De los expertos asumo que saben de lo suyo, y eso es muy útil; también que suelen traer sus conclusiones pensadas de antemano y eso no es muy enriquecedor, incluso puede ser desesperante. Sin alabar la ignorancia profana, a mí me gusta meterme en jardines ajenos y como no soy arquitecto hablaré de arquitectura, siquiera sea como pretexto, al fin y al cabo tengo amigos arquitectos y hasta una ex cuñada, y a todos se lo tengo perdonado. Porque a estas alturas del planeta enladrillado, yo quiero ser un buen desenladrillador, y para mí, a estas alturas, insisto, la arquitectura más sostenible, y por tanto indudablemente mejor, es la que no se construye. No quiero cargar a este gremio con toda la responsabilidad de acrecentar la fealdad del mundo, pero algo, bastante, ha contribuido. También a su belleza, pero no sé si compensa una cosa y la otra. La idiotez de moda que más me subleva es obviamente la de salvar el planeta, cuando lo que está en precario es la habitabilidad del mismo para nuestras sociedades y de paso la de multitud de especies que nos acompañan. Se nos da fatal compartir. Una forma de salvarnos nosotros y disminuir o no acrecentar el problema de nuestra actitud de plaga planetaria es dejar de cementar, enladrillar, asfaltar, construir, impermeabilizar, alterando con prisas y sin pausas el ciclo del agua, de la atmósfera (calentamiento global, mal llamado cambio climático) y el de materiales.

Como disciplina artística, la arquitectura, quizás a la inversa de otras, no sólo tiene que ser bella, sino útil. Vitrubio, una autoridad del tema, señalaba cuales eran las características de la buena arquitectura (aparte, insisto, de la que no se edifica). Eran tres condiciones: firmeza, comodidad y encanto. La primera vez que leí esto, recuerdo que pensé, hombre, también son las cualidades que yo buscaría en mi pareja y hasta si me apuran en los amigos. La arquitectura firme y cómoda, como un buen amigo, o sea, útil, y además bella sin necesidad de que sea convencional, incluso mejor que no. En esto último entramos en el espinoso campo de la percepción (prefiero llamarla así, y no ‘gusto’). La percepción es asunto resbaladizo porque es subjetiva. Un barrio puede ser percibido como peligroso y no serlo más que otro que no lo está. Los políticos detectan instintivamente eso y lo aprovechan. Hay reglas, claro, como la famosa proporción aurea; criterios si se quiere, pero al final prima el contexto, que tal barrio parezca más peligroso que otro igual, porque lo que importa es que sea percibido como peligroso, lo sea más o menos. Yo, como habitante de Madrid, considero mucho más bonita la Puerta de Alcalá que el Arco del Triunfo, pero independientemente de que la primera está junto al parque de El Retiro y la segunda al comienzo de una atronadora autopista, e incluso independientemente de que una se deba al arquitecto Sabatini (y otros dos, casi uno por arco) del alcalde-rey Carlos III y el otro al muy mussoliniano contratista del Franco victorioso y vengativo, a pesar de todo eso, incluso del hecho de que un año venturoso en la clave del arco haya nidificado una osada pareja de cernícalos, a pesar de todo, es que el arco es feo, incluso cuando el Che se hizo una foto delante. Pero hablando de contextos (o entornos), la muy neoclásica e ilustrada Puerta no se debe contemplar en ningún caso desde el oeste, porque entonces se atisbará la alta torre de Valencia que rompe la perspectiva a través de sus tres arcos y dos puertas. Es esta costumbre muy arraigada de los arquitectos, digamos de algunos, dadles una plaza con cierta discreta armonía y en seguida buscan un solar anejo para apropiársela con su bodrio. No digamos si hablamos de un hermoso paisaje rural y de una urbanización al completo. Eso sin mencionar, que ya es callarse mucho, la enorme huella ecológica, in situ y diferida, que tiene cualquier nueva edificación.

Tengo un amigo que no es arquitecto, pero se ha construido un chozo de pastor en un campo aledaño a su casa del pueblo. Es bello y útil. el chozo y el amigo.