Leí con atención los síntomas que provoca el coronavirus y llegué a la conclusión de que me había infectado. Pero luego leí los síntomas de la fiebre tifoidea y llegué a la conclusión de que también la tenía. Sucesivamente descubrí que también tenía el Baile de San Vito, lo que tiene su mérito porque es una enfermedad que ya no existe; las enfermedades, como casi todo, también pasan de moda. Sucesivamente me auto diagnostiqué la enfermedad de Brigh, el Alzheimer, la esclerosis lateral amiotrófica, el lupus y la malaria en su fase suave. A eso hay que añadir dolores musculares y articulares, problemas digestivos, dolores de cabeza, nerviosismo, estreñimiento, depresión, trastornos del sueño, pérdida de memoria y una indisposición difusa. No era poliomielitis. En resumen, remedando a Woody Allen que remendaba a Nietzsche, Dios ha muerto y yo tampoco me encuentro del todo bien. Una aproximación más sensata, esta vez de mi cosecha, es afirmar que en las épocas medievales dios no había muerto pero las personas lo hacían como chinches y que ahora es justo al revés. Hasta Fernando Simón, el simpático portavoz de la crisis sanitaria está malito.
En las edades oscuras del Medioevo parece ser que la gente
pensaba continuamente en la muerte y de ahí había un paso, que también se daba,
para pensar en el fin del mundo. Por el contrario hoy en día no pensamos
habitualmente en la muerte, nos creemos inmortales o actuamos como tales, y
ocultamos todo lo que la rodea. Tan insana y extremada me parece una actitud
como otra. Pero las enfermedades siempre han existido, progresivamente curadas
o paliadas conforme avanzaba la ciencia médica. Lo que jamás ha existido ni
probablemente existirá es el riesgo cero, la protección absoluta y la salud
perfecta. Al igual que hay internistas que afirman que no hay enfermedades sino
enfermos (contraviniendo el principio de la generalización ambicionada en toda
ciencia), también hay distintas formas de ser saludables o estar sanos, que
para algunos será tener los abdominales como tabletas de chocolate o las tetas
erguidas y para otros poder mear satisfactoriamente o andar sin bastón.
Ahora me quiero centrar en el debate que ha surgido sobre si
la abrumadora extensión de las informaciones sobre el nuevo virus es
beneficiosa o contraproducente. Yo creo que es beneficiosa y que supone un
cambio drástico en la idea que tenemos (o que no tenemos) sobre la muerte y la
enfermedad, y sobre sus metáforas, como escribió acertadamente Susan Sontag. Y es
que la enfermedad en estos tiempos se considera algo vergonzoso, que convienen
ocultar y que nos oculten, y no hablo solo del sida en sus primeros tiempos. Hoy
pasa con el cáncer y antaño pasaba con la tuberculosis. La enfermedad es el
lado oscuro de la vida, nuestra otra ciudadanía opuesta a la de la salud. Algo absurdo
si tenemos en cuenta que tarde o temprano estaremos enfermos. La información
veraz nos libera de esas metáforas y contraviene el lamentable axioma
médico de que todas las enfermedades pueden curarse. Y también la beatería
antiintelectual de no llamar a las cosas por su nombre, caso típico del cáncer,
que se oculta a pacientes y familiares, se evita su mención expresa con el
pretexto de que a la gente hay que ayudarla, no afligirla. Kafka, cuando se
encontraba moribundo escribió a un amigo “Verbalmente no me entero de nada
concreto. Cuando se discute de tuberculosis todos se expresan de manera tímida,
evasiva, mortecina”. En Francia y Alemania todavía se comunican los
diagnósticos de cáncer a los familiares no al propio enfermo (en Estados Unidos
no, por miedo a las posibles consecuencias legales). En realidad a los enfermos
se les miente o se les oculta la información no solo para no apenarles, sino
porque la enfermedad, en esta cultura de negación de la muerte y culto a la
salud absoluta, se considera una obscenidad; es decir, un tabú, de mal augurio,
abominable y repugnante. No es casual de que a los enfermos se les denomine 'pacientes' (bueno, y 'clientes' en la sanidad privada) y ya de paso se les considere menores de edad, con derechos restringidos para supuestamente protegerles, como a los niños.
Está bien que no nos mientan, que nos informen, no sólo que nos indiquen las
medidas profilácticas para evitar los contagios, sino que nos cuenten de la
vida, milagros y habilidades de este fascinante bichito –que ni siquiera lo es,
los virus no están enteramente vivos, sino que son una suerte de zombis biológicos— que
ha puesto patas arriba nuestras vidas. Yo estoy aprendiendo mucho sobre los virus, sobre todo a partir de los informes de los científicos. Pero también me estoy reafirmando en mi idea de que mi salud es responsabilidad mía, con la inapreciable ayuda de los médicos, pero sin sustituirme, y que esa responsable libertad sólo acaba donde comienza la de todos los demás, en evitarles el contagio. Quiero recibir información, quiero transformarla en conocimiento contextualizándola en un conjunto armónico, pero sobre todo quiero ser capaz de transformar ese conocimiento en sabiduría y por eso me quedo en casa.
¡Bravo!
ResponderEliminarGracias, estamos cogiendo el sano vicio de aplaudir
Eliminarmuy bueno, estás inspirado, se ve que el confitamiento te sienta bien, como a la cebolla
ResponderEliminarYo también tengo muchas capas, como la cebolla. Y eso que no estoy con la cuarentona
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