lunes, 20 de febrero de 2017

El viaje a ninguna parte (primera parte)





No se oye nada. Es decir, no se oye una voz humana, ni un motor, sólo el viento, el rumor de la lejana arboleda y el quejido de los grajos. No se sabe si el cielo está muy bajo o es la tierra la que está alta, pero el cielo desempeña un papel exagerado en todo esto.

65.000 kilómetros cuadrados, el doble de superficie que Bélgica o el triple que Eslovenia, que no aspiran a un estado propio sino a algo más esencial: a volver a tener habitantes. Es una periferia de la periferia de sierras y parameras. Es un país, o muchos, pero no una nación, abarca la periferia de cinco de las artificiosas o naturales comunidades autónomas españolas, con grandes partes de las provincias de Soria, Teruel, Guadalajara, Cuenca, Castellón, Valencia, Zaragoza, Burgos, Segovia y La Rioja en torno al Sistema Ibérico y las serranías Celtibéricas. En algún distrito de Hong Kong se acumulan 130.000 habitantes por kilometro cuadrado; Manhattan ‘sólo’ 27.000, La Comunidad de Madrid, 800 y la media de España es de 92. Esta inmensa región tiene una densidad de 7,34 habitantes por kilometro cuadrado. La comarca de Molina de Aragón y los Montes Universales no alcanza ni un habitante por kilometro cuadrado. Estoy en el centro de un atolón demográfico: la Península Ibérica está densamente poblada en sus bordes marítimos, rodeando un vasto océano sin hombres, salvo el anómalo cáncer metropolitano de Madrid y sus suburbiales ciudades satélites.

Para encontrar un desierto similar habría que viajar miles de kilómetros al norte, hasta el círculo polar; por eso, un periodista valenciano ha bautizado este enorme espacio como la Laponia española. Sin renos. No es una comarca, ni una región, es un gran trozo anómalo del planeta al que apenas rozan esos miles de millones de humanos. Un planeta ni azul ni verde, sino ocre y marrón, hermoso y desolado. El astronauta echa su vista atrás hacia su nave abandonada bajo un nogal junto a una tinada derruida y comienza a caminar hacia ese horizonte vacio.

Antes de que acabe el invierno me he propuesto recorrer con mi perro este vacío. Llevaré agua y provisiones. Hablaré solo o con la gente que me encuentre, siempre escasa y singular.

jueves, 16 de febrero de 2017

Independentistas catalanes versus sufragistas





Los independentistas catalanes que claman porque se les permita votar en ‘su’ referéndum deberían tomar nota del buen ejemplo de las sufragistas de comienzos del siglo pasado y su aparentemente similar lucha por conseguir que también les permitieran votar. Es una similitud engañosa: las sufragistas no querían conseguir votar ‘como’ mujeres, sino como ciudadanos, o a pesar de ser mujeres, pero los independentistas quieren votar como catalanes, no como ciudadanos, con un voto y una actitud étnica que a mí no me parece especialmente democrática. Al fin y al cabo, votar bajo determinadas condiciones sólo es un ritual y su sentido democrático se lo da el contexto, cuando más inclusivo mejor.

sábado, 11 de febrero de 2017

La exclusividad del hombre






Santiago cae por la borda. Pangloss detiene a Cándido cuando se dispone a saltar al mar para salvarlo, aduciendo que la bahía de Lisboa ha sido hecha expresamente para que Santiago se ahogara en ella. Atrapados por la brillante dialéctica de Platón/Sócrates y prejuiciosos por la apropiación de Aristóteles por las doctrinas tomistas, a veces infravaloramos la perspicacia de éste. Muchos siglos antes que el doctor Pangloss de Voltaire se burlara de la opinión de que una nariz oportuna estuviera 'diseñada' para sujetar unos anteojos, en Su Physicae Auscultations (Libro III, capítulo 8), Aristóteles señala que la lluvia cae tanto para hacer crecer la mies como para estropear el grano en la trilla;  es decir, que no cae por ninguna de las dos razones. “De igual modo, ¿qué impide a las diferentes partes del cuerpo tener esta relación puramente accidental en su naturaleza?, como los dientes, por ejemplo, crecen por necesidad los de delante afilados, adecuados para cortar, y las muelas, planas y útiles para masticar la comida, pues no fueron hechos para tal fin, sino que esto fue resultado accidental, como ocurre a otras partes en que parece existir una adaptación a un fin.”

Los grandes simios, los delfines, los elefantes y los pulpos y las sepias, además de los humanos, parecen tener una autoconciencia, una consciencia del yo, según la moderna neurociencia, la psicología animal y la etología. Todos ellos tienen cerebros grandes en proporción al conjunto de la masa corporal, pero salvo en el caso de los antropoides, no hay relaciones evolutivas estrechas entre ellos, por lo que debemos concluir que la aparición de una inteligencia de tipo humano, que se proyecta en el futuro y hace previsiones a partir de experiencias del pasado, que es, por tanto, capaz de aprender y desarrollar ‘culturas’ transmisibles al margen de los proceso instintivos, es una adquisición que se ha realizado varias veces de forma independiente y no un destino manifiesto. 

Por otra parte, la mayoría de las adquisiciones del Homo sapiens, desde las meramente anatómicas, como el andar erguido, hasta la oposición en pinza de precisión del dedo pulgar con relación al resto, o la versatilidad de la muñeca capaz de movimientos muy libres de los brazos se pueden encontrar en otras especies; por ejemplo, el panda gigante ha conseguido un 'falso' pulgar a partir de los huesos de la muñeca y también es capaz de manipulaciones delicadas de objetos, como finos tallos de bambu. También la fabricación de herramientas, la territorialidad (y las fronteras), la ayuda entre congéneres, el uso del fuego, ya estaban presentes en homínidos ancestros y ramas extinguidas de otros humanos. La exclusividad del hombre es en ese sentido muy prosaica, la de haber estado en el momento oportuno en el lugar adecuado cuando cambiaban las condiciones ambientales, en concreto las sucedidas durante el pleistoceno en forma de glaciaciones y periodos más breves y bonacibles, y, por ahora, debido a eso, no haberse extinguido como si lo hicieron por ejemplo los neandertales, que de todas formas existieron muchas más decenas de miles de años que nosotros.

Hay quién prefiere definir al hombre negativamente, por su impacto en el resto del planeta y sus seres vivos, pero también esa es una característica más de grado que de esencia potenciada por nuestra reciente capacidad tecnológica. Incluso formas rudimentarias de política, entendida esta como la organización de jerarquías y la consecución y mantenimiento del poder, las encontramos en chimpancés. 

Buscando no encontramos en el resto de seres vivos trazas de religión o de arte, dos aspectos que parecen exclusivos de nosotros y esenciales para la cohesión y la formulación de sociedades, pero curiosamente hay muchos seres humanos que parecen poder prescindir de ambos. Por lo demás, el hombre no es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra, ni de reconocer que lo hace. Quizás lo que distingue al ser humano del resto de los animales es su obsesión por averiguar que los distingue precisamente de ellos. Eso tiene una parte positiva, la de la indagación, y una negativa, la de la obsesión por situarse en una posición elevada respecto al resto de la biosfera. Un puma sabe que es un puma, reconoce a otros pumas y no le preocupa conocer lo que le distingue de un coyote.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Ejercicio




A la inversa que en la húmedas villas del norte, bien provistas de soportales, en Madrid, instalada en pleno subdesierto, cuando llueve la ciudad se sacude el agua como un perro friolero y lo inunda todo. Una de esas desapacibles tardes, el profesor les pide a sus alumnos que elijan diez palabras que en una catástrofe natural consideren indispensables para comunicarse y poder sobrevivir. El resto del tiempo de la clase, los alumnos que al principio consideraban el asunto bien sencillo, ven que no lo es tanto, van descartando palabras, sustituyéndolas por otras; y en fin, cuando suena el timbre ninguno ha completado la lista. Se les puso completarla como tarea para casa.

Al día siguiente el profesor les pide que lean las palabras. Una compañera mía que tenía por bobalicona dice: comida, agua, casa, nosotros, ustedes, amistad, alegría, tristeza…; era casi idéntica a las mía. Otra añadió vestido y otra padres. Mis compañeros siguieron leyendo, la lista varió poco: dolor, medicina, dinero, miedo.

Cuando me llegó el turno me negué a sumarme al rebaño e improvisé: nada, todo, rescate, peligro, perdón, renunciar, sereno, doméstico, salvaje, animal. El profesor me miró con una mirada que no supe descifrar.

El profesor había ido escribiendo en la pizarra las palabras que leíamos, marcando con cruces todas las que se repetían; las mías quedaron huérfanas en un lateral de la pizarra. Cuando acabó, se dio la vuelta y dijo: “les felicito. De esto trata el lenguaje, de comunicarse con eficacia; ustedes han improvisado un repertorio excelente para sobrevivir, menos Guillermo, —y me miró—, tienen todos ustedes dos puntos más en la nota del trimestre. Guillermo, quédate” Supuse que me había pasado de listo y que iba a suspenderme.

Cuando nos quedamos solos me anunció que tenía un diez. ¿Por qué?, le pregunté. “Bueno —me respondió—, tú sabrás lo que te resulta indispensable para sobrevivir, pero el lenguaje es algo más, en literatura se buscan lenguajes propios, rupturas, y tú lo lograste”. Me dio una palmada en el hombro y salió él primero de clase mientras yo recogía mis bártulos.

Como muchos que llegamos a la enseñanza superior, hasta el doctorado, he tenido multiples profesores, pero muy pocos maestros; este fue uno de esos pocos. Cuando acabó el curso, ese mismo profesor me regaló el viejo ejemplar que aún conservo de Una temporada en el infierno, de Rimbaud. Entendí que sobrevivir es una palabra tan ambigua como todas. No volví a ver a ese profesor; al año siguiente se había marchado del instituto, así que también aprendí que la vida es una sucesión de despedidas y que si terminas arrepintiéndote de algo es más bien de lo que no haces, no de lo que haces. Sigo sin sumarme al rebaño, pero no soy exactamente un escritor.



(Basado en un hecho real)