Para Paola, a la que no pude enseñar mi paraíso
De niño mi campo de juegos era un bosque de hermosos árboles
salpicados de bloques de granito que tenían nombres propios, el elefante, la
cabra, la casa y la ardilla. Los árboles eran pinos piñoneros (Pinus pinea), la conífera frutal más
importante de Eurasia, propia del ámbito mediterráneo, bien arraigada sobre los
suelos ácidos de la arenización in situ de la roca cristalina del macizo oriental
de Gredos, en la cuenca del río Alberche. Ahí estaba mi paraíso que compartía
con mi pandilla, las ardillas y las garduñas, el águila imperial y el buitre
negro. Si cierro los ojos, aunque me encuentre en una habitación cerrada de una ciudad de cemento y cristal de millones de habitantes, siento como camino por los senderos cubiertos de agujas de pino y restos de las cortezas que usabamos para construir barquitos de vela que botabamos en los regatos. y que adelantaban a los cachuelos y las bermejuelas que pululaban en sus cristalinas aguas. No pude tener mejor infancia aunque me hubieran concendido una mansión con piscina y campos de tenis. Mi infancia son esos recuerdos adánicos. Hoy ese paraiso está asfaltado y cementado por banales urbanizaciones que atraidas por sus belleza la han destruido paradójicamente. Yo pago mi antigua deuda infantil sumergiéndome en los pavorosos y fiables informes que leo en Internet, Es una tarea aterradora.
La biología, la ciencia de la vida —una noción difícil de
definir pero fácil de identificar, salvo en esos seres intermedios que tanto
dan que hablar últimamente, los virus— tiene muchos niveles de organización,
desde el nivel atómico de la biofísica hasta el nivel más holístico del conjunto
de la biosfera. El descubrimiento reciente más importante, oculto tras los de la
genómica y los niveles más ínfimos, en los niveles más altos, es el realizado
por Suzanne Simard, una ecóloga forestal de la Universidad de la Columbia
Británica, según el cual los bosques no están formados por árboles aislados,
sino que estos están comunicados, realmente unidos, compartiendo recursos e
información a través de intrincadas redes subterráneas que recorren todos los
ecosistemas, aupados en las redes fúngicas que a través de las raíces conectan físicamente
todos los árboles entre sí, hasta el punto de que el daño producido por un
parasito, un rayo o un hacha en un solo ejemplar es comunicado al resto de individuos que así se preparan para evitarlo. Estos supraorganismos,
los bosques son esenciales para nuestra supervivencia, no sólo como ‘pulmones’
que suministran oxigeno y absorben CO2, sino como hábitats de
numerosas especies, su biodiversidad que es el colchón que aún sentimos ajeno pero que es propio. En un planeta que se calienta
aceleradamente son nuestra mejor oportunidad.
Sin embargo, los bosques están en peligro. En todas partes,
de muchas formas, pero en general todas por causas humanas. Es un mal momento
para los árboles, quizás el peor desde hace cientos de millones de años. El planeta
ha perdido una tercera parte de sus bosques en los últimos 10.000 años, desde
el Neolítico, cuando el hombre dejó de ser una especie peculiar de primate para
convertirse en la hegemónica en la tierra, con una capacidad de transformación
inédita. No sólo los talamos para conseguir madera, un recurso que deberíamos
abandonar totalmente, sino para hacer sitio a cultivos, pastos para el ganado y
para construir nuestras ciudades. El propio cambio climático esta acabando con
ellos, aunque detrás de ese cambio seguimos estando nosotros con la quema
inmoderada de combustibles fósiles, es decir, los restos reducidos de las
biosferas del pasado.
En California están desapareciendo vetustos gigantes de cinco
siglos de antigüedad y más de 60 metros de altura, las secuoyas y los abetos de
Douglas. Solo los incendios de los últimos dos años han acabado con el 20% de
las mayores secuoyas, algunas milenarias. Y los incendios, incentivados por el
calentamiento global, no hacen más que aumentar.
En Australia, 39 millones de mangles, esos árboles a medio
camino entre el mar y la tierra, capaces de soportar la sal y proteger de los
embates marinos, han desaparecido. Han muerto de sed en medio del calentamiento
global y fenómenos climáticos como El Niño les han dado el golpe de gracia al
provocar descensos temporales de casi medio metro del nivel del mar que secaron
sus raíces. En Rusia, en 2021, ardieron 8,4 millones de hectáreas de bosque
boreal, la taiga; una superficie que duplica la de Alaska. Liberó de paso el
carbono antiguo del permafrost, la capa permanentemente helada del subsuelo. Ese
bosque son ahora praderas. En Brasil primero llegó la sequía, luego el granizo
devastador, junto a los intereses madereros y mineros, el mayor pulmón del
planeta, junto a los océanos, fue herido mortalmente. Desde 1990 se han talado
en el mundo más bosques que toda la superficie forestal de Estados Unidos. Y es
probable que todas las mortandades y pérdidas de bosques boreales y tropicales
estén infracuantificados. Su carbono antes retenido está ahora en la atmósfera,
incrementando el efecto invernadero, el calentamiento y generando una
retroalimentación positiva, un efecto bola de nieve que parece ya imparable.
Cada región del mundo se enfrenta a problemas específicos, como la mortandad de
encinas y alcornoques en España, pero la amenaza forestal es general y
planetaria.
La Tierra ha perdido un tercio de sus bosques en los últimos 10.000
años, pero la mitad de ellos solo desde 1900. Sin embargo, en todo el mundo la
deforestación ha disminuido hasta tocar techo en 1980. Hay muchos proyectos para mejorar la situación, desde las obvias pantaciones a la ingeniería genética para crear individuos resistentes al calor e incluso al fuego, pero la medida más eficaz es dejar a los bosques en paz. Ellos saben como actuar mejor y se lo cuentan unos a otros y a nosotros si sabemos escucharlos y si sabemos actuar en consecuencia y atajamos ese explosivo que es la mezcla de codicia extrema e ignorancia no percibida. ¿Los oímos?