lunes, 8 de marzo de 2021

El hutu catalán, el chimpancé y la hormiga


 Para mi sociedad, los gatos

El Autodenominado Homo sapiens es racional sólo en parte, probablemente por fortuna, pero no por eso deja de asombrarme la capacidad de autoengaño de tanta gente. Por otro lado, hay unos pocos siempre que saben utilizar nuestra parte emocional para llevarnos a callejones sin salida. Parte de esos callejones son la xenofobia, el racismo y los nacionalismos. No se trata solo del famoso y certero aforismo de que el patriotismo es el último refugio de los canallas; eso es cierto para los que manipulan a los patriotas, lo sean ello o no. George Bernard Shaw es más eclético y obvio: “El patriotismo es fundamentalmente la convicción de que un país en particular es el mejor del mundo porque uno nació en él”. Así de absurdo es este absurdo; de ahí que todo nacionalista sea un chauvinista.

Pero dado que toda la historia de cualquier rincón del mundo está influida por esas convicciones y a menudo arrastrado sangrientamente a sociedades enteras en contra de sus propios intereses, algo que el anarquismo tenía muy claro: “ni Dios ni patria ni rey”, cabe preguntarse si este es un asunto que llevamos grabado en nuestro ADN, si es innato, vaya, o si se trata de un correoso añadido cultural, en el sentido antropológico. Repárese en el siguiente experimento mental: la posibilidad, aparentemente trivial, que tiene la gente de entrar en un recinto cerrado, un bar sin ir más lejos, o un cine o un teatro, una sala de conciertos, una cafetería, un recinto lleno de extraños (localizado, piénsese, en una gran ciudad, no en un pequeño pueblo) y no pensar en ellos, no inquietarse. Ese es un logro humano, un punto de inflexión de nuestra evolución como especie biológica que a menudo es pasado por alto, un cambio de perspectiva prehistórico que con el tiempo dio lugar a… sí, las dichosas naciones; y aquí entran los historiadores para hablarnos de las antiguas hordas nómadas de cazadores recolectores, los primeros asentamientos agrícolas, el surgimiento de ciudades, las naciones, los imperios. El experimento, ya no mental, más que una reflexión, es que estar rodeado de desconocidos de su propia especie para nuestro más próximo pariente zoológico, el chimpancé, sería inimaginable, huiría aterrorizado ¿Que sucedió para que soportemos sin terror la presencia de esos desconocidos rodeándonos? Vale, somos una especie sociable, pero los chimpancés también, hasta cierto punto. Y  ahí reside una de las claves: tolerar al extraño.

En el historial humano, como en el chimpancé, los extraños han sido considerados peligrosos, hasta lo suficientemente despreciables como para aplastarlos como insectos; es la lastimosa base de la historia. Pero hay estudiosos, minoritarios por el momento, porque creo que están en lo cierto, que consideran la pertenencia a una sociedad como un aspecto particular de nuestro sentido de la identidad, y extendiéndolo no tanto, de nuestra condición humana, tanto o más que la raza y la etnia. El premio Nobel Amartya Sen ha investigado los motivos que llevan a los individuos, a ti y a mí (en este blog nos tuteamos), a disolver sus identidades en grupos que anulan cualquier otra perspectiva. A raíz de los sangrientos conflictos de Ruanda, el genocidio reciente más sangriento, por encima incluso del de la antigua Yugoeslavia, Sen se lamenta de que “un peón hutu de Kigali puede ser presionado para verse solo como un hutu e incitado a matar tutsis cuando no sólo es un hutu, sino también un kigalinés, un ruandés, un africano, un trabajador y un ser humano”. Es fácil y en parte inútil decidir que los humanos son violentos, agresivos, homicidas… por naturaleza. También somos justo lo contrario: solidarios, empáticos, altruistas, generosos. Eso no resuelve demasiado este asunto. Mataba porque era hutu, y mataba tutsis porque eran tutsis. Pueda que nos venga a la mente el término tribal, o tribalismo. Lo cierto es que en relación con los vínculos dentro de una sociedad, ese sentido de pertenencia de por vida puede suscitar adhesión y lealtad, pero hacia los extraños puede promover odio, destrucción.

En el interior de muchos de nosotros, los más propensos a lo emocional y menos reflexivos, habita un peón hutu con un machete en la mano. Cómo explicar si no que un dirigente político catalán con estudios superiores hablara de los castellanos, vecinos suyos, como lo hutus de los tutsis, como ratas asquerosas. Ya se sabe lo que conviene hacer con las ratas. Sí, eso dice muy poco del raciocinio del Señor Torra, pero dice mucho de lo que estoy tratando aquí.

Vuelvo a la pregunta, cojan la cinta enrollada del ADN: ¿son las sociedades, sean tribus, naciones con o sin estado o clubs de fútbol, y la práctica de marcar, etiquetar al extranjero, como extraño, otro, es eso parte del “orden de la naturaleza” y por tanto, inevitable? Lo siento por tantos historiadores, politólogos y hasta colegas, quizás me pueda mi de-formación profesional, pero considero que la idea de pertenencia, la que nos permite estar sin problemas en una cafetería llena de desconocidos (pero no extraños) y lo que todo eso conlleva de estar dentro o fuera de grupo es inusual en biología. Y los ejemplos que sí lo cumplen son poco halagüeños, como las hormigas y otros insectos sociales, pero no los antropoides, nuestros primos. Ser parte de una tropa, de un rebaño, de una tribu, una manada, un clan, una bandada forja esa identidad singular que va más allá del parentesco familiar de padres, hijos o hermanos.

Añadamos otra cosa; por muy naturales que nos parezcan las actuales naciones, no son estrictamente necesarias. Hemos vivido varios cientos de miles de años sin ellas y considerarlas un progreso, y encima inevitable, no está demostrado. De hecho, hay grupos, tribus que continúan existiendo independientemente del Estado en el que habitan. Sin ir tan lejos (por ejemplo a Nueva Guinea) también catalanes.

Hablamos tanto de nuestra postura erguida, de nuestro pulgar oponible, de la fabricación de herramientas, de la consciencia de uno mismo y ese acto aparentemente trivial de entrar en una cafetería nos pasa desapercibido siendo uno de los logros más apreciable y menos apreciado de nuestra especie. Estar cómodo entre desconocidos dio una ventaja a los humanos desde el principio y, ¿sabéis qué?, ¡hizo posibles a las naciones! Nos dio la ventaja de trascender las limitaciones de tamaño impuestas a la mayoría de las sociedades de mamíferos. Más tarde, cuando tribus y grupos menores se reunieron en uno mayor, se hubieron de rehacer esas herramientas cognitivas de supervivencia para aceptar a los otros grupos étnicos y amoldarse a su presencia. El ‘melting pot’ es positivo siempre que la mezcla no sea excesiva y demasiado continua. Si no, bueno, no habría historia. Chimpancés y bonobos no hacen eso ni por asomo, incluso los primeros, para desconsuelo de Jane Van Goodall, han sido sorprendidos en guerras de exterminio con grupos rivales. Algunos estudiosos ven en eso su cercanía a los humanos. Pero borrad esa sonrisa de suficiencia. Son las hormigas las que hacen toda clase de cosas “humanas”, desde construir carreteras y viviendas acondicionadas climáticamente a establecer reglas de tráfico, higiene pública y producción en cadena, cosas que no hacen nuestros primos antropoides.

Hay muchos misterios que los zoólogos han desvelado. Por poner un caso; los elefantes africanos forman sociedades que van más allá de la familia y de la uniformidad de la simple manada. Pero los elefantes asiáticos, mucho más dóciles y domesticables, no lo hacen. Pero no es ilimitada esa capacidad, sino que se restringe a unos pocos individuos, unas decenas. Cómo la especie humana se liberó de esa restricción es una pregunta pertinente. Probablemente por el uso de “insignias de pertenencia”, ahora que están tan de moda los lacitos, rosas, violetas, blancos, amarillos (pobres daltónicos: uno, separatista catalán desprevenido con el emblema de los gais), contraseñas ajustadas a nuestros cuerpos, lenguas, vestimentas, tablones de anuncios de carne y hueso, identidades.

