sábado, 17 de abril de 2021

Gracias por dejarme dormir en el sofá

 

“Gracias por dejarme dormir en tu sofá. Te he cogido una cerveza de la nevera, y se me ha roto una taza de café. Lo siento, espero que no sea tu preferida”. Esa nota de cortés agradecimiento que uno podría dejar en la casa de un amigo en la que se ha pernoctado refleja la actitud correcta que deberíamos tener con el planeta que es nuestro hogar transitorio. Eso no es salvar el planeta, que se basta solo y hasta mejor sin nosotros. Los indios navajo y hopi tengo entendido que no establecen la fecha de su nacimiento al ser alumbrados, sino cuando la madre se levanta ya recuperada; entonces es cuando se considera que el nacimiento se ha consumado. Por eso los indios en cuestión tienen otra madre además de la biológica: la madre del ombligo que es la encargada de cortar el cordón umbilical y de cuidar al restablecimiento de la otra madre. En cambio los antiguos chinos cuentan su edad desde el momento de la concepción, nueve meses antes, nueve meses más viejos, lo que complacería a los antiabortistas.

Salvar el planeta es una pretensión tan egocéntrica como la de que el recién nacido pretendiera cuidar de su madre. Todos somos invitados aquí y deberíamos procurar ser respetuosos, aunque es inevitable que rompamos alguna taza de café y acabemos las cervezas de la nevera y dejemos la huella de nuestro peso en el sofá. Durante nueve meses, esto es, algo más de 200.000 años, hemos estado bien acogidos, más o menos, glaciaciones y sequías y subidas y bajadas del mar. Tras el nacimiento —fecha discutible como se ha visto— comienza nuestra egocéntrica historia, la recordada y la inventada, y a partir de ahí ha habido de todo.

Pero cuidado, también nosotros somos para este planeta-casa, la taza de café rota, la cerveza, el sofá tan cómodo, aunque a veces se nos claven los muelles. Somos el ciervo y el arce. Somos parte de esta casa, una parte esencial últimamente, como ese niño que crece, porque nos hemos convertido en una fuerza tan dinámica como las geológicas. Hemos transformado el espacio a nuestra conveniencia y a nuestro disgusto. Somos el problema y la solución. Pero no somos los parásitos de la Tierra como propugnan los adeptos a la Deep Ecology, simples misántropos, ariscos con su propia especie. Los parásitos son depredadores peculiares obligados a esa forma de vida, sin remisión salvo acabar con ellos. Más bien somos una plaga, como los nobles elefantes cuando confinados en un área acaban con los árboles. Hay que restituir los árboles y reducir la población de elefantes o ampliar su área, lo que en este mundo finito y limitado no es posible. Tampoco es posible volver al útero materno, retroceder a la fase ahistórica más que prehistórica para volver a ser un animalito más, no es posible dejar la casa de invitados como si no hubiéramos vivido temporalmente en ella, pero hay que evitar no romper más tazas de la cuenta, sobre todo la preferida (esencial) del anfitrión, como lo son las aguas o la atmósfera.

2 comentarios:

  1. La metáfora del invitado expresa muy bien la importancia de la educación en estos temas. Precisamente por eso el problema es tan complicado de resolver. Porque, a mi modo de ver, entra en contradicción con la dinámica de consumo. Es decir, nos han invitado a una casa ajena y hemos sido educados para saquearla.

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía