
(*) COLÓQUESE LO DE 'PRESUNTOS' AL GUSTO
Por supuesto que el orden de los factores altera el resultado: presos políticos vs políticos presos. Creo que en el tema de los presos políticos hay una gran
confusión en España en parte debida a la imprecisión —¿interesada?— terminológica y la
vaguedad en las definiciones. Yo creo que en efecto en España hay presos
políticos, pero que no todos los políticos presos son presos políticos. Por
ejemplo, todos los políticos en prisión preventiva o, más escasamente,
condenados en firme por delitos de corrupción y especialmente robo de fondos
públicos no son presos políticos, sino presos porque ha delinquido, delincuentes,
básicamente ladrones y que no eran fontaneros o arquitectos sino miembros de
esa vaga (nunca mejor dicho en sus varias acepciones) profesión de la política.
Para mí, aunque no para la legislación española por desgracia, el que lo robado
sea dinero público y no privado y que ese latrocinio se haya realizado merced a
ostentar un cargo público de poder deberían ser agravantes frente a los robos de
particulares a particulares. Por tanto, los numerosos cargos, especialmente del
PP y de la siempre cambiante de nombre Convergencia en Cataluña, pero no sólo,
no son presos políticos, sino delincuentes, delincuentes habituales y pertinaces,
reiterados.
Un tema aparentemente más espinoso es si los políticos en prisión preventiva y por tanto aún sin condenar por los recientes intentos independentistas en Cataluña son simples políticos presos, como los ladrones del párrafo anterior, o son presos políticos, es decir, presos en razón de su actividad política (y de la naturaleza de esa actividad, ojo, definiendo no sólo los fines sino los medios para conseguirlos). Yo creo que en efecto son presos políticos. Para mí no hay duda de que aún a falta de ser condenados, actuaron (los medios) transgrediendo leyes vigentes que, nuevo agravante, en razón de sus cargo deberían acatar con más firmeza y convicción que los ciudadanos de a pie. Pero lo que no entiendo es la extendida idea de que ser preso político es por definición una situación injusta, meritoria y hasta gloriosa. Creo que ese malentendido proviene de los presos políticos en dictaduras que sin haber cometido actos violentos, o desproporcionadamente violentos, se han enfrentado a poderes omnímodos que coartan la libertad de todos los ciudadanos. Este, evidentemente, no es el caso de los insumisos delictivos políticos catalanes, que se han enfrentado y vulnerado las leyes, incluso las propias como su estatut de autonomía, en un Estado democrático, imperfectamente democrático como todas las democracias.
Más claramente, el teniente coronel Tejero que asalto el Congreso de los diputados en 1981 al mando de una sainetera tropilla armada de guardias civiles, cuando dio con sus patrióticos huesos en la cárcel, se convirtió en un paradigmático preso político, pero no por defender sus rancias ideas fascistas, sino por defenderlas (por medio: los medios, no los fines) vulnerando las leyes vigentes. No asaltó el congreso para robarles las carteras a sus señorías o para pedir un rescate monetario por su secuestro, sino para implantar una dictadura y cargarse una democracia por medio de la violencia armada. Luego fue un preso político, de la misma forma que lo son los Jordis o los Junqueras en Cataluña. Todo esto, claro, si mantiene uno la convicción de estar en ese para mí inamovible lado de que el fin no justifica los medios, sino más bien al contrario, el uso de determinados medios desautoriza hasta los fines más loables. Por eso, por ejemplo, no aprobaría que las feministas caparan a los violadores, aunque la lógica venganza, pero no la justicia, lo "justificara". Tan presos políticos fueron Marcelino Camacho como el Guardia Tejero, pero uno luchaba contra una dictadura sangrienta sin más armas que su voz y el otro contra una democracia con fusiles y pistolas.
Tampoco creo en el abuso de la prisión preventiva, que en los casos de los llamados presos comunes, no políticos, es a menudo alegre y excesivamente utilizada,aupada a la legendaria lentitud judicial. Tampoco creo en la existencia de los delitos de opinión, porque no creo que la estupidez o la ignorancia sean delitos, aunque abunden, por lo tanto no creo que deban condenarse a los raperos que cantan alabanzas a los tiros en la nuca, pero si se los mete en la cárcel son desde luego presos políticos.
Finalmente. En España vuelve una censura (*) que nunca se fue del todo, pero vuelve, con más frecuencia y forma, vuelve a haber ataques contra la libertad de expresión; como en todos los sitios, aunque mucho menos que en las dictaduras. Y tenemos el mismo, supongo, porcentaje de necios que hace rap con letras de enaltecimiento terrorismo. Yo no les escucho, no les presto atención ni quiero que se les encarcele ni lo veo necesario ni conveniente, al contrario.
Soy consciente de que acabo de practicar intrusismo profesional en un campo del que no sólo soy absolutamente profano sino que en general me interesa poco salvo por sus consecuencia sociopolíticas: el derecho, pero es que yo creo en el ‘derecho’ al intrusismo siempre que se advierta previamente, porque no creo en el despotismo de los expertos que niegan al resto social el 'derecho' a intervenir en los debates de su exclusivo y acotado campo (¡Ay, cuántos derechos y qué pocos deberes!). Como he dicho numerosos veces, el problema de los expertos es su rigidez mental, el traer pensadas de antemano las respuestas a cuestiones que hay que replantearse a menudo. En el caso del derecho esto es aún más acusado, porque —no tanto en la jurisprudencia como en los códigos legislativos, aunque por fortuna no son tan rígidos como para no admitir interpretación experta—, es una “ciencia” normativa en la que parece que todo está dicho. Y no.
Muchos chicos nacidos en democracia, como el tontolaba de Rufián, que nos reprochan a los del Régimen del 77 tantas cosas, dicen eso de que Franco murió en la cama (yo en su pellejo hubiera preferido un tiro, que no esa agonia, pero vamos no se trata de eso). Y tienen razón: Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en las calles (no en manejos palaciegos). Las libertades democráticas son adquisiciones temporales y hay que mantenerlas luchando por ellas siempre, así que, para mí, el rapero a la calle a que siga con sus necedades, y los Jordis y junqueras que los juzguen de una puñetera vez. Por mi parte, respetando a la persona, puedo renegar de la institución obsoleta y absurda de la monarquía y por eso digo que el putero cazaelefantes anterior no me gustaba y el discreto y modoso sucesor, tampoco. Hablo de la monarquía en Rutenía, naturalmente, donde si bien hay reyes, también hay libertad de expresión y no censura, por fortuna.
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Un tema aparentemente más espinoso es si los políticos en prisión preventiva y por tanto aún sin condenar por los recientes intentos independentistas en Cataluña son simples políticos presos, como los ladrones del párrafo anterior, o son presos políticos, es decir, presos en razón de su actividad política (y de la naturaleza de esa actividad, ojo, definiendo no sólo los fines sino los medios para conseguirlos). Yo creo que en efecto son presos políticos. Para mí no hay duda de que aún a falta de ser condenados, actuaron (los medios) transgrediendo leyes vigentes que, nuevo agravante, en razón de sus cargo deberían acatar con más firmeza y convicción que los ciudadanos de a pie. Pero lo que no entiendo es la extendida idea de que ser preso político es por definición una situación injusta, meritoria y hasta gloriosa. Creo que ese malentendido proviene de los presos políticos en dictaduras que sin haber cometido actos violentos, o desproporcionadamente violentos, se han enfrentado a poderes omnímodos que coartan la libertad de todos los ciudadanos. Este, evidentemente, no es el caso de los insumisos delictivos políticos catalanes, que se han enfrentado y vulnerado las leyes, incluso las propias como su estatut de autonomía, en un Estado democrático, imperfectamente democrático como todas las democracias.
Más claramente, el teniente coronel Tejero que asalto el Congreso de los diputados en 1981 al mando de una sainetera tropilla armada de guardias civiles, cuando dio con sus patrióticos huesos en la cárcel, se convirtió en un paradigmático preso político, pero no por defender sus rancias ideas fascistas, sino por defenderlas (por medio: los medios, no los fines) vulnerando las leyes vigentes. No asaltó el congreso para robarles las carteras a sus señorías o para pedir un rescate monetario por su secuestro, sino para implantar una dictadura y cargarse una democracia por medio de la violencia armada. Luego fue un preso político, de la misma forma que lo son los Jordis o los Junqueras en Cataluña. Todo esto, claro, si mantiene uno la convicción de estar en ese para mí inamovible lado de que el fin no justifica los medios, sino más bien al contrario, el uso de determinados medios desautoriza hasta los fines más loables. Por eso, por ejemplo, no aprobaría que las feministas caparan a los violadores, aunque la lógica venganza, pero no la justicia, lo "justificara". Tan presos políticos fueron Marcelino Camacho como el Guardia Tejero, pero uno luchaba contra una dictadura sangrienta sin más armas que su voz y el otro contra una democracia con fusiles y pistolas.
Tampoco creo en el abuso de la prisión preventiva, que en los casos de los llamados presos comunes, no políticos, es a menudo alegre y excesivamente utilizada,aupada a la legendaria lentitud judicial. Tampoco creo en la existencia de los delitos de opinión, porque no creo que la estupidez o la ignorancia sean delitos, aunque abunden, por lo tanto no creo que deban condenarse a los raperos que cantan alabanzas a los tiros en la nuca, pero si se los mete en la cárcel son desde luego presos políticos.
Finalmente. En España vuelve una censura (*) que nunca se fue del todo, pero vuelve, con más frecuencia y forma, vuelve a haber ataques contra la libertad de expresión; como en todos los sitios, aunque mucho menos que en las dictaduras. Y tenemos el mismo, supongo, porcentaje de necios que hace rap con letras de enaltecimiento terrorismo. Yo no les escucho, no les presto atención ni quiero que se les encarcele ni lo veo necesario ni conveniente, al contrario.
Soy consciente de que acabo de practicar intrusismo profesional en un campo del que no sólo soy absolutamente profano sino que en general me interesa poco salvo por sus consecuencia sociopolíticas: el derecho, pero es que yo creo en el ‘derecho’ al intrusismo siempre que se advierta previamente, porque no creo en el despotismo de los expertos que niegan al resto social el 'derecho' a intervenir en los debates de su exclusivo y acotado campo (¡Ay, cuántos derechos y qué pocos deberes!). Como he dicho numerosos veces, el problema de los expertos es su rigidez mental, el traer pensadas de antemano las respuestas a cuestiones que hay que replantearse a menudo. En el caso del derecho esto es aún más acusado, porque —no tanto en la jurisprudencia como en los códigos legislativos, aunque por fortuna no son tan rígidos como para no admitir interpretación experta—, es una “ciencia” normativa en la que parece que todo está dicho. Y no.
Muchos chicos nacidos en democracia, como el tontolaba de Rufián, que nos reprochan a los del Régimen del 77 tantas cosas, dicen eso de que Franco murió en la cama (yo en su pellejo hubiera preferido un tiro, que no esa agonia, pero vamos no se trata de eso). Y tienen razón: Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en las calles (no en manejos palaciegos). Las libertades democráticas son adquisiciones temporales y hay que mantenerlas luchando por ellas siempre, así que, para mí, el rapero a la calle a que siga con sus necedades, y los Jordis y junqueras que los juzguen de una puñetera vez. Por mi parte, respetando a la persona, puedo renegar de la institución obsoleta y absurda de la monarquía y por eso digo que el putero cazaelefantes anterior no me gustaba y el discreto y modoso sucesor, tampoco. Hablo de la monarquía en Rutenía, naturalmente, donde si bien hay reyes, también hay libertad de expresión y no censura, por fortuna.
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(*) Por cierto, la obra de Santiago Sierra “Presos políticos en la España contemporánea” retirada de ARCO en un anacrónico acto de censura (¿o lo fue de hábil promoción?) e inmediatamente comprada por un precio mucho más alto de lo que vale por un independentista millonario (hay muchos), me parece una birria oportunista, pero los censores, caso de que se necesite su existencia, no son críticos de arte.