lunes, 6 de mayo de 2019

No tirar papeles al suelo mientras se cultiva el huerto






Podemos usar una manifestación habitual de civismo como sinécdoque de nuestro comportamiento con el entorno inmediato. Están los que tiran papeles al suelo, y dentro de estos los que lo hacen siempre, mucho o sólo a veces o poco, y los que no lo hacen. Entre los primeros están los que lo hacen involuntariamente, sin darse cuenta, esos incultos, y los que lo hacen conscientemente, esos incívicos; son, por ejemplo, los que si les reprochas su actitud afirman sobrados que para eso están los barrenderos (Bueno, ellos son ‘los que les dan trabajo’, en sus varias acepciones, pero ¿y si no los hay, o sólo de tiempo en tiempo?). Al inicio de la andadura de los verdes alemanes, a comienzos de los años ochenta del pasado siglo, uno de los voluntariosos lemas que se usaban es el de que había que barrer la puerta de uno mismo (nueva metáfora hiperbólica) y así se conseguiría un planeta más limpio para todos. El fallo de esta consigna reside en el mismo error que el de considerar a la especie humana como un parásito de la Tierra y en especial de su Biosfera: diluir la responsabilidad de unos pocos, con capacidad suprema de alterar y dañar el medio, entre todos. A favor tenía el hecho incontestable de que solo con un cambio de los comportamientos individuales a nuestro alcance podíamos conseguir esos objetivos para mejorar la salud del medio. Los incultos de nuestro ejemplo que no se dan cuenta de su mala costumbre se pueden atraer al campo correcto con información y educación, pero los que confían sólo en los barrederos son de la misma estirpe de los negacionistas del cambio climático y de los que creen a pies juntillas que los problemas generados por nuestro modo tecnológico y consumista de vida se solucionan con más tecnología (y más consumo, sobre todo de más tecnología). Los humanos de a pie podemos aportar nuestro granito de arena de ese no tan humilde modo. Sobre todo tenemos en nuestras manos dos aparentemente modestos utensilios: el voto y el consumo. Este último es un instrumento poderoso, porque somos muchos, consumidores lo somos todos en mayor o menor medida; consumistas sólo los que pueden. Esto puede ser “reconducido” por los poderes económicos (redundancia) a una forma de consumo verde de élite, y de paso la lucha a favor del medio ambiente se convierte en una novedosa oportunidad de negocio, desde los paneles solares a los empleos de anticontaminadores o los fabricante de filtros. Sólo el concepto de huella ecológica (ecological footprint), es decir, del rastro que deja cualquier actividad o producto por inocuo que pueda parecer en el entorno, corrige ese maximalismo buenista y diluyente de responsabilidades. Los que afanosamente barren las puertas de sus casas no parecen percibir que tienen casa, escobas y tiempo para limpiar por el simple azaroso privilegio de haber nacido en un país rico que extrae de otras zonas pobres del planeta su propio bienestar. Por eso, mientras no se obligue de algún modo (no sé cómo) a los poderes a reconsiderar su forma de obtener beneficios (esa mezcla explosiva de codicia e ignorancia), es decir, dejemos de diluir sus responsabilidades entre todos, incluidas sus víctimas, el consumo responsable solo será una parte de la boyante economía del negocio ecologista. Nadie discute, supongo, que en una ciudad es mejor, al menos a primera vista, usar tranvías eléctricos como transporte público que vehículos individuales quemadores de derivados del petróleo. Pero a veces se olvida que para generar esa electricidad (sigamos el rastro de la huella ecológica de nuestro tranvía) a lo peor hay que inundar más o menos lejos de nuestra ciudad un fértil valle para construir un embalse que genere energía hidroeléctrica. Pensar globalmente y actuar localmente, otra consigna más afortunada de los Verdes. No tire papeles al suelo, pero tampoco olvide cómo se ha fabricado ese papel que deposita escrupulosamente en la papelera y, aún más importante, si era necesario fabricarlo, porque la austeridad sensata es un paso más allá del civismo. Mejor con menos (mejor para todos, no para ti)

