miércoles, 8 de marzo de 2017

Marx sigue vigente, 4




Siempre ha existido una relación conflictiva entre el marxismo y la ecología y los límites del crecimiento, pero no mayor que con el capitalismo. En realidad, el comunismo realmente existente, el soviético, comenzó con buen pie, situándose  en los años treinta del pasado siglo en la vanguardia de la conservación de los ecosistemas, pero como en el caso de las vanguardias artísticas antes de ser proscritas por el horrendo kitsch del realismo socialista, el asunto duró poco. Sin embargo, la ecología soviética de los años 20 era una de las más avanzadas del mundo (lo que a menudo se ha infravalorado porque sus publicaciones se hacían en ruso y no en inglés). En ese sentido el caso Bujarin puede resultar ejemplar. Nicolai Bujarin prolongó la idea de Marx del metabolismo entre el hombre y la naturaleza. Trágicamente, su obra más avanzada, Arabescos filosóficos, de 1936, la escribió en la cárcel de Stalin aguardando su ejecución. Con su muerte y la de muchos ecologistas y ecólogos rusos el pensamiento ecológico marxista retrocedió a ese desarrollismo sin contemplaciones que ejemplifica la catástrofe de Chernóbil o la desaparición del Mar de Aral.

Los pensadores marxistas que han tendido a lo verde siempre han sido heterodoxos, porque la línea ortodoxa, marxista-leninista siempre ha sido ferozmente desarrollista. En la década de 1960, uno de esos significados heterodoxos fue Ernst Mandel, aunque seguía rechazando los ‘límites naturales’, pero la aceptación del pensamiento del conocido Barry Commoner fue decisiva. Commoner además compuso una ecuación en la que no sólo estaba presente la ecología, por así decir, sino la pobreza, la discriminación racial y la guerra como factores de la crisis medioambiental. En un remedo del famoso “socialismo o barbarie” de Rosa Luxemburg (para mí la pensadora marxista más importante después del propio Marx), Commoner hablaba del uso racional de los recursos naturales o la barbarie.

Otro socialista comprometido tan ambigua como tempranamente con el ecologismo desde el marxismo fue el ensayista y escritor  Hans Magnus Enzensberger, uno de los primeros marxistas en no menospreciar el medioambientalismo, aunque fue el responsable (y aún no ha rectificado) de señalar que el medio ambiente era un asunto de las clases medias. Su argumento era que los problemas ecológicos eran causados por el capitalismo (falso: la contaminación del lago Michigan es similar a la del lago Baikal) y por tanto la lucha de los socialistas tenía que concentrarse en el combate contra este y no contra sus desafortunados efectos secundarios que constituían la preocupación de liberales de la clase media (como yo).

Finalmente, los dos intentos más desarrollados e influyentes de asociar el rojo con el verde fueron los de Rudolf Bahro y André Gorz. Bahro señaló precisamente el problema de los límites (“la naturaleza no aceptará más agresiones y está contraatacando”), incluso, el viejo marxista terminó señalando que “Soy verde y no rojo. El concepto socialista, en la teoría y en la práctica, está encadenado al industrialismo y al estatismo”. Se le ha tildado de una deriva hacia el socialismo utópico.

El francés Gorz, muy influido por el sesentayochismo, fue mucho más ecléctico que el utópico post industrial Bahro, más dado a pensar en términos marxistas clásicos, el crecimiento está muerto o debe detenerse. El ecosocialismo de Gorz, muy influido por Ivan Illich, ha sido criticado como lleno de paradojas, ayudas mutuas y autogestión obrera verde y Murray Bookchin, un anarquista verde muy interesante, incluso le tildó de generar una lógica de “Disneylandia libertaria infantil”.

El intento más sólido de conciliación que conozco, a través de la prestigiosa revista Capitalism, Nature, Socialism (que tiene una versión cátalo-española a cargo de Martínez Allier en la que me he honrado colaborar), es el de James O’Connor, para quien la crisis ecológica es la segunda contradicción del capitalismo, que tiende a destruir sus propias condiciones para prosperar. Una característica intrínseca del modo capitalista de producción (incluyendo a  los soviéticos y su capitalismo centralizado). El último capítulo lo representa el ecofeminismo de la india Vandana Shiva. Ya hablaremos de eso, aunque atribuir todos los pecados del desarrollo al modelo patriarcal no me convence del todo (pero sí en gran parte). 

El comunismo se destruyó a sí mismo por la imposibilidad de gobernar una sociedad cerrada en un mundo crecientemete abierto y global. Sólo que ahora no tenemos idea de cómo controlar realmente ese capitalismo tan triunfante como rapaz e injusto.


4 comentarios:

  1. Murray bookchin es muy crítico por otro lado con el anarcoprimitivismo y otras hierbas. De hecho, lamenta que el anarquismo y ecologismo hayan caído en una corriente de demonización de la tecnología que él no comparte.

    La Shiva de las narices me parece una iluminada. Tendrá quizás algún punto aceptable, pero se ha transformado en una portavoz de diversas supercherías "ecologistas" contra los transgénicos y otras formas de ignorancia aplaudidas desde la izquierda.

    Al resto no lo conozco demasiado bien.

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    1. Sí, Bookchin es muy interesante, pero Siva no es una iluminada. En cuanto a los transgénicos hay una confusión interesada (por parte de las multinacionales tipo Montsanto), no hay daños a la salud de los consumidores, pero sí a la de los ecosistemas y las variedades naturales

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    2. Pues tengo entendido que sí procuran que no se hagan daños ecológicos... Y no porque en Monsanto sean santos, precisamente, sino por el interés de los propios biotecnólogos.

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    3. La manipulación de organismos transgénicos en laboratorios e industrias es muy segura. Esa seguridad no se puede garantizar en ambientes no controlados como los grandes cultivos al aire libre. En principio, los organismos transgénicos tienen bloqueada la posibilidad de cruzarse con los no transgénicos vecinos (cultivos biológicos, o tradicionales), pero no hay ninguna garantía de que no pueda suceder, así como mutaciones siempre aleatorias.

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía