martes, 19 de septiembre de 2017

Moritos idiotas





A ver si va a resultar que la religión no sólo es el opio del pueblo sino su dinamita. La interpretación exagerada de una religión de camelleros del desierto de hace quince siglos no requiere demasiada imaginación ni exige precisión, al contrario. Lo que requiere imaginación es pensar que algo así pueda causar tanto daño y dolor en una sociedad avanzada que tiene como suelo ético los derechos humanos de todos, los suyos también, pero que quizás carece ya de imaginación.

Los que piensan que los científicos son asépticos contables de la realidad y los poetas enajenados que la adornan debería recordar la frase de Nabokov que recomendaba tener la imaginación del científico y la precisión del poeta. La habilidad de los políticos, en cambio, es reducir la realidad a mantras, consignas, diagnósticos simples y recetas en consecuencia. Sin imaginación y sin precisión luchar contra un fenómeno tan complejo y multinivel como el terrorismo yihadista sólo les conduce a medidas militares (que justifican llamando guerra a lo que no lo es) y policiales (necesarias, pero estos atentados son más que delitos) y proclamas. 

El hecho de que un muchacho de origen magrebí aparentemente integrado en una sociedad occidental se decida a matar indiscriminadamente a sus vecinos y a morir en el intento requiere análisis tan complejos como seguramente insatisfactorios. Puede que los de Ripoll que asesinaron en las Ramblas no estuvieran tan integrados. Hay muchas formas de marginación. Lo cierto es que eran jóvenes y eran ‘moros’, es decir, su aspecto, sus familias y su origen eran lo que aquí se llama el de moros. Hay muchos en esas mismas circunstancias, y no matan gente, luego se necesita otra capa explicativa. Dos chicos nacen en la misma favela brasileña, puerta con puerta y uno termina siendo un narco y un sicario despiadado y el otro un novelista de talento que relata la vida de ambos (Ciudad de Dios). Si las circunstancias que tanto resaltaba Ortega explicaran a los hombres podríamos reproducir a Mozart o a Bohr, hacerlos nacer en Salzburgo o en Oslo. Y no. Además les tuvieron que vender una causa, un grupo, una utopía fanática. Pongamos que tampoco tenían la precisión del poeta ni la imaginación del científico para imaginar un mundo mejor que el que les proponían. Marginación, frustración, pertenencia a una minoría, escasa cultura, estupidez congénita… todo eso no nos debe hacer olvidar ni obviar que, como la violencia machista y tantas otras cosas, no existen ‘razones’, sólo disculpas. 

Sólo la educación y ningún paso atrás es el cinturón de seguridad contra el choque de los fanatismos, empezando por los propios. Les ofrecieron el dilema de Aquiles: elegir entre una vida breve e intensa o una larga y oscura y no supieron aguardar como Ulises el astuto para regresar a una vejez placentera y longeva. Vivir deprisa, morir joven y hacer un cadáver bonito. Pues no, como decía Bette Davis:”hacerse viejo no es para los gallinas”

Se dice que para conocer bien a alguien basta con darle poder y esperar. A estos chicos les dieron el poder supremo, el de quitar la vida. En definitiva, lo hicieron porque podían, igual que otros tiraron la bomba de Hiroshima.

Pobres moritos idiotas.

7 comentarios:

  1. Es difícil porque además puede haber experiencias personales que no conoceremos nunca y que ayudarían al menos a entender este caso.

    Y sí, a este paso la religión también será la dinamita.

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    1. El ser humano es la dinamita, lo cual no es decir nada.

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  2. Yo creo cada vez más que la religión, la nación, la revolución... no son nunca la verdadera causa de estas cosas, sino el pretexto en torno al que cuajan. Siempre hay gente que, por algún obscuro motivo, desea hacer daño. Si no encuentra ninguna causa en nombre de la cual satisfacer su "afición", mata porque sí, como los francotiradores de los institutos o de los centros comerciales en USA, o los asesinos en serie. Si, en cambio, tiene la "suerte" de que en su entorno exista alguna causa de la que colgar su necesidad de matar: la fe, la independentzia... se agarra a ella. La contrapartida es que, con este dato, no faltan las causas que se aprovechan de ello y capitalizan estos impulsos asesinos, justificándolos y enarbolándolos como buenas acciones. Pero creo sinceramente que el impulso de matar es anterior e independiente de las "causas" en nombre de las cuales se acaba matando; y que estas se limitan a, fomentarlo, encauzarlo y aprovecharlo, pero no son las que lo provocan.

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    1. Puede que tengas razón y que esa que mencionas sea la única condición necesaria y suficiente. En cualquier caso, los supuestos o reales 'motivos' ideológicos, políticos o religiosos agravan el delito en mi opinión; un asesinato por furia o razones personales me parece menos grave que uno cometido por una 'causa'.

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    2. También yo lo creo así. Creo que enarbolar una causa ideológica o religiosa, o nacional, o... para justificar un crimen no solo agrava la culpa del criminal, sino que la extiende a la causa en que se ampara, que pasa a ser culpable directa o subsidiaria, según los casos; y la extiende incluso a los numerosísimos gilipollas "mirones", incapaces ellos mismos tanto de matar como de formular una idea inteligible, pero que aplauden, o justifican, o "entienden" el crimen y lo miran con buenos ojos (que pueden ir desde el entusiasmo hasta la "comprensión", según el grado de gilipollez y de mala entraña del mirón en cuestión) desde el momento en que tras él aparece una banderita cualquiera que a sus ojos lo hace al menos "respetable".

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  3. Efectivamente responde al ansia de matar del ser humano. "Caín y Abel" "Ormuz y Airhman". Una historia tan vieja como el mundo. Hay gente a la que no le basta con odiar. Además quiere que haya muertos. Ser como dios durante unos instantes de su vida. Y, por distintos motivos, aunque parecidos, tanto el pueblo como los sacerdotes adoran los dioses.

    Un abrazo para los dos.

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    1. Todos somos mezclas de Caín y Abel, la cuestión es si sujetamos a Caín y modulamos a Abel

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía