martes, 11 de julio de 2017

La Historia según convenga




La identidad colectiva no es como el ADN: se fabrica como cualquier relato con elementos diversos. Los griegos se referían a Iberia y los romanos a Hispania, los fenicios nos nominaron por primera vez, cual Linneos peripatéticos y navegantes, como tierra de conejos, y para los judíos somos Sefarad. Pero todos estos términos son referentes territoriales y las tierras ya se sabe, están ahí mientras no las muevan las placas tectónicas. Reino de España no hubo hasta que así lo decidieron los Reyes Católicos, monarcas pragmáticos e implacables de los que los españoles que no somos catalanes, vascos o gallegos hemos heredado su pecado original. El pecado de haber creado España. En realidad los historiadores serios y poco ideológicos consideran aquella España como una confederación de reinos, con una unidad política bajo un solo rey (bueno, dos). Y esos mismo historiadores serios afirman que en realidad la España tal como hoy la concebimos, pareja a Francia o a Italia, se remonta tan sólo al siglo XIX, cuando las cortes de Cádiz la establecen como Estado nación e incluyen el principio de soberanía.

Así que en la Edad Media no existía ninguna supuesta España, y menos liberal, como no existe hoy una Cataluña y aún menos progresista, pero los estereotipos funcionan y le duela o no a los historiadores serios forman parte de su identidad colectiva tanto de la centralista como de las periféricas que al fin y al cabo se complementan como la clara y la yema del huevo. Supuestamente los malvados ‘Austrias’, los Habsburgos, malograron ese idílico panorama liberal medieval y nos trajeron el absolutismo (y la unidad nacional para los centralistas); nuevo disgusto para los historiadores serios.

Los historiadores serios están muy equivocados. Creen que la Historia es una disciplina académica, un conocimiento contrastable, como la ciencia, donde reinan los matices y las sutilezas. Pero los nacionalismos saben que la historia es un instrumento político y que como tal instrumento se usa a conveniencia y según qué partes. La Guerra de Secesión y su 1714 para los catalanes, aunque no importe que ni de lejos fuera una guerra entre Cataluña y (el resto de) España.

Para los nacionalistas la Historia es deformable como la plastilina y debe adecuarse a su visión del mundo y no a la inversa. El resto de ingredientes para construir esos tremendos golems que son las naciones son la lengua, la religión, la cultura, la raza (que es un concepto obsoleto en antropología) y hasta la tonta sardana y ese gorrito frigio y colorado que llaman barretina. Por tanto, se puede decir y se dice que la nación catalana tiene mil años, como antes se decía que la Tierra según la Biblia tenía 8.600. Y vascos desde el diluvio (ya levantaban piedras) y gallegos desde los celtas y los suevos. Sólo España es un invento, y perverso para humillar a esas antiguas naciones antaño libres. 

Alguien irónicamente dijo que se es español cuando no se puede ser otra cosa, pero pudiendo ser vasco, catalán o gallego, incluso estonio, ¡hombre, por Dios, no hay color!


lunes, 10 de julio de 2017

El Imperio Austrohúngaro y la España plurinacional.



El Imperio austrohúngaro era obviamnte plurinacional: básicamente Austria y Hungría, se reconocía explícitamente el Reino de Hungría, de ahí su nombre, pero incluía también territorios que actualmente ocupan Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, aparte de ciertas regiones de Serbia, Montenegro y el Trentino y Triste de la actual Italia. Fueron los nacionalismos, junto a la debacle de la Primera Guerra Mundial, las que disgregaron ese imperio y crearon las naciones.

Ahora hay quienes afirman que España es un Estado plurinacional, como el Imperio Austrohúngaro, y naciones (¿o nacionalidades?) como Cataluña o el País Vasco las que quieren independizarse reivindicando el nacionalismo romántico y decimonónico. Lo cierto es que todas las naciones europeas, desde Francia a Italia son en el mismo sentido que España Estados plurinacionales, nada nuevo, salvo que Bretaña o la Padana no se consideran viables como estados independientes.

