miércoles, 29 de marzo de 2017

Seamos realistas: no les creamos



La vara de medir trucada del capitalismo

Un pronóstico. Si los catalanes consiguen la independencia, cosa que dudo, lo primero que harán es lo mismo que cualquier nueva nación: crear una aerolinea nacional, un ejército y empezar a medir el PIB. Midamos el dichoso PIB; hay tres clases de mentiras: pequeñas mentiras, mentiras gordas y estadísticas. Pero a pesar del dictamen irónico de Disraeli, hay que basar las decisiones en información y cifras fiables; sólo que las que manejan los capitalistas no lo son.

Los neoliberales supuestamente pragmáticos se empeñan en ver la sanidad y la educación, los dos elementos básicos del estado del bienestar en las sociedades avanzadas, más como negocios que como derechos. En consecuencia se empeñan en dirigir los hospitales y las escuelas como fábricas, invocando la eficiencia y la productividad. Es una falacia, además de una injusticia y una fuente de desigualdad.

Cuando Mozart compuso en 1782 su cuarteto de cuerda número 14 en sol mayor (K 387) se necesitaban cuatro personas para interpretarlo. Doscientos años más tarde, hoy en día, se siguen necesitando cuatro personas. Incrementar la capacidad productiva de nuestro violín sólo se consigue tocándolo más deprisa, pero entonces alteramos negativamente la pieza. Algunas cosas en la vida, como la música (y en general todas las intangibles que merecen la pena en una vida plena) se resisten a alcanzar mayor eficiencia. Podemos fabricar productos con mayor eficiencia, a través de las máquinas, pero otras cosas no, como el arte, la atención sanitaria o la educación. Los países con altos niveles de bienestar, como los escandinavos, tienen un sector público grande, porque sus gobiernos subvencionan sectores donde la productividad no puede incrementarse simplistamente. Se pueden fabricar coches o neveras de forma más eficiente, pero las lecciones de literatura o los chequeos médicos (auxiliados por aparatos) no pueden hacerse más eficientes de forma simplista.

La enfermedad de los costes de Baumol, en referencia al economista William Baumol, sostenía en los años sesenta del pasado siglo que los precios en sectores de trabajo intensivo como la atención sanitaria y la educación aumentan más deprisa que los precios en sectores donde la mayor parte del trabajo puede automatizarse. Entonces, ¿por qué llamarlo enfermedad y no oportunidad? Porque cuanto menos tiempo dediquemos a la fabricación, cuanto más eficientes sean fábricas y ordenadores, más tiempo tendremos para dedicarlo a la sanidad y la educación o el arte. Según Baumol, el principal impedimento era la invocación falaz de no poder costeárnoslo. Una falacia muy terca y constantemente invocada por los neoliberales. Por otra parte, la educación y la sanidad no son simples gastos, sino inversiones, el mayor capital de un país es la de unos ciudadanos educados y sanos. 

Los costes de la educación y la sanidad no harán más que subir. Y la contabilidad grosera del tipo PIB no tiene en cuenta que por cada euro ganado por un ejecutivo publicitario, se pierden siete en forma de estrés, exceso de consumo, contaminación y deuda, pero por cada euro pagado en recogida de basura se crea el equivalente a doce en salud y sostenibilidad.

El sector público aporta enormes beneficios ocultos no contabilizados que los negociantes ignoran; es más, como sostenía Baumol, podemos permitirnos mayores gastos en educación y sanidad; lo que no podemos permitirnos son las consecuencias de los costes decrecientes de un país de analfabetos y enfermos. La afirmación de que 'la economía está creciendo, por consiguiente nuestro país va bien' no es exacta ni de lejos. Tan absurdos son los objetivos de una economía impulsada por el rendimiento como la planificada de planes quinquenales de la extinta por fortuna Unión Soviética. Las cifras de producción de una hoja de cálculo no reflejan para nada el verdadero valor de la vida. La productividad es para los robots, la de los humanos es la de “perder el tiempo”, experimentar, crear y explorar. Gobernar en función de números tan arbitrarios es la platilla de los políticos mediocres que acatan los dictámenes de una economía aún más  ideologizada que ellos y menos “científica” de lo que suponen. Países gobernados por tristes ignorantes que dan por hecho que nada se puede cambiar y sólo queda administrar —gestionar como ellos dicen— una realidad supuestamente inamovible.
                                                    
                                            Pidamos lo (im)posible                  


El objetivo del futuro es el pleno desempleo, para que podamos jugar. ARTHUR C. CLARKE
Hace un tiempo se le preguntó a un gran especulador si creía en la guerra de clases y contestó que por supuesto, y que la estaban ganando ellos, los ricos. El socialismo democrático, la socialdemocracia se ha convertido en el bando perdedor frente a los vencedores llenos de nuevas ideas viejas, los capitalistas. La socialdemocracia era originalmente la vía democrática al socialismo, pero se ha convertido a una suerte de capitalismo compasivo que sólo reduce los síntomas sin atacar la enfermedad, como esos malos médicos pastilleros que tratan a las grandes figuras del espectáculo y acaban matándolos. El bando perdedor debería dejar de regodearse en su superioridad moral, que de nada sirve a los pobres, abandonar ideas trasnochadas, dejar de rendir tributo a la energía empecinada y a la indignación, y buscar ideas y esperanza, retomando la única convicción política valiosa: que existen caminos mejores, que la utopía no es sólo posible sino necesaria y urgente.

