sábado, 4 de marzo de 2023

Autodefe

 

 Soy bajito para mi edad. Es decir, si hubiera seguido creciendo como venía haciendo hasta los 20 años ahora mediría unos seis metros; una auténtica monstruosidad. A cambio, me he vuelto viejo lo que me ha convertido en invisible para los jóvenes, una ventaja y una ignominia, según se mire. Por otra parte, también me margina el que no sólo no soy un nativo digital (creo que son antropófagos), sino que no vivo dentro del móvil, aunque tengo uno. Incluso me creo más listo que mi smartphone con todas sus gigas. Básicamente voy a contracorriente porque no participo ni de la tradición de la incultura ni de este moderno orgullo de la ignorancia; de hecho, a mí siempre me dio vergüenza y procuré corregirla. También me siento incapaz de creer en Dios, así que tampoco voy a creer en las demás gilipolleces. Le doy la vuelta a las cosas, un vicio mío, y por eso pienso que el elemento fundamental de las murallas son sus puertas y que lo que permitió construir rascacielos fue el invento del ascensor. Opino, como algunos, que vivimos en un mundo tan aterrador como amigable (si te toca nacer en un buen sitio) y que es natural que los estancos tengan predilección por las esquinas, aunque yo lo he dejado. Siento la decrepitud propia, la ajena me da igual, y hasta olvido la trama de muchos libros, incluso antes de leerlos. Tengo propensión a recoger flores en los campos de batalla, lo que es casi lo mismo que leer poesía. Sé que el cielo no existe, pero al mirar hacia arriba, algunos días, pienso que lo que veo es lo que más se le parece. Hay un tipo de supuesta sabiduría que no me gusta; la practican banqueros, hombres de negocios y generales de brigada y obispos; es la que dice que sólo el insensato aprende de sus propios errores porque hay que aprender de los errores de los demás (Bismarck). Y no es que yo no sea patriota, es que toda forma de sumisión a una comunidad abstracta merece mi desprecio, pero las láminas de banderas de las antiguas enciclopedias me gustaban mucho. Si tuviera que elegir mi forma favorita de volverme loco —y no otra cosa es la vida— elegiría la de poeta, pero con dinero, no me gusta pasar penalidades. El futuro caduca, pero el destino nos alcanza siempre. Opino lo contrario que el gran místico William Blake que decía que donde el hombre está ausente, la naturaleza es estéril. Qué va, al revés. Lo que pasa es que no entendemos lo endemoniado de este tinglado; por ejemplo, el sexo es efímero, pero sus consecuencias son duraderas. O bien, la vida es corta, pero algunos minutos son muy largos. Y también me alivia saber lo que decía Celestina ahora que mis cumpleaños son una tremenda putada: que “no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más, ni nadie tan joven que no pueda morir mañana” (como la tortuga y Aquiles de la paradoja de Zenón). Que no hay que confundir la justicia con la moral por lo que estar enamorado de alguien no te da ningún derecho sobre ese alguien, y eso es fuente de malentendidos y grandes desdichas para todos los implicados. Que la ciencia no es inapelable porque, al revés que las religiones, no busca la verdad como revelación (aunque a veces pasa), sino como posibilidad. Que tampoco hay que confundir la ignorancia con la inocencia. Y que me gusta ser un gato, pero prefiero a los perros. Y por mucho que lo ignoren las porteras, el pájaro enjaulado no canta de alegría sino de indignación. Como todo o casi todo en la vida, como esquiar, nadar o montar en bici, definitivamente para gozar de una vejez libre hay que empezar a rebelarse  siendo aún joven (Nuria Labarri). Y recordemos que todos los laberintos tienen esa salida, todas las murallas su puerta y todos los enigmas tienen una solución, que es más ramplona que el propio problema.