Ahora El PSOE de Pedro Sánchez reivindica también esa plurinacionalidad, como se reivindica de izquierdas u no de centro izquierda. ¿Brindis al Sol? ¿Deseos más que realidades? ¿Tácticas o estrategias? El tiempo lo dirá. Es curioso que no se reivindique con el mismo empuje un concepto mucho más progresista y en el fondo moderno que es el de ciudadanía, aunque se admite que la soberanía reside en el conjunto del pueblo de esa nación de naciones. Y se advierte además que esas naciones dentro de la única nación soberana son ‘culturales’, con sus singularidades, no políticas. ¿Nos hemos movido o estamos en el mismo sitio?

Los asuntos que importan son otros, aunque relacionados. La igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y en derechos y deberes; la reforma del Senado como cámara territorial, que es lo mismo que decir útil; los mecanismos de cooperación y compensación entre territorios para cumplir la primera demanda de igualdad señalada; los sistemas fiscales y de financiación; la protección (si es que no están ya suficientemente protegidas) de las identidades culturales.

La verdad es que España no debería acabar como el Imperio Austrohúngaro ni se espera una Gran Guerra. La historia se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como forma de farsa. Lo dijo Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Pero las supuestas víctimas, los catalanes, en cualquier caso y de no triunfar en sus aspiraciones, quieren ser trágicos, pero puede que sólo sean esperpénticos, con permiso de don José María del Valle Inclán. Entretanto, no nos movemos del sitio ni los catalanes, como algunos creen, habitan una epopeya como la Odisea, sino El Ruedo Ibérico, en plena corte de Isabel II, o del Imperio Austrohúngarocatalán.

sábado, 17 de junio de 2017

Los siniestros profetas





Quienes sueñan con festines depiertan con lamentos. CHUANG TSE

Los personajes más siniestros de la Biblia —y mira que abundan—, excluyendo a ese mismo Dios vengativo que exige no sólo obediencia absoluta sino amor sumiso, no son los múltiples caudillos adúlteros, ni siquiera los asesinos en serie como el infanticida Herodes. Son los profetas, personajes sin humor, regañones, dictatoriales. Normalmente sus profecías les eran reveladas en sueños (¿Qué beberían o fumarían?). El medio es el mensaje y sus profecías decían más de sí mismos que de sus supuestos pronósticos.

La profecía no abre el futuro, lo determina, al igual que modifica el pasado.

En una magnífica novela corta de la gran Ursula K. Le Guin, su personaje, George Orr tiene sueños que se convierten en realidad, es decir, que cambian la realidad. Cuando su tía le acosa sexualmente de adolescente mientras ella vive temporalmente en casa de sus padres, el muchacho sueña que su tía muere. Cuando despierta descubre efectivamente que su tía ha muerto, pero no en la flecha del tiempo que existía, sino en el pasado, hace seis semanas, de manera que su tía nunca vivió en su casa ni le acosó y, lo más terrible, es que ese pasado alternativo no lo recuerda nadie más que él; sus padres ‘saben’ que ella murió antes de ir de visita a su casa y no recuerdan que estuviera allí, porque es imposible, ella había muerto. Orr se siente devastado porque en realidad, conscientemente, no deseaba la muerte de su tía, tan sólo que cesara su acoso.

La desesperación de Orr es doble. Por un lado, porque termina teniendo miedo a soñar y que esos sueños alteren la realidad anterior; por otra parte, porque eso le condena a ser el único habitante de tiempos que han sido y eso también le condena a la mayor soledad imaginable, unas vidas estrictamente aparte de la memoria colectiva.

Los sueños cuestionan nuestra realidad tomando elementos de la misma y barajándolos arbitrariamente. Si los sueños, dormidos o despiertos, de los hombres, como los de los siniestros profetas, controlaran el destino de nuestra realidad probablemente esos destinos serían más terribles que las habituales realidades dependientes del azar y la necesidad.

El pasado siempre se puede alterar, no hace falta ni soñarlo, lo han hecho continuamente los vencedores sobre los vencidos. El futuro, que en gran parte depende de ese pasado, también se puede alterar, naturalmente, a veces a eso lo llamamos progreso, pero esa alteración nunca es a medida totalmente de nuestros deseos, como le sucede al pobre personaje de Le Guin dotado de unos poderes que no ha pedido ni puede anular.

Hay otra posibilidad de alterar el pasado. Se trata de fingirse vencido y una vez investido del aura de víctima intentar diseñar un futuro idílico aunque ese futuro, como ese pasado inventado, no hayan existido. Es lo que han venido haciendo los independentistas catalanes. Cataluña se ha llenado, como en la Biblia, de profetas que no tienen tiempo de ocuparse del presente y sus prosaicas necesidades. Sólo puedo decirles que tengan cuidado con lo que sueñan, no vaya a ser que se convierta en su futuro, que nunca será el que han imaginado.


viernes, 16 de junio de 2017

El crimen más absurdo






Hay muchas formas de quitar una vida, pero prácticamente todas se basan en eliminar el futuro de esa vida; no pueden negar que hayan existido, que hayan tenido un pasado. Salvo en los escasos casos más terribles, que sí eliminan esa vida en todos sus tempos.

26 de mayo de 1828, cuatro de la tarde en la ciudad de Núremberg. Un adolescente deambula —es un decir porque apenas sabe andar— con la mirada vacía y aferrando una carta en la mano. Repite una frase absurda, aunque al parecer apenas sabe hablar: “Quiero ser jinete como mi padre”. Si apenas podía andar por sí sólo, tampoco sabía apenas hablar pues sólo conocía doce palabras, la más importante y repetida ‘caballo’. Tampoco podía beber cerveza (se emborrachaba comiendo uvas) ni comer carne. Pero no mostraba miedo, ni desconcierto, ni extrañeza. Era como un animal herbívoro, una ternera. Una ternera alfabetizada porque cuando le entregaron papel y lápiz escribió su nombre: Kaspar Hauser.

Se investigó el caso, en el XIX no había ADN ni siquiera huellas digitales. Llevaba encerrado en una celda aislada desde los seis años. “El hombre con el que estaba”, como le llamaba el propio perjudicado, le dejaba cada noche pan y agua, y sólo esos alimentos era los que podía digerir. Pasó diez largos años sin hacer nada más que comer pan, beber agua, dormir y jugar con un pequeño caballito de madera. Estaba atrofiado, o si se quiere petrificado en los seis años. No era tonto; ni loco, era manso, como una ternera, y como una ternera, obediente y benigno. Estaba destruido, era fruto de un abuso terrorífico contra su alma. Una inocencia infantil preservada contra natura.

Todos estos datos los conocemos a través del que fue su segundo tutor, el jurista Paul Johann Anselm von Feuerbach. Como en el caso de otros monstruos de esa época, como el famoso hombre elefante, este asunto encendió la imaginación del público, se decía que era hijo ilegítimo de Napoleón Bonaparte, se escribieron novelas y obras de teatro basadas en él, más tarde películas, como la famosa de Herzog; había que inventarse casi todo. La memoria, hoy sabemos por la moderna neurociencia, se hace con jirones, los jirones de la memoria, con los que nos fabricamos la manta de jarapas de nuestra vida, pero a Kaspar sólo le dejaron un jirón que no bastaba ni para una cinta de la cabeza.

