sábado, 18 de noviembre de 2017

Mi casero, un maldito catalán




Mi casero, un maldito catalán con numerosos inmuebles en Madrid, no me permite instalar una discoteca en el piso que le tengo arrendado en la segunda planta pese a que una encuesta entre mis amigos demuestra una abrumador apoyo a la idea y sólo los rencorosos vecinos del rellano se oponen aduciendo que hay que cumplir la ley, en este caso, el contrato de arriendo. No contento con restringir mi sagrada libertad, me ha soltado este sermón:



“Los contratos rigen todos los campos de la ley, no sólo la de arriendos urbanos. Cuando elegimos vivir en sociedad, lo hacemos con arreglo a un contrato y nos comprometemos a respetar las reglas que dicta ese contrato (la Constitución en sí es un contrato, aunque modificable, y en la cuestión de hasta qué punto es modificable es donde se entrecruza la ley con la política); bajo los términos, explícitos o no, de ese contrato nos comprometemos por tanto a no matar, a pagar nuestros impuestos y a no robar. Pero en este caso somos sus creadores y estamos atados por él: como ciudadanos de este país, desde que nacemos hemos dado por hecho la obligación de respetar y acatar sus términos, y lo hacemos o deberíamos hacerlo a diario.” (*)



Yo le respondo que tengo el apoyo abrumador de mis amigos, a los que he hecho una consulta democrática (**) a la que no han querido concurrir los rencorosos vecinos del rellano. El tema está enconado, y no por mi culpa.

(*) Disculpad, si los improbables juristas que me lean consideran que este párrafo no es de recibo en teoría del Derecho, no es culpa mía, sino de mi casero, que va de listo y legal 

(**) Entusiasmado por el sano ejercicio de votar, donde estoy convencido que reside la esencia de la democracia, ya estoy planeando un par de referendos más: uno para que deje de ser delito la violación en grupo en el caso de que la supuesta víctima esté buena de verdad (caso de la vecinita del tercero) y otra para reimplantar la pena de muerte en el caso de caseros intransigentes.

jueves, 16 de noviembre de 2017

El olvidado arte de invertir el mundo



Aún hoy, aunque ya muy de tarde en tarde, sigo haciendo fotos. Vengo haciéndolas desde mi lejana juventud. Se puede decir que es uno de mis amores más duraderos. Y sin embargo, la reciente libertad que ha supuesto el por lo demás magnífico invento de la fotografía digital, de alguna forma, quizás antidemocrática y elitista, me ha distanciado de ella. En mí anida un reaccionario, un conservador en su sentido más puro y menos ideológico. De ahí que rechace en parte al libro electrónico a favor del de papel, el móvil frente a los teléfonos anclados en la pared, las motos que se podía reparar uno mismo o la fotografía analógica que dependía de la obtención de negativos y que marca su verdadero origen por encima de Daguerre, Nadal o Niépce. Fue Talbot, que depositó una tarde de verano junto al lago de Como unas hojas de árbol (no se de qué especie, quizás ese culantrillo de pozo, el helecho que ilustra este post y que también es obra de este pionero) sobre unas laminas de papel que habían estado inmersas en nitrato de plata y las dejó al sol. Se crearon así las sombras, los negativos, de esas hojas que luego pudieron positivarse y por tanto, reproducirse indefinidamente. Era un época hermosa que venía desde la Ilustración del XVII y que no anteponía sino que completaba el arte con la ciencia.

Pero lo que añoro no es sólo la intangible calidad diferencial de un positivo a partir de un negativo (como el sonido de un LP en un tocadiscos frente a un CD, o la textura y el olor del papel frente a la frialdad de la pantalla). Ni las tardes encerrado en el cuarto oscuro revelando y remedando a un alquimista. Es algo más sutil. William Henry Fox Talbot al inventar el negativo fotográfico merced a esa serendipia olvidadiza, no sólo descubre la tarea de dibujante exacto del Sol (literalmente heliograbado), que podrá atrapar esas sombras mediante una camera obscura y fijarlas con unas sales, sino que ‘revela’ (permitid el juego de palabras) la metáfora de la inversión, el espejo con el que la realidad encuentra su opuesto sumergido. Inversiones, sombras, invisibilidades. La fotografía es el arte de jugar con el momento, con el tiempo, y para eso es necesario darle la vuelta a lo que te señala demasiado obviamente.

Con el progreso técnico hay siempre un proceso de suma cero que hace que parte de lo que se gane se pierda por otro lado. El caso extremo es cuando una tecnología sustituye totalmente a la anterior, a veces para bien y a veces no tanto. Y a veces se equivocan los pronósticos, por ejemplo, una vez que se anunció que el e-book y demás dispositivos electrónicos de lectura en pantalla conducirían a la muerte del libro de papel tradicional, lo que ha sucedido es que nunca como ahora se ha editado tanto y tan bien papel. (En los inviernos de mi infancia los niños íbamos con las rodillas peladas de frío con nuestros exiguos pantalones cortos y las medias colgando de los tobillos. Pero no contemplábamos los ambicionados pantalones largos como una comodidad añadida sólo al alcance de los mayores, sino como un ascenso social, que además te quitaba el frío de las piernillas. Ahora los niños van con pantalones largos desde su tierna infancia y los adultos se ponen pantalones cortos siempre que pueden).


martes, 14 de noviembre de 2017

Arte callejero en Bruselas, pero... la vida es demasiado corta para ser (sólo) catalán












El monigote que falta, lo habéis adivinado es el de Puchi (Puigdemont), pero dudo mucho que él  haya paseado por este barrio tan interesante y que, paradójicamente, junto a tanta creatividad mural atesora (es un decir) la mayor concentración de fanatismo islamista de toda Europa: el barrio de Molenbek.


El nacionalismo es una tontería cimentada en sentimientos exaltados, como asesinar a la pareja. Aunque eso se queda corto, no es tan fácil. Detrás del independentismo se ocultan intereses, como la pugna por unos millones de súbditos/contribuyentes o el deseo de convertir en paraíso fiscal el territorio de salida por el Mediterráneo de España. Luego están los que quieren convertir la insumisión en una algarada permanente y les va bien cualquier causa, aunque se trate de sustituir a las vacas por cabras en la India como animales sagrados. Los nacionalismos, vino a decir don Pio, se curan viajando. Estoy de acuerdo, pero, ojo: viajando, no haciendo el turista accidental y acci... letal. Churchill dijo que la vida es demasiado corta para aprender alemán, yo creo que la vida es demasiado corta para ser (sólo) catalán.