En mi primera juventud, más rebelde que revolucionaría, era más urgente luchar contra la dictadura de Franco que contra el cambio climático, que ni siquiera se había divulgado como problema. Hablo de finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Por cierto, así como el término dictadura se ajusta bien al régimen franquista, por muchos eufemismos que algunos reaccionarios nostálgicos quieran poner en su lugar, lo de ‘cambio climático’ es una expresión tan desafortunada y redundante al menos como la de medio ambiente para traducir el environment. Porque el clima es cambio por definición y funciona como un osciloscopio de ondas amplias (periodos geológicos), medias (glaciaciones) y cortas, en el rango de millones de años, cientos de miles y siglos, respectivamente. Mejor sería emplear la de calentamiento global, incremento exponencial del efecto invernadero, aceleración del cambio climático o alguna otra menos intuitiva pero más exacta, como el aumento de energía en las cubiertas fluidas del planeta que explica mejor el incremento de fenómenos meteorológicos explosivos como los huracanes.

A tenor de lo anterior, algunos ‘rojos’ poco reciclados deducen hoy que esa prioridad de la lucha contra la dictadura frente a los problemas ambientales no se explicaba por razón de aquel tiempo, del contexto histórico, y con clara displicencia se nos decía a algunos irredentos que señalábamos los desmanes ecológicos que ya sufría la Península —como por ejemplo la cementación de nuestras costas con una línea de horrendos edificios, o la destrucción de los bosques —que “ya tendríamos tiempo de cultivar el huerto cuando hubiéramos solucionado lo político”. Como si una cosa excluyera a la otra o como si no fueran políticos también los problemas ambientales.

Muchos de los problemas ambientales que denunciábamos y que siguen tristemente vigentes, como el agotamiento de los recursos y la extinción de especies (Pobreza), la Contaminación (Pollution) y el incremento demográfico (Población), las tres P del ecólogo Edward J. Kormondy al que hoy casi nadie menciona, se situaban temporalmente en un futuro, aunque apremiante y cercano. Pero en realidad no hacía falta viajar en el tiempo para ver ya tales terribles realidades cumplidas. Bastaba con hacerlo en el espacio, hacia esas enormes zonas olvidadas por los opulentos (los que cultivaban sus huertos y  jardines) que se denominaban Tercer Mundo, Sur, o Periferia que ahora son presas de esa plaga moderna que es el turismo de masas. Porque la justicia, llamémosla así, o la solidaridad geopolítica, y la temporal (nuestra obligación hacia las siguientes generaciones de legarles un mundo no peor) están intrincadamente relacionadas, y la primera es condición de la segunda.

El sentimiento de aprecio por la naturaleza, tal como habitualmente se considera, es de raíz claramente urbana. El campesino con la sudada frente inclinada sobre la esteva del arado no tiene muchas ocasiones de deleitarse con la belleza de ese entorno que el mismo contribuye a mantener. O el pastor. Nadie que se busca el sustento en el medio natural lo hace, aunque eso no quiere decir, ni mucho menos que no lo aprecie, pero su estética es completamente distinta a la del visitante esporádico y ajeno. Una de las deficiencias más graves y relevantes del ecologismo habitual es la de promover una sensibilidad previa al conocimiento del entorno. En realidad y como tantos otros es un problema que radica en confundir la educación con el adoctrinamiento. Es a partir del conocimiento cuando puede surgir un aprecio y una valoración menos superficial. Lo contrario es, por así decirlo, colocar la carreta delante de los bueyes y, por eso la supuesta sensibilidad se torna superficial sensiblería. Es obvio que los campesinos no suelen tener un conocimiento científico de la naturaleza, pero lo tienen empírico, por prueba y error, y así saben, por ejemplo, que arar a favor de pendiente provoca la pérdida de suelo fértil por erosión.

Pese a eso, hoy en día me gustan infinitamente más esos jóvenes que reivindican poder "cultivar el huerto", por asumir la expresión del viejo rojo, que los que se adscriben a una ideología con su paquete de dogmas a cuestas. Pero me matizo a mí mismo: hace muchos años, cuando surgían en la entonces Alemania Federal los primeros “verdes”, un político bávaro hoy felizmente olvidado advertía que había que tener cuidado con ellos porque eran como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. Yo, dentro de mis modestas posibilidades, le repliqué en un medio de prensa escrita hoy desaparecido que más bien los llamados verdes deberían aspirar a ser como los tomates: verdes primero y rojos cuando madurasen. Porque está suficientemente demostrado que el capitalismo como apropiador de la plusvalía, del sudor de tantos, es el mismo agente social y político que el que destruye el entorno. Caras de la misma moneda y, por tanto, de la misma lucha si queremos un futuro mejor y un planeta más habitable y justo. Parece que el feminismo lo ha entendido mejor y se ha dado cuenta hace tiempo que su lucha (que debería ser la de todos y no sólo la de ellas) no es contra los varones sino contra una cultura patriarcal y un sistema económico discriminatorio.

Ahora además tenemos menos catecismos ideológicos (confío), más información; plagada, eso sí, de ruido (falsedades, inexactitudes), como se señala en Teoría de la Información; más conocimientos (no suficientemente extendidos entre la población general: nuevamente la educación) y más medios, aunque lamentablemente también más urgencia. El osciloscopio climático, en su rango temporal más inmediato, está cambiando demasiado bruscamente, lo que implica mayores dificultades de adaptación de las sociedades humanas y de muchísimas otras especies. El Planeta, como se suele decir con otra expresión incorrecta, no está en peligro, como no lo estuvo ni en las glaciaciones ni en el Pérmico hace más de 250 millones de años (el momento de la mayor extinción masiva de especies en la historia de la Tierra), pero los humanos y nuestra forma de vida, basaba en una brutal balanza entre el despilfarro y la pobreza, y muchas miles de especies que nos acompañan sí. Los ricos y los poderosos, que son lo mismo, están en guerra contra los demás y contra este planeta como hogar de todos, y la están ganando, o sea, perdemos todos. La nave se hunde, aunque, por el momento, unos pocos viajen en las cubiertas y camarotes de lujo y una vergonzosa mayoría hacinados en sentinas y bodegas. Que siga tocando la orquesta. Los mansos, que no lo son en el fondo, esto es, las bacterias y muchos otros organismos supuestamente 'inferiores', heredarán la Tierra. Y el Planeta tan contento, nosotros no estaremos allí para lamentarnos.

Un antiguo amigo economista tenía siempre la mala costumbre de calificar a la especie humana como un parasito. Eso implica a mi juicio dos errores. El primero, diluir la responsabilidad de una numerosa minoría, que se guía por esa mezcla de codicia e ignorancia más explosiva que la dinamita entre todos, incluidas las víctimas. El segundo error es considerar el parasitismo similar a las plagas. El parasito está siempre obligado a adoptar una forma de vida extrema similar a la predación. Es como considerar malvado al león porque caza gacelas (que es por cierto lo que hacen los cazadores humanos con  las otras especies como el zorro o el meloncillo que, en inferioridad de condiciones, compiten con ellos y por eso las llaman ‘alimañas’). En cambio, una plaga puede estar constituida por cualquier especie "noble" —como los elefantes o nosotros— que por diversas circunstancias crece desmesuradamente provocando perjuicios al entorno y a sí misma en última instancia. En la plaga no existe un determinismo obligatorio, sino una alteración de las condiciones ambientales. Los humanos, en efecto, nos hemos convertido en una plaga (unos más que otros).







domingo, 21 de abril de 2019

“Resiganarse” y los viejos doblemente gilipollas



Con el tiempo y un poco de suerte casi todos acabamos siendo ancianos. Un destino que solemos tener poco previsto al comienzo de nuestras vidas. Para entender el mundo la diferencia entre un joven idiota y un viejo imbécil es esencial ya que lo que ambos tienen en común es obvio. Esto que sigue solo son opiniones avaladas mínimamente por una experiencia limitada estadísticamente pero muy directa porque es la mía. 

Creo que lo que mejor define a la vejez no son, o  no son sólo, la decrepitud física y mental, la desaparición del atractivo físico —si se ha tenido como es mi modesto caso—, el dolor de las articulaciones o la pérdida de la memoria inmediata (aunque ahí reside una de las  claves de lo que sigue) frente a la remota. Ni las arrugas ni la artrosis ni las enfermedades degenerativas ni la cercanía a la muerte. Lo que define a la vejez, contra la que debemos estar prevenidos, viejos y jóvenes, es la convicción (falsa) de que cualquier tiempo pasado fue mejor, que en realidad refleja algo bien simple: que cuando uno es joven la vida suele ser mejor para ti, pero no para todos.

Ser sabio es saber envejecer. Pero ¿qué es saber envejecer? No es resignarse. Más bien “resiganarse” si se me permite (y me lo permito) el neologismo sin patentar. Es saber que eres viejo y que, al igual que cuando eras joven y te creías el rey del mambo y que lo sabías todo, cuando llegas a viejo, a los aledaños de esa segunda muerte, ya que la primera es dejar de ser joven, la obvia y definitiva, te crees tan listo, tan de vuelta de todo, que eres, por un lado, incapaz de aprender, como los perros viejos que no aprenden trucos nuevos, y por otra y más importante parte, que sólo sabes mirar para atrás con esa viciada añoranza suprema que te impide disfrutar más aún que la artrosis de lo que te queda de vida.

Cualquier tiempo pasado fue mejor porque en aquellos momentos tú eras joven. También, cómo no, porque muchos de los males de esta época que te pilla tan desmejorado —y hay muchos, desde la mejor conservación de muchas cosas hoy deterioradas o desaparecidas desde el sexo a la comida o el estado de la biosfera—, no estaban presentes de forma tan vivida. Pero si eso te impide apreciar lo que ha mejorado y vivir y disfrutar de lo que hay, eso te sitúa anticipadamente,  antes de la segunda e inminente muerte, fuera ya de la vida. Te has muerto ya, tío, antes de que te expidan el último de tus documentos oficiales, el certificado de defunción. Este te lo certifico yo. Es porque eres un puto viejo amargado que no ha aprendido lo esencial de la vida y no la has sabido disfrutar. Y lo único peor de un disculpable joven tonto es un viejo bobo. Por eso me indignan tanto los cronológicamente jóvenes que son mentalmente viejos. No sólo van por mal camino, que quizás les conduzca a eso que ellos creen el éxito, sino que son doblemente gilipollas. Este blog ya no lo lee ni dios, pero yo, cabezón, me resigano, porque me divierte. Soy gilipollas, pero no doblemente.

martes, 26 de marzo de 2019

¡Esto lo haría un niño de cuatro años!


Es obvio. No soy un crítico de arte ni lo pretendo y como a muchas otras personas a menudo me desconciertan —aunque no me soliviantan— ciertas formas del arte actual. La belleza en su sentido más convencional, sea éste cual sea, no es ya siempre el objetivo prioritario. Tampoco el representar modosamente escenas del presente. La abstracción y las derivas figurativas, además de todas las representaciones no pictóricas ni escultóricas, han acabado con eso. En definitiva, me gustan mucho Rembrandt, Velázquez, Goya, Degas y hasta, cuando se me afinó el gusto o el criterio, algunos artistas que en mi juventud menospreciaba como Rubens, que ahora me entusiasma. Pero también me gustan muchos de los representantes de las vanguardias históricas, como Miró o Picasso y gentes que podrían considerarse antimodernos, aunque lo son, y mucho, como el recientemente expuesto Balthus.


Decía que no me soliviantan, pero es frecuente entre muchas personas sentirse ofendidos o directamente agredidos por formas artísticas que consideran una tomadura de pelo. En ocasiones yo también incurro en ese enojo, cuando veo gigantescas urnas contendiendo tiburones en formol o excrementos primorosamente envasados en latas de conservas. Sin embargo, en general suelo detectar en el autor o bien un intento precisamente de provocar ese escándalo, o bien, un incentivo para reflexionar. Al fin y al cabo ni la ciencia ni la filosofía son las únicas formas de conocimientos válidos. Ahí tenemos la gran literatura y, por supuesto el arte, que prolongan a mi entender lo que ni la ciencia ni acaso la filosofía llegan a alcanzar ni lo pretenden.


Hace muchos años el biólogo Desmond Morris publicó un libro convenientemente ilustrado por dibujos y pinturas realizados por primates antropoides. Y no me refiero a ciertos artistas descerebrados, sino a gorilas, bonobos y especialmente chimpancés, nuestros tópica y certeramente señalados como nuestros parientes (no extinguidos) más próximos. No tengo el libro a mano, pero recuerdo perfectamente que no me importaría tener colgados en mis paredes algunos de ellos, que como es de suponer se componían de trazos y colores abstractos. Lo sorprendente hubiera sido que fueran figurativos. Porque algunos tenían una fuerza y una expresividad que para sí querrían muchos pintamonas mediocres.


Así que la enfadada expresión de “esto lo podría hacer mi hijo de cuatro años”, se puede retrotraer aún más recesivamente atrás, pero volvamos a los que hace un niño de cuatro años. Una reciente exposición de la Fundación Juan March en Madrid, El juego del arte, con un subtítulo a mi modo de ver superfluo: Pedagogías, arte y diseño, toma como fructífero hilo conductor esa frase de “eso lo hace mi hijo de cuatro años”. Vienen a decir que a diferencia del gran arte de siglos anteriores el actual parece caracterizado por una suerte de infantilismo. No obstante, si se le da una jamesiana vuelta de turca, podríamos decir que vale, esto lo puede hacer “cualquier” niño pequeño (cosa que dudo) sino que” sólo lo pueden hacer ellos”. ¿Es, por ejemplo, Miró un niño permanente en su edad adulta y creadora y por eso es ‘capaz’ de hacer lo que hace? Los responsables de la exposición utilizan la metáfora del arte como una casa construida a lo largo de la Historia secular en la que, en el siglo XX, mediante las vagamente llamadas vanguardias, el arte se hubiera trasladado de los salones y estancias nobles y principales a los cuartos de juegos (y añado yo: y así a ver si dejan de molestar los niños y de paso los artistas). Es una hipótesis sugerente, aunque quizás no explicativa de todas las manifestaciones. En cualquier caso, es una sugerencia muy pedagógica, en el sentido, de sugerir grandes preguntas sobre como educamos a nuestros niños, cómo fuimos educados nosotros y en definitiva como organizamos nuestras sociedades. Yo cada vez tengo más claro que la educación en su sentido más profundo es la forma de forjar individuos libres y no fácilmente manipulables y que el aprendizaje cuya motivación es conseguir pertinencia profesional, sobre todo a partir del fin de la infancia y en etapas posteriores, es una obsolescencia programada dada la celeridad de los cambios actuales en las formas de producción del mundo presente.


Las producciones del arte, la arquitectura y el diseño del pasado siglo XX adquiere así una perspectiva que se escapa de esa imagen enojada del artista como un niño maleducado, irrespetuoso y caprichoso. Las pedagogías basadas en el juego, como demuestran las crías y cachorros de nuestros más próximos parientes, son una forma eficacísima de aprendizaje, de formación, de adquisición de habilidades, de verdadera educación. La exposición busca en la infancia de sus protagonistas y en la educación que recibieron, y también en teorizaciones y practicas fructíferas como el sistema del kindergarten de Friedrich Froebel (1782- 1852) gérmenes del arte moderno.


Claro, la frasecita de marras de “eso lo hace mi hijo de cuatro años” tiene la inolvidable réplica de Groucho Marx en Sopa de ganso (1933). Groucho recibe un sesudo informe que sin más dice entender de un vistazo y afirma que “lo entendería un niño de cuatro años”, para a continuación añadir “¡Búsquenme un niño de cuatro años!”.


La exposición cosiste en confrontar preciosos y precisos materiales pedagógicos, juegos educativos , manuales de dibujo con las obras muy bien escogidas de artistas, arquitectos y diseñadores de la vanguardia del pasado siglo. Hay vasos muy comunicantes entre ambos tipos de materiales. Si se me permite la broma, esto lo entendería hasta un niño de cuatro años, pero jamás todos esos penosos adultos que ya no llevan a ese niño que fueron en su interior.