El caso jamás se resolvió. El joven murió después en circunstancias nunca aclaradas. Un misterio sin resolver, sin informes por desclasificar, en una época en que los rumores no viajaban por Internet. Sólo sabemos que  hubo alguien que le llevaba pan y agua y le proporcionó un caballito de madera para jugar y que quizás un día decidió liberarle, cuando ese era ya un gesto inútil porque el desmán se había cumplido. Alguien que cometió un delito absurdo, inconcluso y estéril, terriblemente cruel. Nunca se supo quién.

jueves, 15 de junio de 2017

Hace 40 años





Se cumplen cuarenta años de votaciones democráticas en España. Parece justo y lógico celebrarlo, pero no conviene confundir los fines con los medios. Las votaciones son un medio, no totalmente perfecto, para conocer las preferencias ciudadanas. Por su parte, como no parece viable el modelo asambleario y multitudinario entre millones de personas, se hacen necesarios los partidos políticos, que son otros medios, nada de fines en sí mismos. Los partidos no hacen la democracia, como no la hacen las elecciones, pero son medios al parecer indispensables. ¿Y los ciudadanos? Bien, los ciudadanos podemos elegir entre la oferta de candidatos fijos y cerrados que nos ofrecen los partidos. O dicho de otra forma, los partidos son los que sitúan a los candidatos en posición —nunca mejor dicho— de ser elegidos. No es un sistema perfecto, pero es lo que hay, aquí y en la mayoría de los sitios homologables del resto del mundo.

En realidad, en la España predemocrática no sólo no había elecciones ni partidos, sino tampoco libertad de prensa, de opinión, de asociación, de afiliación, de reunión ni de manifestación; en resumen: no había libertad. La libertad esta sí, es un fin en sí mismo. Seguía en vigor y activa la pena de muerte, no había leyes de divorcio ni de aborto ni de opción sexual; las mujeres no tenían los mismos derechos que los varones y duplicaban la tasa de analfabetismo de estos. Las elecciones de 1977, en las que yo, veinteañero ilusionado participé, eran una puerta mucho más amplia que la estrecha ranura en la que deposité mi voto.

Los críticos de la Transición no son una masa uniforme. Los hay, sí, que rechazan todo, pero son los menos; la mayoría no rechazamos el conjunto del proceso sino sus insuficiencias, sus quizás excesivas concesiones, aunque no es lo mismo entonces que ahora con un ejército sin depurar que era un poder fáctico tremendo, junto a unas fuerzas policiales heredadas del franquismo al igual que los jueces y la mayoría de instancias del Estado. Vamos, lo de siempre, que lo mejor es enemigo de lo bueno. Pero desautorizar en bloque a los críticos, es decir, desautorizar el ejercicio libre de la propia crítica es convertir esa restauración borbónica, quizás necesaria, quizás no, en un proceso de santidad. Pero no estamos hablando de concilios, sino de  transiciones entre aparatos de la dictadura y otros democráticos. Ni todo se hizo bien ni todo se hizo mal ni todo lo malo actual es heredero de aquel proceso, aunque lo mayoría de lo bueno sí. Desautorizar a la generación de nuevos políticos que no vieron ese proceso es como desautorizar a los prehistoriadores porque no cazaban bisontes en el paleolítico. Los populismos funcionan desde ambas orillas.

En 1977 llegaron a estar inscritos más de un centenar de partidos políticos (yo intenté coleccionar todas sus papeletas, no lo conseguí: eran demasiados), solo 26 listas diferentes en Madrid, 23 en Barcelona. Soluciones negociadas, y por tanto insuficientes para las partes, lograron la libertad que ahora disponemos. Esa libertad sigue incluyendo la de delinquir desde esos aparatos de poder que son los partidos, pero creedme si os digo que sin esos aparatos no parece posible mantener nuestras libertades, como no es posible rechazar el martillo como herramienta de trabajo porque con él nos hayamos machacado a veces los dedos. Los críticos sibilinos de la democracia tienen un modo paradójico de ejercerla: enfrentar la democracia real a la ideal (una meta que, como el horizonte, nunca se alcanza, pero entretanto caminamos), ya lo advirtió Javier Pradera hace 40 años. No tiremos el martillo, aprendamos a usarlo.