No nos tomarán inicialmente en serio. Pasa con todas las ideas nuevas, como la renta básica universal, la semana laboral más corta y la erradicación de la pobreza. Pero el mayor capitalista de riesgo de la historia son los gobiernos y todas y cada una de las innovaciones revolucionarias de este mundo están financiadas por los contribuyentes, desde los teléfonos inteligentes a los robots o Internet. Cuando nos replican que somos poco realistas (porque pedimos lo ‘posible’) lo que se nos está diciendo de verdad es que no encajamos en el estatu quo, el que les favorece a "ellos". Al fin y al cabo, la mejor forma de hacernos callar, vista la ineficacia a medio plazo de la censura, es hacernos sentir tontos, para que la gente mida sus palabras ante esos listos tan tontos que se enriquecen a nuestra costa.

Eso ha pasado con la nueva idea de la renta básica universal. Pero cada vez pasará menos y será más aceptada. Finlandia y Canadá han anunciado experiencias a gran escala en este sentido. Se está extendiendo rápidamente en Silicon Valley; Give Directly está promoviendo un gran estudio de renta básica en Kenia; en Suiza se realizó un referéndum sobre el tema en junio de 2016 que se perdió, pero también se perdió el del voto femenino en 1959 que luego se ganó en 1971. Así que las batallas perdidas inicialmente son los inicios y no los finales de la guerra a ganar. Hay que apagar la tele y mirar alrededor y no dejar que los poderosos hablen por nosotros, idos acorazando, como hicieron los que abolieron la esclavitud, consiguieron el sufragio femenino y la eliminación del trabajo infantil en las minas y fábricas, la separación de la Iglesia y el Estado o el matrimonio entre personas del mismo sexo. La historia terminó dándoles la razón.





Pequeño cuento de cumpleaños




Un pajarito exhausto se posa en las jarcias de un velero que va huyendo de la tormenta que se aproxima. El pajarito no es un ave marina de las que saben enfrentarse con las inclemencias oceánicas, sino una avecilla de tierra adentro, probablemente migradora a la que los vientos han alejado de su ruta. El hijo del patrón captura al moribundo pajarillo y lo instala en una cajita rodeada de papelitos a modo de nido en el camarote y le da agua en el pico y miguitas de pastel. Poco a poco el pájaro revive. Entretanto la tormenta llega, azota el barco, los tripulantes temen no conseguir arribar a puerto seguro. Mientras el pajarito, ya revivido, revolotea entusiasmado por el camarote hasta que sin más sale por una escotilla abierta y la galerna le arrastra contra el oleaje furioso y esta vez muere. El barco llega a puerto con un niño entristecido y sin el pajarito. El pajarito somos nosotros, las víctimas de las tormentas del capitalismo desregulado y especulativo; el niño pongamos que son las ONG de ayuda y el barco y su patrón son los gobiernos. Podemos intentar no salir a volar cuando se anuncian tormentas. Podemos no salir a navegar en tiempo borrascoso. Pero lo mejor es impedir que haya tormentas. Ah, pero es que las tormentas se suceden siempre mientras haya un clima capitalista



lunes, 27 de marzo de 2017

DINERO GRATIS PARA TODOS




El dinero es mejor que la pobreza aunque sólo sea por razones económicas. WOODY ALLEN
Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas - ¡Dios me perdone! - sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes. UTOPIA. TOMAS MORO

Decía Oscar Wilde que el progreso es la realización de utopías, y añadía que ningún mapa del mundo está completo ni merece ser consultado si no incluye la famosa isla de Moro. En su contra Utopía tiene la responsabilidad de haber generado las más terribles sectas fanáticas, sobre todo en el pasado siglo en forma de fascismos, nazismos y comunismos. El problema a mi juicio es estrictamente filosófico y radica en resolver qué significa realmente vivir bien. Eso implica reivindicar la verdadera y vieja sabiduría; la aplicación del conocimiento a la propia vida; esto es, valorar los fines por encima de los medios, aunque estos sean la democracia o incluso la libertad (que también convendría definir). La única forma de que el presente sea aún más sombrío que como lo presentan las noticias es que no alberguemos la esperanza de mejorarlo. Entonces probablemente descubramos que no es una utopía lista y acabada (prêt-à-porter como las de los fanáticos del pasado siglo) lo que necesitamos, sino más simplemente un mundo donde la imaginación y la esperanza sigan activos.

Una de las utopías que han surgido últimamente y que me gusta es la de la Renta Básica Universal (la escribo así, con mayúsculas, porque creo que lo merece más que, por ejemplo, la frústrante e inane Organización de Naciones Unidas). Entiendo por tal dinero gratis para todo el mundo (una idea que, por cierto, ya estaba en la Utopía de Tomas Moro), una suerte de vía capitalista al comunismo y no restringida a países ricos o a franjas de edad, sino auténticamente universal. Creo que es factible y mucho menos onerosa que los gastos que devienen de la pobreza, mucho menos paternalista que los hogares sociales o las limosnas, y mucho menos contraindicada que los supuestos temores de holganza o dependencias. Estoy dispuesto a discutirlo, aunque, vistos los escasos comentarios en acusado descenso que voy teniendo, no creo que se produzca ningún debate aquí.

Al igual que la despenalización de las drogas desde la absoluta evidencia de que es su prohibición la que genera la inmensa mayoría de los problemas de salud y delincuencia, este sueño no puede implantarse de buenas  a primeras sin una cuidadosa planificación, estudios previos y ensayos locales con retroalimentación para corregir defectos, pues lo contrario sería probablemente desastroso. Hay que comenzar las utopias sin bolchevismos, con dimensiones modestas y cambiando el mundo lentamente (aunque luego los cambios nunca son tan lentos; digamos que apostamos por la evolución, no por la revolución). Ya se hizo hace unos años un experimento de esta naturaleza con 13 vagabundos en Londres a los que un equipo de investigadores les suministró 3.000 libras sin preguntas. Fue un éxito, rentable económicamente (sí, rentable comparado con los gastos de los servicios sociales ahorrados), que los pobres, contradiciendo la idea de que no saben administrase o que derrochan, superaron. Pero es muy difícil cambiar repentinamente la manera de abordar problemas (aparte de los intereses creados por abordarlos de la forma convencional), que exigen modos de hablar y de pensar diferentes. Y es que la pobreza sale muy cara si echamos bien las cuentas.


sábado, 25 de marzo de 2017

Textos y contextos



Se sienta junto a mí en el metro una chica musulmana atractiva. Lleva pañuelo en el pelo (hiyab o shayla) pero no velo, está bien ‘dotada’ y debe usar wonderbrá o sostén parecido porque muestra un canalillo de vértigo. Inmediatamente se desentiende de mí y se pone  a jugar con su móvil. El texto puede parecer contradictorio: mostrar recato cubriendo los cabellos, pero desvergüenza, por así decir, exhibiendo las tetas. El contexto es que no estamos en un caravasar en Yemen, sino en el metro de Madrid, y por fortuna la chica puede ir como le dé la gana. Si a ella le complace a mí no digamos.





Una de mis piezas favoritas es la Sinfonía número 45 de Joseph Haydn, especialmente su delicado final. Ese es mi texto. Del contexto me he enterado más tarde. La Sinfonía era un encargo del príncipe húngaro Miklós Esterházy que tenía confinados en su palacio al compositor y los músicos -prácticamente unos sirvientes de sus señores- en el verano de 1772. Todo se alargaba demasiado, hacía calor, los insectos zumbaban, los músicos echaban de menos a sus familias abandonadas en Eisenstadt, pero el príncipe sólo atendía a su capricho de ver (o mejor oír) concluida la obra. En esto que Haydn decidió no sólo concluirla sino dejarle al patrono un mensaje sutil: el adagio final, lo que a mí más me gusta. De forma ordenada, cediéndose el paso con cortesía, cada instrumento va callando, o si preferís, cada músico deja de tocar, apaga la vela de su atril y abandona el estrado. Al final sólo quedan en pie dos violines, cuenta la leyenda que uno de ellos tocado por el propio maestro. Esterházy entendió el mensaje y le gustó la conclusión. Obra acabada. De Haydn, austriaco al servicio del Imperio austrohúngaro y de húngaros como los Esterházy, se cuenta que nunca traspasó los límites de su patria. Aislado así de otros músicos y tendencias toda su vida estuvo, “forzado a ser original”.




El Gran Cerdo Tártaro y la Gran Cerda Nacional se dan la mano; ambos comparten la misma ideología porcina: la basura, la mierda alimenta, la mentira engorda, el odio al débil infla, las campañas continuadas del uso de datos falsos, bombas de distracción masiva que actúan para no centrarse en los verdaderos problemas y que afirman que todo problema complejo (que para ellos es sencillísimo) tiene una solución sencilla. Negar los datos, negar los hechos, destruir al oponente, no convencer sino vencer, usar el miedo, producir ignorancia (agnotología). Por cierto, en un sentido fisiológicamente profundo, el cerdo es el animal que más se asemeja al hombre.



Ser europeo me hace sentir afortunado, pero soy un euroescéptico, aunque no a la manera habitual, porque, por el contrario, no sólo no soy nacionalista, sino que odio los nacionalismos, especialmente los nacionalismos europeos que se oponen a Europa. En realidad soy europesimista; es decir, creo que una Europa unida es tan deseable como inviable; y una cosa es desear una cosa y otra distinta que eso la haga más probable. Pero me siento europeo, un europeo entusiasta, cosa que no me hace sentir el ser español. Lástima que una Europa verdaderamente unida sea algo demasiado improbable.