Y todos esos estandartes han estado entrando en conflicto y sigue la cosa igual. Prueben a sentarse en un estadio de fútbol con la bufanda del equipo rival. No olvidemos que en la guerra moderna se fusila inmediatamente al enemigo pillado in fraganti con el uniforme propio, inadecuado. Las sociedades  y sus banderines de enganche se conquistaban unas a otras, como los chimpancés. Puede ser, en definitiva, que la pertenencia a una sociedad sea tan esencial para nuestro bienestar como encontrar pareja, alimento o cobijo. Y quizás haya que lidiar con ello porque sea un juego, nada inocente,de suma cero.

sábado, 6 de marzo de 2021

Ptágoras era listo no por haber sido el primero, sino por ser listo entonces y ahora

 


Sócrates o Pitágoras son respetados hoy por ser pioneros, pero en realidad ambos o cualquiera de ellos eran tan inteligentes como cualquier filósofo o matemático actual; simplemente tenían menos lecturas, formación si se quiere. Nuestros científicos están aupados a hombros de gigantes, según la conocida frase, y aquellos filósofos eran los gigantes. Eso nos hace olvidar a menudo su propia capacidad intelectual intrínseca. Pues lo mismo sucede con el humano corriente. En otras épocas los humanos eran tan racionales como ahora. O tan irracionales. Buscaban respuestas y en el caso concreto de las misteriosas enfermedades infecciosas lo hacían indagando en los elementos de tierra, agua, aire y fuego. Bien es cierto que también consideraban que sus vengativas deidades causaban la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, y consecuentemente les ofrecían sacrificios a esos espíritus aniquiladores para que acabaran con sus padecimientos. Era una forma sencilla de entender lo complejo, una fórmula consoladora. Pero al igual que hoy se hace responsable entre los conspiranoicos a Bill Gates o Georges Soros. Todo problema complejo busca y anhela soluciones sencillas, pero pese a la famosa navaja de Occam, suelen ser tan falsas como simples.

Evocar un mundo sin razón científica puede parecer difícil. Opino que no lo es tanto. Bien es cierto que parecen faltar, o de hecho faltaban, las relaciones de causa y efecto, no digamos las correlaciones con las que a menudo se confunden las anteriores. Y del hecho de que no había prácticamente tratamientos ni prevención de las enfermedades. No obstante, esos antiguos no estaban desprovistos de tratamientos que experimentaron a veces con éxito y de manera muy sagaz, intentando poner al descubierto la causa real de las enfermedades infecciosas. Eso, claro, sólo llegaría con el descubrimiento de Pasteur de los gérmenes, que surgió independiente y revolucionariamente a mediados del siglo XIX, al igual que la otra gran teoría biológica revolucionaria, el darwinismo.

De hecho, la teoría médica aceptada por consenso en la época no difería tanto de la verdad científica que hoy conocemos. Me estoy refiriendo a la teoría miasmática, que atribuía esas epidemias a los llamados miasmas: vapores, partículas o simplemente ‘mal aire’ que se filtraba y se evaporaba desde las aguas estancadas, marismas y pantanos. Reparemos que son los biotopos de los mosquitos trasmisores de la malaria y otras enfermedades. Eso por un lado, y por otro que esos miasmas y malos aires no están muy alejados de nuestros contagios por micropartículas de agua y vaporizaciones actuales, los famosos aerosoles. Hoy llevamos pacientemente mascarillas, pero en Venecia, zona lacustre tradicionalmente infectada de malaria y cólera, se venden hoy como recuerdo máscaras de carnaval, la más típica en pico de ave que usaban los médicos y en el susodicho pico se depositaban hierbas aromáticas para filtrar esos miasmas.

Aquellos razonamientos casi desenmascararon al vector real del plasmodio del paludismo, el mosquito, que habitaba en las malolientes aguas que se culpaban. Aunque el casi no basta. Como no realizaban análisis forenses ni autopsias, más bien se deshacían de los cuerpos cuanto antes, no apreciaron otros síntomas típicos, como la dilatación del bazo. A cambio, hay muchas descripciones muy precisas unas, ambiguas otras, de síntomas. En todas suele figurar la fiebre y sus intervalos álgidos, de ahí los nombres de tercianas y cuartanas, que definen intervalos de 48 y 72 horas. Además como ya he dicho anteriormente, el demonio, o dios, Belcebú de los cananeos y filisteos (pueblos por los que siento cierta afinidad visto el encono xenófobo de Jehová hacia ellos) era el señor de las moscas y los mosquitos; el caldeo Baal, espíritu de la enfermedad lo mismo. Y Nergal, el dios babilonio del inframundo se representaba como un insecto con aspecto de mosquito.

Siempre ha habido gente lista y gente tonta; probablemente más de unos que de otros, y siempre ha habido gente crédula y lo contrario, que no es la incredulidad sistemática del escéptico, sino la bendita y siempre insatisfecha curiosidad.

Este niño se fija en todo, decían las mujeres de mi casa cuando era pequeño. Ojalá hubiera sido así; habría aprendido más, y cuanto más aprendes más aprendes cuanto ignoras y más preguntas te surgen junto algunas pocas y atesoradas respuestas. Todo niño no constreñido es un científico innato, lo que pasa es que luego el entorno social y la educación reglada se encargan de anularlo.

viernes, 5 de marzo de 2021

Paseos anacrónicos con moscas

 

A veces practico una suerte de anacronismo creativo. Evoco la posibilidad de traer a nuestra época a Leonardo y hacer yo de anfitrión. Le muestro las modernas ciudades, los automóviles y trenes, la televisión e internet. ¿Cómo reaccionaría este genio ante una época de aviones y comunicaciones, pero que en lo esencial es su mismo tiempo? Me siento satisfecho de mi papel de cicerone.

Schopenhauer murió un año después de la publicación de El origen de las especies de Darwin. ¿Cómo hubiera reaccionado el ilustre pesimista ante una teoría que apuntaba a la necesidad como motor de todo cambio substancial pero también al azar? Creo que se habrían confirmado sus sospechas. El filósofo, como cabría esperar, reflexionó mucho sobre la mosca. La mosca es un incordio porque es una probable presa, difícil de atrapar, que se acerca en lugar de huir de sus destructores. “La mosca debe ser tomada como el símbolo de la impertinencia y la audacia, porque en tanto que los demás animales le huyen al hombre más que a otra cosa y corren antes de que él se les acerque, la mosca se posa sobre su nariz misma”. Y qué pensaría de que una de las moscas más diminutas, la de la fruta, Drosophila melanogaster, se haya revelado como el auxiliar de laboratorio más habitual para desvelar los secretos íntimos de nuestra especie.

Las moscas no son solo un incordio. La disentería bacilar o shigellosis, la fiebre tifoidea, el cólera, la disentería amebiana, la famosa enfermedad del sueño de la no menos famosa mosca tse tse o la loaiasis se transmiten por diversas especies de moscas. No olvidemos que son una de las siete plagas de Egipto del famoso chantaje de Abraham (en realidad tábanos, quizás el animal más peligroso en España con excepción del peliagudo mosquito). Belcebú, el segundo en el escalafón de los demonios tras el príncipe Lucifer, era Beelzebuh, derivado de Baal Zebub o Ba’al Z’vuv, el Señor de las moscas, también evocado en la magnífica y terrible novela de William Golding con el mismo título en el que se recrea la vuelta al salvajismo de un grupo de niños abandonados a su suerte (azar) y a su necesidad.

Curiosamente, en el amplio repertorio teológico animalista de los antiguos egipcios, la mosca cumplía un papel honroso. Era la mayor distinción militar concedida por el faraón a sus soldados más destacados. Y las unidades de infantería lacedemonias estaban equipadas con escudos adornados por una gran mosca, para recordar al enemigo que al igual que el insecto, “por más que los espantemos, siempre vuelven a la carga". Cuenta Plutarco que un día uno de los soldados pintó en su escudo una diminuta mosca, esto es, a su tamaño natural. Sus compañeros dedujeron que había perdido su arrojo, pero este les respondió que “al contrario, significa que deberé acercarme más que nadie al enemigo para que pueda ver mi mosca”.

A mí evocado y trasplantado temporal Da Vinci también le mostraré las moscas, pero como símbolo de que pese a todo y a esa asepsia que seguramente notará el florentino, las moscas siguen en nuestro mundo.

lunes, 1 de marzo de 2021

Del psicoanálisis a las razas de perros pasando por Obama

 

Sigmund Freud, padre (y madre, no olvidemos su complejo de Edipo), del psicoanálisis, un sistema de curación que está debidamente comprobado que jamás curó a nadie, pero que ponía etiquetas a la parte oscura de las mentes y consolaba mucho, hasta el punto que volvía adictos y adeptos del método de por vida a sus pacientes, diseñó el inconsciente como la parte baja de un niño perverso. A la psicología le ha hecho falta más de un siglo para olvidarse de ser una literatura y convertirse en ciencia a trompicones. Freud, todo hay que decirlo, intentó seriamente ser un científico. Inicialmente de dedicó a la fisiología intentando descubrir el misterio del sexo de las anguilas, tras múltiples disecciones no lo consiguió. Así que se dedicó a la literatura. Sus relatos de casos clínicos con nombres fingidos, desde mujeres histéricas o varones neuróticos, se cuentan entre lo mejor de un género que él en parte inauguró. La interpretación de los sueños es de lo mejor que se puede encontrar en la narrativa de su época. Vladimir Nabokov, probablemente celoso de los logros narrativos del austriaco y de sus escasos éxitos terapéuticos, le llamaba el Mago de Viena. Y no era una alabanza.

Konrad Lorenz, por su parte, otro excelente narrador (véase su Anillo del rey Salomón: hablaba con las bestias, los peces y los pájaros) inauguró con otros dos pioneros la etología, la ciencia del comportamiento animal en su entorno, al contrario que los conductistas, que lo hacían en laboratorios con los debidos laberintos, premios y castigos. Al final los conductistas o behavioristas como también les llamaron con un fatal anglicismo, no descubrieron mucho, pero las ratas de laboratorio descubrieron que podían programar a los humanos de bata blanca para que les dieran comida cuando apretaban un botón.

A nadie se le podría ocurrir que Freud y Lorenz deberían haber sido negros africanos, bantú el uno, dinka o masai el otro, pero bajo cierto punto de vista sería lógico. Veréis; cuando los Homo sapiens salieron por fin de África, hace solo unas decenas de miles de años, pasaron por un cuello de botella demográfico, se redujeron drásticamente y estuvieron (estuvimos) a punto de extinguirnos. Los relatos evolutivos de los paleoantropólogos, normalmente descendientes de ese exiguo grupo superviviente, suelen olvidar que en África quedaron muchos más sapiens. Eso unido al hecho de que el lugar de origen de toda especie es la zona de mayor diversidad genética explica el sorprendente hecho de que las diferencias genéticas entre un lapón y un griego sean mucho menores que las de cualesquiera africanos entre sí. Pero da la casualidad y la causalidad que fue en esa Europa donde surgió la cultura occidental que incluye el psicoanálisis y la etología. Por otra parte, todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos…y en esa secuencia exponencial en base dos se da el caso de que, retrocediendo lo suficiente, todos estamos emparentados con, por ejemplo, Carlomagno.

Freud y Lorenz eran agudos observadores, Freud con más inventiva, y a ninguno le preocupaba en exceso que una buena teoría, bien contada, se viera contradicha por hechos tozudos, simplemente los rechazaban, como hacen los conspiranoicos. De Freud ya sabemos su inventiva. Lorenz, descubridor del imprinting o troquelado (el primer ser vivo que ve un recién nacido, especialmente las aves nidífugas como las anatidas, y al que sigue inmediatamente, le troquela su disposición a considerarle su semejante, hasta el punto de que las ocas de Lorenz así tratadas intentaban luego de adultas copular con él y no con sus semejantes). Pues bien, este mismo fino observador consideraba que los perros, que comparten con nosotros su uniformidad genética y su prodigiosa variedad fenotípica (del terranova al chiguagua), descendían del lobo, unas razas, y del chacal las demás. Lo cierto es que todas descienden del lobo; es más los perros son genéticamente lobos y lo prueba que ambas seudoespecies pueden cruzarse indefinidamente entre sí y tener descendientes fértiles.

Tenemos prácticamente el mismo número de genes en nuestro ADN que el ratón o incluso que la mosca del vinagre, la mitad que el trigo o la cebolla, la cuarta parte que el maíz. Y sin embargo, muchos individuos sapiens, que no hacen honor a su nomenclatura, se empeñan en encontrar radicales diferencias entre sus semejantes. La mayor diferencia entre Barack Obama y un hillboy de Arkansas partidario de Trump es que el primero ha cultivado su fenotipo neuronal y el segundo lo ha degradado, de modo que uno se ha convertido en un enorme terranova y el otro en un chiguagua gritón.

jueves, 25 de febrero de 2021

¿Qué quiere de mí Victoria Abril?

 

Es evidente que bulos han existido siempre, aunque ahora se les llame fake news, si no no necesitaríamos a los historiadores. También es evidente que las redes sociales son mucho más eficientes para divulgarlos que el boca a oreja medieval o los panfletos anónimos, como lo es que los teléfonos actuales no estén enganchados a las paredes y hagan muchas más cosas que telefonear y recibir llamadas, dos funciones, por otra parte, bastante molestas. Por otra parte como biólogo sé que el engaño ha tenido un papel fundamental en la evolución; las presas, por la cuenta que les trae, intentan engañar a sus depredadores y viceversa. El mimetismo: imitar a otra especie no alimenticia por tóxica o peligrosa, confundirse con una ramita como hacen un grupo de insectos, los fásmidos, o con una hoja, como algunas mariposas, moscas que se confunden con avispas y el colmo de los colmos, ciertas especies de pececillos en los que algunos machos imitan a hembras para camuflarse entre ellas, eludir a los machos rivales y fecundar las puestas de las verdaderas hembras. O sin ir tan lejos, esos matones de patio de colegio, agresivos e intimidantes que en realidad suelen estar muertos de miedo.

El engaño sin embargo no resulta gratis, tiene costes, conlleva esfuerzos y el riesgo de ser descubierto. Por eso me fascina sobre todo el autoengaño. Todos esos conspiranoicos y sus ideas y teorías delirantes suelen tener una cosa en común: se creen sus propias mentiras. Ahora acaba de salir una actriz española a la que siempre admiré y considero inteligente, a la estela de un cantante hoy de capa caída, diciendo que todas esas muertes, que no es fácil ignorar, son debidas a otras causas, incluidas las naturales, y no por el covid. Consecuentemente las vacunas son experimentos masivos no sé sabe bien para qué, pero no para inmunizarnos de ningún virus. Bien. La he visto en la tele; resultaba convincente, se lo creía vamos, por muy buena actriz que sea, se lo creía, creía lo que decía.

¿Por qué nos autoengañamos? Para engañar mejor a los demás. Si reorganizamos internamente la información de mil maneras improbables y además lo hacemos inconscientemente en gran medida resultaremos muy convincentes. Por eso la función primordial del autoengaño, a la inversa que mis ejemplos zoológicos anteriores, es ofensiva, se mide por su capacidad de engatusar a otros. Hay un biólogo de Harvard, Robert Trivers, que ha estudiado este fenómeno y considera que es un fenómeno evolutivo que por consiguiente se puede medir por los efectos positivos en la supervivencia y el número de descendientes viables. No debemos olvidar lo que señala la moderna neurociencia, que la mente consciente es una suerte de observador que contempla los hechos consumados, mientras que el comportamiento mismo se inicia por lo común de manera inconsciente.

Un género de autoengaño extendido está vinculado a las narrativas históricas, que hasta han desempeñado un papel crucial en las guerras insensatas (suponiendo que haya guerras sensatas), en las nacionalistas y las de religión. Cuanto más “social” o menos “dura” es una ciencia o disciplina mayor facilidad para el autoengaño. Los delirios, digamos prehistóricos, desde los vascos en España a los galos en Francia son buenos ejemplos, o los medievales y más tardíos entre los nacionalistas catalanes. Todos los que se lo creen se lo creen sin dudas. Además las mentiras se propagan mucho más rápido que la verdad. Alguien dejó dicho acerca de los rumores que la mentira ya ha dado media vuelta al mundo antes que la verdad comience a propalarse.

Algunos filósofos sostienen que el vocablo “autoengaño” es un oxímoron que entraña una contradicción intrínseca, porque ¿cómo puede ser que el yo engañe al yo? Sería necesario que el yo conociera lo que no conoce. Esta contradicción se soslaya cuando se mantiene el yo consciente en la oscuridad. O si se prefiere, la información verdadera se guarda en el inconsciente y la falsa en la consciente. Pero confieso que me interesan menos esas disquisiciones de los amigos filósofos que las de mis colegas que investigan a los pececillos travestis. De hecho yo tuve un amigo en mi juventud que se hacía pasar por gay (entonces se decía marica) para ligar…con chicas.

No hay que darle más vueltas —aunque el tema es fascinante—, mientras el autoengaño funcione, es decir, engañe a los demás, seguirá existiendo. A mí, en las raras ocasiones personales en que se me han hecho confidencias sobre alguna teoría alternativa delirante, siempre pregunto dos cosas: “ a ti que te pasa”, y también “qué quieres de mí?”. A ver, Victoria Abril, ¿qué quieres de mí,chata?