lunes, 14 de mayo de 2018

Si me devuelves la chocolarina te dejo leer un libro


Ay Torra, Torra. A este señor tan faltón y tan feo que resulta desaliñado aunque en realidad quiza no lo sea, pero no le luce, le han nombrado Presidente de la autonomía catalana, aunque él probablemente lo haya asumido como un virreinato del president en el exilio, un auténtico día de la marmota encarnado en un flequillo a juego con la edad mental del susodicho (y de todos sus fieros y fieles votantes). 

Hay un chiste que reza que no hay nada más triste que ver llorar a un niño, y añade, pero qué rica estaba la chocolatina. Estos independentistas están haciendo llorar ya a muchos, sobre todo catalanes, pero la chocolatina que le han robado a los llorones es la del decoro de una política basada en solucionar y gestionar problemas y asuntos, no en crearlos. No en amar la patria, sino en no perjudicar a los ciudadanos.

Va siendo hora que se piense en imponerle un castigo. Nada de cárcel ni demás formas de crear mártires metafóricamente sangrantes, puesto que no utilizan la tinta del sabio. Este sujeto en concreto, puesto que escribe y es editor, usa tinta roja, un híbrido de la sangre y la tinta; para insultar, para simplificar, para falsear, para reivindicar viejos ´héroes’ que no lo eran.

Mi castigo es devolverle la chocolatina al niño president, a ver si deja de insultar. ¿Cómo? Obligándole (es un castigo a fin de cuentas) a leer el Manual del distraído de Alejandro Rossi escrito en perfecto castellano de México. Primera parte de la vendetta: el libro descatalogado desde hace casi 40 años deberá ser buscado en librerías de viejo y la frecuentación de esos lugares y el trato  con ese género de comerciantes le hará mucho bien a su alma vesánica y sin duda atormentada, acomplejada, rencorosa. Segundo, cuando lo encuentre, si la búsqueda no ha surtido todo el efecto de reinserción buscado, que lo lea, disfrutará, lo cual es bastante castigo, porque disfrutará con un autor que escribió otro libro que se titulaba La fábula de las regiones; pero ese no se lo mando leer porque le podría provocar un choque anafiláctico fatal, tal es la alergia que podría desarrollar en vista de cómo vapulea las pomposas cuestiones de patria el buen Alejandro.

Volviendo al Manual del distraído, hay que hacer notar cómo le aburre al autor lo engolado, lo supuestamente esencial, las grandes causas frente a los pequeños detalles (como la cortesía, señor Faltón). Le aburre lo relevante, lo decisivo la inexistencia de vueltas atrás (y cómo si no regresar a lo mínimo y verdaderamente importante), lo ampuloso, lo teatral y tétrico, los decorados incomparables (y de paso el Canigó), las versiones consagradas, lo agravios victimistas que te permiten vivir como un pachá. La ampulosa ambición del tamaño de un ego que tiende a ocultar detrás desde los desfalcos hasta la incompetencia, pasando por la mera xenofobia. 

Rossi ofrecen deliciosos callejones sin salida donde habitan gatos maliciosos y tranquilos que no ofrecen soluciones cuando no las tienen y de ofrecer conclusiones no tienen ningún futuro práctico para los mercachifles. Rossi es un gato racionalista, pero de una racionalidad laboriosa y modesta “sin éxtasis solares". O sea, un árbol es un árbol (o la dichosa rosa), pero no un ramillete de símbolos por muy en Guernica que haya enraizado. Como buen gato tiene los sentidos tan afinados, a flor de piel, los primeros sentidos, que sólo quiere acariciar al tronco, sin que genere consecuencias. ¿Y cómo se llega a esa simplicidad?: distrayéndose, lo que no es cosa sencilla, de ahí el manual. Recetario contra las recetas, del modo de desvincular la atención de donde nos la colocan los políticos y demás jerarcas. Cumple a la perfección la propuesta de Ítalo Calvino para una literatura que haga suya el gusto por el orden mental y la exactitud, la inteligencia de la poesía y al mismo tiempo de la ciencia y la filosofía. Un texto inasible, escéptico, pura delicia, una chocolatina para adultos que no se la roban a los niños.



4 comentarios:

  1. No recuerdo haberle quitado la chocolatina a ningún niño (ni, ya de paso, haber agraviado a nadie en los últimos tiempos), pero me apunto el "castigo".

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    1. Qué rápido eres, estaba aún retocando el post con una alusión a Calvino cuando ha aparecido tu comentario. ¡Castigado!

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  2. No he leído el libro de Rossi aunque alguna vez había oído hablar de él. Dices que está descatalogado, a ver cómo lo consigo entonces (por internet no lo encuentro).

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    1. Por fortuna, al reves que la biblioteca de Borges, Internet no contiene todo. Te puedo prestar mi ejemplar. Con vuelta

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía