martes, 25 de mayo de 2021

Talemos robles y turistas

 

Lo cuenta el físico Freeman Dyson: el tío de su esposa, un médico rural alemán que heredo su casa y su consulta de su padre y vivió en un pueblecito toda su vida. Su casa y su jardín eran su orgullo y alegría, especialmente los últimos años de su vida. Mientras Dyson admiraba el magnífico roble que se encontraba frente a su casa, el propietario en un tono desapasionado le comentó: “Este árbol tendrá que talarse; ya ha pasado la plenitud de su vida”. Por lo que el físico podía ver, el árbol estaba sano y no mostraba ningún signo de deterioro inminente, así que le preguntó cómo se atrevía a cortarlo. La respuesta del anciano fue: “Por consideración a los nietos. Este árbol durará mi época, pero no sobrevivirá a la suya. Plantaré en su lugar otro roble del que gozarán cuándo sean tan viejos como yo lo soy ahora”.

Hay más casos, aunque infrecuentes. La avenida que conduce al Trinity College en Cambridge, que yo he recorrido con mi perra de entonces, estaba flanqueada por el lado del río con una magnífica escolta de olmos plantados, por lo que me contaron, en el siglo XVIII y supervivientes milagrosos de la tremenda plaga de la grafiosis. Pero no eran los que yo contemplaba; esos habían sido talados años antes de mi estancia cuando todavía eran hermosos y venerables ancianos aunque habían pasado la flor de la vida. En una decisión de sacrificar el presente a favor del futuro, se eliminaron y sustituyeron por larguiruchos, probablemente lamentables arbolitos. Cincuenta años después yo los contemplaba en su lozana plenitud, aunque, me dijeron, que para eso habría que esperar hasta que el siglo XXI termine.

Esos ecologistas que pese a estar siempre alarmados por el futuro no contemplan con buenos ojos estas prácticas (su futuro acaba en ellos), porque colocan el carro de su sensiblería delante del caballo de la previsión racional, podrían meditar sobre esos ejemplos. Pero desde luego el gremio sin visión de futuro, más allá de los escasos años entre elecciones, son la mayoría de los políticos. No se entiende de otra forma, aquí en España, que esos mal alfabetizados, aunque cruentos y hábiles contendientes electorales, saluden con alborozo la más depredadora industria del territorio patrio y otros recursos que es el turismo de masas, y entorpezcan en lugar de canalizar ese otro flujo de los migrantes del subdesarrollo, los únicos capaces de sostener nuestro actual estado de bienestar. Porque a cuatro años sale a cuentas vender este país por un plato de lentejas (sin que todos además acudan al condumio), pero a veinticinco lo que sale a cuenta es deshacerse de tanto turista y recibir subsaharianos y magrebíes si ir más lejos, nunca mejor dicho. Talemos turistas, sembremos inmigrantes.

5 comentarios:

  1. Lo planeas como alternativa, una conjunción O, me parece mejor una conjunción Y: Todos los extranjeros que quieran venir, ya sean aves de paso con selfie stick (Alah los confunda) o magrebies y ecuatorianos. Que todos aprovechan a España

    Chofer Fantasma

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    1. Europa es un geriátrico, la inmigración, de jovenes con impulso y expectativas hay que regularla y conducirla, no bloquearla

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  2. Te creí desertado de tu blog. Pero aquí estás y, ¡oh maravilla!

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    1. Si miras el blog verás que sigo constante.
      Un saludo

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    2. Constante, lo sé, pero normalmente sin lapsos tan largos.

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía