
Podemos usar una manifestación habitual de civismo
como sinécdoque de nuestro comportamiento con el entorno inmediato. Están los
que tiran papeles al suelo, y dentro de estos los que lo hacen siempre, mucho o
sólo a veces o poco, y los que no lo hacen. Entre los primeros están los que lo
hacen involuntariamente, sin darse cuenta, esos incultos, y los que lo hacen
conscientemente, esos incívicos; son, por ejemplo, los que si les reprochas su
actitud afirman sobrados que para eso están los barrenderos (Bueno, ellos son ‘los
que les dan trabajo’, en sus varias acepciones, pero ¿y si no los hay, o sólo
de tiempo en tiempo?). Al inicio de la andadura de los verdes alemanes, a
comienzos de los años ochenta del pasado siglo, uno de los voluntariosos lemas
que se usaban es el de que había que barrer la puerta de uno mismo (nueva
metáfora hiperbólica) y así se conseguiría un planeta más limpio para todos. El
fallo de esta consigna reside en el mismo error que el de considerar a la
especie humana como un parásito de la Tierra y en especial de su Biosfera:
diluir la responsabilidad de unos pocos, con capacidad suprema de alterar y
dañar el medio, entre todos. A favor tenía el hecho incontestable de que solo
con un cambio de los comportamientos individuales a nuestro alcance podíamos
conseguir esos objetivos para mejorar la salud del medio. Los incultos de
nuestro ejemplo que no se dan cuenta de su mala costumbre se pueden atraer al
campo correcto con información y educación, pero los que confían sólo en los
barrederos son de la misma estirpe de los negacionistas del cambio climático y
de los que creen a pies juntillas que los problemas generados por nuestro modo
tecnológico y consumista de vida se solucionan con más tecnología (y más
consumo, sobre todo de más tecnología). Los humanos de a pie podemos aportar
nuestro granito de arena de ese no tan humilde modo. Sobre todo tenemos en
nuestras manos dos aparentemente modestos utensilios: el voto y el consumo.
Este último es un instrumento poderoso, porque somos muchos, consumidores lo
somos todos en mayor o menor medida; consumistas sólo los que pueden. Esto
puede ser “reconducido” por los poderes económicos (redundancia) a una forma de
consumo verde de élite, y de paso la lucha a favor del medio ambiente se
convierte en una novedosa oportunidad de negocio, desde los paneles solares a
los empleos de anticontaminadores o los fabricante de filtros. Sólo el concepto
de huella ecológica (ecological footprint), es decir, del rastro que deja
cualquier actividad o producto por inocuo que pueda parecer en el entorno,
corrige ese maximalismo buenista y diluyente de responsabilidades. Los que
afanosamente barren las puertas de sus casas no parecen percibir que tienen
casa, escobas y tiempo para limpiar por el simple azaroso privilegio de haber
nacido en un país rico que extrae de otras zonas pobres del planeta su propio
bienestar. Por eso, mientras no se obligue de algún modo (no sé cómo) a los
poderes a reconsiderar su forma de obtener beneficios (esa mezcla explosiva de
codicia e ignorancia), es decir, dejemos de diluir sus responsabilidades entre
todos, incluidas sus víctimas, el consumo responsable solo será una parte de la
boyante economía del negocio ecologista. Nadie discute, supongo, que en una
ciudad es mejor, al menos a primera vista, usar tranvías eléctricos como
transporte público que vehículos individuales quemadores de derivados del
petróleo. Pero a veces se olvida que para generar esa electricidad (sigamos el
rastro de la huella ecológica de nuestro tranvía) a lo peor hay que inundar más
o menos lejos de nuestra ciudad un fértil valle para construir un embalse que
genere energía hidroeléctrica. Pensar globalmente y actuar localmente, otra
consigna más afortunada de los Verdes. No tire papeles al suelo, pero tampoco
olvide cómo se ha fabricado ese papel que deposita escrupulosamente en la
papelera y, aún más importante, si era necesario fabricarlo, porque la
austeridad sensata es un paso más allá del civismo. Mejor con menos (mejor para
todos, no para ti)
En mi primera juventud, más rebelde que
revolucionaría, era más urgente luchar contra la dictadura de Franco que contra
el cambio climático, que ni siquiera se había divulgado como problema. Hablo de
finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Por
cierto, así como el término dictadura se ajusta bien al régimen franquista, por
muchos eufemismos que algunos reaccionarios nostálgicos quieran poner en su
lugar, lo de ‘cambio climático’ es una expresión tan desafortunada y redundante
al menos como la de medio ambiente para traducir el environment. Porque el
clima es cambio por definición y funciona como un osciloscopio de ondas
amplias (periodos geológicos), medias (glaciaciones) y cortas, en el rango de
millones de años, cientos de miles y siglos, respectivamente. Mejor sería
emplear la de calentamiento global, incremento exponencial del efecto invernadero,
aceleración del cambio climático o alguna otra menos intuitiva pero más exacta,
como el aumento de energía en las cubiertas fluidas del planeta que explica
mejor el incremento de fenómenos meteorológicos explosivos como los huracanes.
A tenor de lo anterior, algunos ‘rojos’ poco
reciclados deducen hoy que esa prioridad de la lucha contra la dictadura frente
a los problemas ambientales no se explicaba por razón de aquel tiempo, del
contexto histórico, y con clara displicencia se nos decía a algunos irredentos
que señalábamos los desmanes ecológicos que ya sufría la Península —como por
ejemplo la cementación de nuestras costas con una línea de horrendos edificios,
o la destrucción de los bosques —que “ya tendríamos tiempo de cultivar el
huerto cuando hubiéramos solucionado lo político”. Como si una cosa excluyera a
la otra o como si no fueran políticos también los problemas ambientales.
Muchos de los problemas ambientales que
denunciábamos y que siguen tristemente vigentes, como el agotamiento de los
recursos y la extinción de especies (Pobreza), la Contaminación (Pollution) y
el incremento demográfico (Población), las tres P del ecólogo Edward J.
Kormondy al que hoy casi nadie menciona, se situaban temporalmente en un
futuro, aunque apremiante y cercano. Pero en realidad no hacía falta viajar en
el tiempo para ver ya tales terribles realidades cumplidas. Bastaba con hacerlo
en el espacio, hacia esas enormes zonas olvidadas por los opulentos (los que
cultivaban sus huertos y jardines) que se denominaban Tercer Mundo, Sur,
o Periferia que ahora son presas de esa plaga moderna que es el turismo de masas. Porque la justicia, llamémosla así, o la solidaridad geopolítica,
y la temporal (nuestra obligación hacia las siguientes generaciones de legarles
un mundo no peor) están intrincadamente relacionadas, y la primera es condición de
la segunda.
El sentimiento de aprecio por la naturaleza, tal
como habitualmente se considera, es de raíz claramente urbana. El campesino con
la sudada frente inclinada sobre la esteva del arado no tiene muchas ocasiones
de deleitarse con la belleza de ese entorno que el mismo contribuye a mantener.
O el pastor. Nadie que se busca el sustento en el medio natural lo hace, aunque
eso no quiere decir, ni mucho menos que no lo aprecie, pero su estética es
completamente distinta a la del visitante esporádico y ajeno. Una de las
deficiencias más graves y relevantes del ecologismo habitual es la de promover
una sensibilidad previa al conocimiento del entorno. En realidad y como tantos
otros es un problema que radica en confundir la educación con el
adoctrinamiento. Es a partir del conocimiento cuando puede surgir un aprecio y
una valoración menos superficial. Lo contrario es, por así decirlo, colocar la
carreta delante de los bueyes y, por eso la supuesta sensibilidad se torna superficial
sensiblería. Es obvio que los campesinos no suelen tener un conocimiento
científico de la naturaleza, pero lo tienen empírico, por prueba y error, y así
saben, por ejemplo, que arar a favor de pendiente provoca la pérdida de suelo
fértil por erosión.
Pese a eso, hoy en día me gustan infinitamente más
esos jóvenes que reivindican poder "cultivar el huerto", por asumir
la expresión del viejo rojo, que los que se adscriben a una ideología con su
paquete de dogmas a cuestas. Pero me matizo a mí mismo: hace muchos años,
cuando surgían en la entonces Alemania Federal los primeros “verdes”, un
político bávaro hoy felizmente olvidado advertía que había que tener cuidado
con ellos porque eran como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro.
Yo, dentro de mis modestas posibilidades, le repliqué en un medio de prensa
escrita hoy desaparecido que más bien los llamados verdes deberían aspirar a
ser como los tomates: verdes primero y rojos cuando madurasen. Porque está
suficientemente demostrado que el capitalismo como apropiador de la plusvalía,
del sudor de tantos, es el mismo agente social y político que el que destruye
el entorno. Caras de la misma moneda y, por tanto, de la misma lucha si
queremos un futuro mejor y un planeta más habitable y justo. Parece que el
feminismo lo ha entendido mejor y se ha dado cuenta hace tiempo que su lucha
(que debería ser la de todos y no sólo la de ellas) no es contra los varones
sino contra una cultura patriarcal y un sistema económico discriminatorio.
Ahora además tenemos menos catecismos ideológicos
(confío), más información; plagada, eso sí, de ruido (falsedades,
inexactitudes), como se señala en Teoría de la Información; más conocimientos
(no suficientemente extendidos entre la población general: nuevamente la
educación) y más medios, aunque lamentablemente también más urgencia. El
osciloscopio climático, en su rango temporal más inmediato, está cambiando
demasiado bruscamente, lo que implica mayores dificultades de adaptación de las
sociedades humanas y de muchísimas otras especies. El Planeta, como se suele
decir con otra expresión incorrecta, no está en peligro, como no lo estuvo ni
en las glaciaciones ni en el Pérmico hace más de 250 millones de años (el momento
de la mayor extinción masiva de especies en la historia de la Tierra), pero los
humanos y nuestra forma de vida, basaba en una brutal balanza entre el
despilfarro y la pobreza, y muchas miles de especies que nos acompañan sí. Los
ricos y los poderosos, que son lo mismo, están en guerra contra los demás y
contra este planeta como hogar de todos, y la están ganando, o sea, perdemos
todos. La nave se hunde, aunque, por el momento, unos pocos viajen en las cubiertas
y camarotes de lujo y una vergonzosa mayoría hacinados en sentinas y bodegas.
Que siga tocando la orquesta. Los mansos, que no lo son en el fondo, esto es,
las bacterias y muchos otros organismos supuestamente 'inferiores', heredarán
la Tierra. Y el Planeta tan contento, nosotros no estaremos allí para lamentarnos.
Un antiguo amigo economista tenía siempre la mala
costumbre de calificar a la especie humana como un parasito. Eso implica a mi
juicio dos errores. El primero, diluir la responsabilidad de una numerosa minoría,
que se guía por esa mezcla de codicia e ignorancia más explosiva que la
dinamita entre todos, incluidas las víctimas. El segundo error es considerar el
parasitismo similar a las plagas. El parasito está siempre obligado a adoptar
una forma de vida extrema similar a la predación. Es como considerar malvado al
león porque caza gacelas (que es por cierto lo que hacen los cazadores humanos
con las otras especies como el zorro o
el meloncillo que, en inferioridad de condiciones, compiten con ellos y por eso
las llaman ‘alimañas’). En cambio, una plaga puede estar constituida por
cualquier especie "noble" —como los elefantes o nosotros— que por
diversas circunstancias crece desmesuradamente provocando perjuicios al entorno
y a sí misma en última instancia. En la plaga no existe un determinismo
obligatorio, sino una alteración de las condiciones ambientales. Los humanos,
en efecto, nos hemos convertido en una plaga (unos más que otros).
