Cuando estoy escribiendo estas líneas me entero de que ha
naufragado un pesquero en aguas de Terranova con 19 marineros a bordo. Han
rescatado a tres con hipotermia, los demás, mucho me temo están muertos, no se
puede resistir en esas aguas más que breves minutos. Como escribió en una
viñeta del siglo pasado Castelao, “aún dirán que el pescado es caro”.
Los niños gallegos, los de puerto de mar, cuando dibujan un
barco jamás se olvidan de una línea que recorre de popa a proa los costados,
aunque no sepan cómo se llama e incluso por qué está ahí sin falta. Es la línea
Plinsoll en honor de Samuel Plinsoll, un parlamentario británico que impuso e
impulsó su uso en 1875. Sirve para fijar el máximo calado, o mínimo francobordo
con el que un buque puede navegar en condiciones de seguridad. Si la línea Plinsoll
o marca de francobordo no se ve por estar debajo del agua, la nave en cuestión
correrá el riesgo de hundirse.
En el siglo XIX armadores desaprensivos de aquel capitalismo aún joven pero ya voraz cargaban sus buques al máximo hasta el punto de que la
cubierta casi desaparecía en el agua y carga y hombres naufragaban a menudo. Demasiado
a menudo, porque se buscaba cobrar los seguros de los entonces llamados barcos ataúdes.
El diputado por Derby, Samuel Plinsoll, autor de un maravilloso libro de
denuncia, Nuestros marineros, propuso que, antes de autorizar su partida, se
fijara en los cascos de los barcos una franja, normalmente negra, que debería
ser visible por encima de la línea de flotación. Si no se ve, la flotabilidad
peligra. Basándose en algo tan simple tan inevitable como el principio de Arquímedes
y unos bidones de pintura negra, mas una legislación bien sencilla, Plinsoll ahorró
miles de vidas, puso a flote —valga la expresión
ya que estamos— a las compañías de seguros navales y arruinó el negocio de unos
cuantos canallas.
Ahora mismo que parece casi imposible corregir la desafortunada
expresión de Salvemos el planeta (al planeta se la suda; salvémonos nosotros
que lo estamos convirtiendo en inhabitable para nuestras sociedades) podríamos
recurrir a esta otra metáfora; a saber: ¿cuál es la línea Plinsoll de la nave
Tierra? (nave Tierra sí es buena metáfora). ¿Se ve todavía o ya ya está
sumergida? La diferencia, insisto, en que no es la nave —eso sí, ya
profundamente alterada— la que peligra, sino sus pretenciosos tripulantes, las
actuales sociedades humanas con su modelo de producción y consumo. Entregada una
minoría tan codiciosa como ignorante (explosiva mezcla) a la demolición de
mamparos, al despilfarro y el envenenamiento. Sin posibilidad de botes
salvavidas, aunque entre tanto, esa minoría viaje en las cubiertas de los
camarotes de lujo y el resto en las demás cubiertas y hasta hacinados en la
sentinas. Pero todos compartiendo el mismo destino final, el naufragio. De momento,
debido al calentamiento global numerosas islas del Pacífico, incluso multitud
de ciudades costeras están condenadas a ver desaparecer sus respectivas líneas
de flotabilidad, sobrepasando también la metáfora, literalmente, bajo el agua.
Insisto, ¿cuál es la línea Plinsoll terráquea? Para alguna
escuela de ambientalistas y ecología aplicada, con los Ehrlich a la cabeza, esa
frontera límite es la demografía. Somos muchos, demasiados y, sobre todo,
aumentamos demasiado deprisa en un bucle de retroalimentación positiva de bola
de nieve. Cuando yo nací se acababa de sobrepasar ligeramente los 2.500
millones de habitantes; hoy somos 8.000.
A ese crecimiento solo hemos asistido los contemporáneos míos,
nunca antes en la historia de la Humanidad, espero que tampoco después. Para otros
se trata más bien del excesivo consumo de recursos no renovables y renovables
pero explotados por encima de su capacidad de reposición, por lo que a todos
los efectos se convierten en no renovables. Consumo de recursos, sobre todo
energéticos, y su pareja producción de desechos. Uniendo esos dos aspectos
vemos que lo verdaderamente relevante es el consumo de recursos per capita e idénticamente la producción de residuos. Lo relevante es que no
es homogénea. Aproximadamente —las estimaciones no coinciden exactamente, pero
sí su orden de magnitud— un 20 por ciento de la humanidad consume el 80 por
ciento de los recursos y produce un porcentaje similar contaminante. Para ser
coherente, si de controlar la población por su impacto en el planeta se
tratara, habría que hacerlo con esa población más rica y despilfarradora… que
crece demográficamente poco, porque el mejor control de crecimiento de
población es precisamente la riqueza, y el mayor motor de explosión demográfica
es la pobreza.
La dichosa línea Plinsoll hay que marcarla con varios tintes.
Uno es el de la pobreza crónica, incluso dentro del mundo rico plagado de
pobres, aunque la mayoría, la que subsiste para entendernos con unos pocos dólares
diarios, se concentra en ciertas zonas del planeta en latitudes más cortas, el
África subsahariana, la América tropical, en tanto que otras, como Asia Central
y tropical, han prosperado. Hace tan solo poco más de 50 años la riqueza de
África era comparable a las regiones tropicales de Asia, pero mientras esta ha
prosperado, África se ha estancado con rentas medias que cubren apenas los
gastos mínimos para sobrevivir. Y como el pescado caro, aún nos extraña que
tantos jóvenes arriesguen su vida para llegar a Europa o a Estados Unidos. El intercambio
desigual y la subsiguiente pobreza endémica de tantas regiones de la Tierra no
es una secuela indeseable e indeseada del actual orden económico internacional,
sino parte indisoluble del propio sistema. Las sociedades del Occidente rico
tienden a considerar que la ayuda exterior es una donación a fondo perdido (y
no una reparación parcial de una injusticia previa). Pero bien gestionada, y
eso es mucho decir, esa ayuda es ni más ni menos que una inversión, que
aportará beneficios a largo plazo, por ejemplo, en forma de regulación y
ralentización de los flujos de inmigrantes del Sur al Norte; inversión como la
que se produjo en Europa y Extremo Oriente tras la Segunda Guerra mundial. En
lugar de esa caridad interminable de mala conciencia.
Hay otro empobrecimiento severo, aún más irredento: la
pérdida de la biodiversidad planetaria, la extinción masiva de las especies que
nos acompañan a un ritmo varios cientos de veces superior al natural, que junto
al mal llamado cambio climático y la destrucción irreversible del territorio y
sus hábitats alteran la “base” de todo el resto de recursos naturales y, por
ende, de nuestras sociedades. No se trata, como creen algunos, quizás muchos,
de un tema más o menos ético y romántico, de “conservar y proteger” la
naturaleza. Lo que está en riesgo es la propia viabilidad de nosotros mismos
como especie tecnológica consumidora de recursos, como civilización. Lo que se
entiende por ‘naturaleza’, más o menos empobrecida, seguirá adelante. De una
forma clara, la reducción drástica de la biodiversidad es el fusible de todo
este tinglado, si lo fundimos, nos quedamos a oscuras ¿Se entiende, no? Esta
sexta gran extinción es infinitamente más veloz (miles de veces) que las cinco
anteriores de remotas épocas geológicas, no dará tiempo a que se recuperen
los ecosistemas y surjan nuevas especies. No permitirá la recuperación
aceptable para soportar nuevas las sociedades humanas. Será irreversible. Moriremos
de éxito.
Hay soluciones, cada vez más urgentes. Menos carbono para ser
quemado y liberado a la atmósfera, mayor eficiencia energética…menor consumo o
despilfarro, menos emisión de residuos. Empezando por el sector energético,
ahora que se nos quiere vender como “verdes” la energía nuclear y la quema de
gas. Por cada 100 unidades de carbón empleadas en una central de las que por
fortuna se están desmantelando, se perdía un 70% en la propia central, un 9% en
las líneas de transmisión y distribución, etc.… Al final de esas 100 unidades
de origen tan sólo 9,5 estarían disponibles.
Ante todo conviene eliminar la idea de que el llamado medio
ambiente (estúpida redundancia en nuestro idioma) es un sector independiente
del político y el económico. Lo bueno para la naturaleza es bueno para
nosotros, ya que es esa una dicotomía falsa: somos naturaleza. Los dioses, y
especialmente las diosas, desde la Virgen del Carmen a la Naturaleza, son
metáforas, y esa última metáfora, válida como recurso lingüístico, pero falsa
literalmente, ha hecho que nos separemos mentalmente de ella, como de las demás
diosas, aunque la rindamos ñoños tributos, la adoremos sin respetarla en el
fondo, o confinándola a reductos, resorts ecológicos. No, el medio ambiente es
donde habitamos nosotros, es la línea Plinsoll que marca la flotabilidad de la
nave Tierra. No es la guinda del pastel económico, del horno político. Todos estamos
embarcados en ella, aunque no conviene olvidar que una minoría, embebidos en su
codicia ignorante, decide el rumbo y la carga, como aquellos desalmados
armadores decimonónicos.
Y hablando de barcos, como dice Annie Proulx, excelente
novelista canadiense, “Nadie cuelga en la pared la foto de un petrolero”.
Bueno, casi nadie. De hecho, hay gente
que cuelga cabezas de animales muertos de sus paredes.