martes, 3 de octubre de 2017

Reflexiones posestivales, 3





Es obvio que para conservar especies hay que preservar espacios, pero tengo observado el comportamiento renuente de algunas de aquellas más emblemáticas; como ese ejemplar de águila imperial ibérica que insiste en sobrevolar mi pueblín y sobre el anillo de olivares viejos que lo rodean, que rehúye sospechosa —¿exquisitamente?— Cabañeros y otros espacios naturales protegidos próximos. Eso incrementa mi convicción de que el modelo de Parque Nacional tipo Yellowstone trasplantado sin más a esta vieja y usada Europa es disfuncional. Atrae masas de visitantes que incrementan la dificultad de la protección. Al igual que la”sensibilidad” ecologista por lo común antepone esta al conocimiento en lugar de deducirla de este, colocando el carro delante de los bueyes, convirtiéndola en sensiblera moda. El caso práctico es que veo más y más fácilmente águilas imperiales desde la terraza del bar de Hilario que los sensibilizados practicantes de turismo ecológico que visitan los parques nacionales cercanos, dejándome a mí, a mis vecinos y a las águilas bien tranquilos. Quizas la función de un escaparate (los P.N lo son) es que los visitantes que sólo miran no entren en la tienda...


La guardería de los parques nacionales y los cotos de caza se solía escoger entre los antiguos furtivos y demás infractores que se conocen de antemano todas las triquiñuelas de cocineros aunque ahora sean frailes. Menos conspicuo es el que los guardianes de las esencias puras nacionales se recluten entre antiguos inmigrantes y sus hijos y descendientes; charnegos, maquetos y otros haciéndose perdonar sus apellidos espurios agitando las nuevas/viejas banderas.

En el pueblo no tengo internet ni me traigo el ordenador, así que escribo a mano en una libreta A4 de papel pautado con el monograma de la universidad de Cambridge. Es una actividad retro, para muchos desfasada, como la de un sombrerero, o, aún más, como la de un fabricante de látigos para conductores de coches de caballos.


Hablo con algunos campesinos, con los que escriben a mano; sobre todos les escucho, me aprovecho de la curiosidad que ellos también sienten hacia mí y que es una buena condición para el diálogo (¿Sienten los catalanes independentistas curiosidad hacia los españoles que no lo son, o sólo animosidad? Y viceversa). Todos ellos me confirman que saben lo que hacen, pero que sólo hacen lo que saben (no modifican ni mejoran eso). No todo es subsistencia; hay dinero en el campo sin necesidad de aplicar la brutal plusvalía sin vuelta atrás de urbanizarlo; en los kiwis, en los aguacates, en las derivadas industriales trasformadoras, como el pimentón y las conservas de calidad, en el oro rojo del azafrán. Aunque se acabó prácticamente el tabaco, el algodón, el apresuradamente suprimido garbanzo en sus variedades locales. Suprimir las tareas del campo, que son las que lo mantienen bello aunque eso no lo adviertan muchos visitantes, es como dejar de andar porque se inventó el automóvil (y dejar que se atrofien las piernas). Estas son mis opiniones, las de un hombre del siglo XX aún en el hipotético caso de que mi longevidad me permitiera vivir más en el XXI.


En el patio emparrado pululan gorriones, hoy extintos en muchas ciudades europeas y escasos en el vecino Madrid; estorninos, que aquí llaman tordos, y colirrojos tizones, encaprichados (aquerenciados) con la leñera. Bajan a beber agua de los cacharros de Jara, que he multiplicado, a comer las semillas que les cuelgo y los racimos de uvas sin vendimiar. A por los tordos, que los cazadores locales ignoran, llegan cada otoño, puntuales migrantes, bulliciosos cazadores toscanos. Se los guisan en el pueblo de al lado con arroz y tomates de araña; están riquísimos, repletos de aceitunas, muy grasos. También hay lagartijas (Podarcis hispanica), pero cada vez más escasas, salamanquesas (Tarentola mauritanica), avispas, las molestas moscas, que zumban en ‘fa’, cada vez menos grillos y saltamontes, alguna chicharra. Faunia canicularis.


Los primeros habitantes de mi casa eran pastores de ovejas y cabras, de ahí el pajar y los preciosos comederos y bebederos de granito que he heredado. También dejaron unos canteros para plantar árboles y flores. En secuencia longitudinal hay un acebuche, una parra de uva blanca palomino, otras cinco de garnacha tinta, albahaca, hierba luisa, laurel, jazmín, un limonero y un granado. Ahora sólo está florecidas las vincas, rojas y rosas, y ya  se marchitaron las vinagreras (Oxalis, algunos las confunden con tréboles). El emparrado es la inversa de un invernadero que retiene los infrarrojos y detiene los ultravioletas y por eso calienta, este emparrado detiene los ultravioletas (da sombra), y aligera el calor del infrarrojo, porque funciona como un frigorífico o un gigantesco botijo al evapotranspirar agua por sus anchas hojas, ya que cada gramo de agua evaporada disipa una caloría del ambiente. Además es ‘inteligente’, "sabiendo" cuando perder las hojas en invierno para dejar pasar la luz solar que entonces sí se agradece.


Mi madre cierra la novela policiaca marcando la lectura con el dedo y dice “qué alegres están los pájaros”. No quiere simplemente decir que estén bulliciosos, armando escándalo, sino exactamente eso: alegres. Me recuerda el diálogo entre un maestro zen que le comenta a su discípulo desde un puente lo alegres que están los peces. Cuando el discípulo le pregunta cómo sabe eso, el maestro responde que porque él se alegra al contemplarlos. Como mi madre.

Ya es otoño, pero una pequeña mariposa azul y marrón (un licénido) revolotea en la fresca mañana. Ha nacido demasiado tarde o demasiado pronto, como cualquier hombre en cualquier tiempo. El compás profundo de la naturaleza lo dan los vegetales, y los animales bullimos, viviendo en ese tiempo largo a base de momentos, como en una jam sesión.


Me regalan cangrejos de río y un conejo de monte (de descaste, no de furtiveo). Lamentablemente son cangrejos rojos americanos (Procambarus), la especie exótica que ha desplazado a nuestro autóctono (Austrapotamobius). Hago un caldo con los cangrejos y lo reservo para hacer el arroz. Le añado romero pero renuncio a la albahaca, demasiado potente. El sofrito con ajos y los tomatitos de araña y pimientos, ahí va el conejo que exige más cocción porque es más duro, y más sabroso, que los domésticos de pollería. El arroz sale muy rico.


5 comentarios:

  1. Te ha quedado precioso, buen apunte sobre tu ya conocida y correcta opinión sobre la protección ambiental.

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  2. Me ha gustado y hecho pensar tu anotación sobre la frase de tu madre. Sabe que los pájaros están alegres porque sealegra al verlos. Es la alegría la que llega de los pájaros a tu madre. Ha de ser verdad, sin duda.

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  3. Qué exquisito el arroz, Lansky.

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía