martes, 20 de diciembre de 2016

El equívoco entre el hombre y la naturaleza




El actual sentido de aprecio a la naturaleza, presente en todas las versiones del movimiento ecologista, es un sentimiento urbano. Como dijo Unamuno, el que tiene su frente sudada inclinada sobre la esteva del arado no tiene muchas oportunidades de deleitarse con el paisaje. Quizás no hay dos actitudes (y aptitudes) más opuestas ante lo que se llama naturaleza (o el campo, para entendernos en nuestras latitudes) que la de un campesino y un ecologista, aunque aparentemente parezcan próximos. Por otra parte, como he comentado en un post anterior, el sentido occidental, derivado de su monoteísmo, es el de considerarse netamente separado del resto del mundo vivo y por ende de la naturaleza, ocupando no sólo su cúspide, sino habitando tras una brecha insalvable que le autoriza a disponer del resto vivo a su conveniencia como dicta el Génesis. Hasta Petrarca, las gentes no subían a las montañas si no era con sus rebaños o para extraer leña y madera, jamás para contemplar el panorama, y el bosque era considerado, como en la puerta del infierno de Dante, inhóspito y desaconsejable lugar refugio de bandidos y alimañas. La naturaleza debía domeñarse y delimitarse, como en el organizado hortus, el jardín delicioso que siempre se recluía entre altos muros.

Estoy convencido de que al amor le precede el conocimiento y por eso me gusta tanto la vieja expresión judaica de 'conocimiento carnal' y de 'conocer mujer' para el acto sexual. Apreciar la naturaleza sin conocerla en lo posible es colocar el carro delante de los bueyes, de modo que conduce más a una sensiblería que a una profunda sensibilidad. Quizás no reparamos en que no hay naturaleza cuando no se vive separado de ella. Nadie la nombraba en el pasado, no sólo porque se percibía como fuente de peligros, cuando era la civilización un claro inestable rodeada de selvas, sino porque el hombre no se había distinguido aún de ella y, por tanto, no podía concebirla. Ahora vivimos en un mundo posterior a aquel en el que existía naturaleza y en el alba de otro en el que ya no la habrá; de ahí esos nuevos bienintencionados y a menudo desorientados jeremías que son los ecologistas. Nuestros ancestros vivían la naturaleza, como vivían la noche, como un esfuerzo y una derrota. Labradores y paganos no podían ‘amar’ la naturaleza, sólo adorarla o luchar contra ella. La vivían.

En Grecia quizás, como tantas otras cosas, surgió la idea de naturaleza, pues es un entorno propicio donde hasta las noches son transparentes, la tierra está dividida por montes y hasta el mar por islas, a la medida humana. Pero yo creo que fue en Judea donde nació la idea, con el relato de la Creación, cuando se separa la luz de las tinieblas, las tierras de las aguas y el espíritu de la materia. Luego la ciencia empezó a  comprenderla y la técnica a transformarla (obedeciéndola en el fondo siempre, a menudo torpemente, no nos queda otro remedio, aunque a los ecologistas les parezca que no); finalmente, con el ecologismo, volvimos a adorarla, aunque durante mucho tiempo, hasta ayer mismo, la naturaleza, o el campo, comenzaba a las puertas de las mismas ciudades antítesis de aquellas. En unas pocas décadas del siglo XX en Occidente dejaron de coincidir el pasado (el campo) y el futuro (la ciudad). Vivíamos en ciudades y escapábamos de ella cuando podíamos. Luego el territorio en torno a la ciudad dejo de ser campo sin llegar a ser ciudad, un hinterland maldito, y la naturaleza, como en los hortus medievales, hubo que buscarla en espacios amurallados, en parques nacionales y recintos aislados por las leyes conservacionistas. La gente empezó a creer que esos espacios restringidos eran la naturaleza y, lógicamente, el resto no. Ahí y así pusimos el carro delante de los bueyes. No es nada raro: así como el sentimiento de aprecio a la naturaleza surge en las ciudades tras la revolución industrial, el hombre huye de las máquinas subido a las máquinas. El civilizado huye de la civilización, la multitud huye de la multitud y se congrega en otras multitudes. Y así desaparece la naturaleza, entre ¡ohes! de admiración y de pisoteo inclemente de esos últimos refugios. Mientras, el antiguo campo se convierte en un inmenso suburbio.

Del tremendo equívoco no se salvan ni los mejores organismos internacionales como el Mab de la Unesco, que decidió denominarse “Hombre ‘y’ Naturaleza” en vez de “Hombre ‘en’ la Naturaleza”, y es que hubieran interpretado muchos que le mandaban al tal humano a una isla desierta. Yo tengo algo de campesino (más bien de pastor) y algo de bandido; por eso me gusta el campo y  a la vez lo entiendo mejor que muchos furibundos jeremías, que creen que si no estás con ellos, estás contra la naturaleza, cuando es estar contra el hombre. El hombre es parte de la naturaleza, como sabemos desde Darwin, una parte peculiar; pero la naturaleza no son esos hortus amurallados y asediados, no sólo.

5 comentarios:

  1. Bastante bien, con una sola puntualización: es que quienes creen eso tampoco entienden a Darwin y creen que la selección natural se reduce a los animales matándose los unos contra los otros, sin darse cuenta de que la cooperación o la solidaridad son asimismo estrategias seleccionadas naturalmente porque ayudan a la supervivencia del grupo. No es, por tanto, un caso de disonancia cognitiva ni nada parecido. ¡Claro que sufren de tantos malentendidos...!

    Por cierto, en Online Etymology Dictionary dicen que el sentido moderno de "nature" en inglés sería desde los 1660 (1660s). Uso mucho esta página porque es completita y al menos a mí me parece más profesional que Etimologías de Chile. (Además, como gran parte del léxico inglés es de origen latino o francés, muchas veces es informativo para el español sin pretenderlo)

    http://www.etymonline.com/index.php?term=nature

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    1. Tomo nota de la referencia del diccionario, Gracias.

      El Origen de las especies está lleno de ejemplos sobre cooperación; además lo de la "supervivencia del más fuerte" jamás se escribió allí, sino que es obra del reaccionario muñidor del mal llamado darwismo social, H. Spencer. Kropotkin, que además de anarquista y príncipe era un buen naturalista, escribió Ayuda mutua, por los ejemplos de animales y plantas que había visto en Siberia.

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    2. Y todavía los hay, por cierto, que cometen la falacia naturalista. ¡Qué gente!

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  2. Bueno, no sé muy bien quienes son esos ecologistas. Desde luego, hay mucho tipos de ecologistas, como de feministas, socialistas, activistas, etcétera. Hay los de Greenpeace, que se juegan la piel para demostrar fallos de seguridad en una central nuclear cuyo ataque terrorista podría ser fatal. Los hay que deciden reconstruir entre unas cuantas familias un pueblo abandonado y volver a hacer fértil una tierra donde no ha crecido un nabo por lo menos en cincuenta años - con tractores, claro-; y que sus hijos crezcan próximos a gallinas, cerdos, coles y demás. Los hay que estudian, leyes, biología, botánica, medicina o salud pública para intentar proteger a poblaciones que sufren masivamente cáncer, enfermedades pulmonares, nerviosas, psicológicas, mortales, a causa de vertidos industriales, o incineraciones, o ruidos que las reglamentaciones permiten, a veces previo pago de una multa que a la multinacional le sale más que barata.
    También desde el ecologismo se lucha contra los sistemas de producción agresivos que perjudican a los seres humanos y sus entornos.
    En las montañas de Catalunya llaman "pixa-pins", "mea-pinos", a los que en efecto son urbanitas que visitan los montes el domingo. Los domingueros de toda la vida, vaya. Pero yo a esos nunca los he confundido con ecologistas.
    Labradores y paganos de antaño que “vivían” la naturaleza existen aún en multitud de zonas del mundo, aunque en vías de extinción. A menudo a manos de grandes petroleras, o grandes lobbies del agua o la electricidad. O grandes explotadores que financian guerras para adquirir más baratos los minerales que necesitamos para el mundo tecnológico que vivimos en occidente. Un mundo que ya ni siquiera es de las máquinas, sino de los dispositivos.
    Las máquinas se podían reparar.
    Ahora existen mujeres y hombres que intentan salvar el planeta, aunque muchos piensen que es demasiado tarde.
    Si yo tuviera el valor, sería una de ellas.

    p.d. Me encantan tus provocaciones.

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    1. El planeta no está en peligro y nos sobrevivira, aunque no en su integridad; lo que está en pleligro es esta idiota y despilfarradora sociedad.

      Soy miembro fundador de Greenpeace en españa. Greenpeace está montada jerárquicamente como las multinacionales que combate.

      Y tienes razón, hay muchos tipos de ecologistas, pero la inmensa mayoria colocan su sensibilidad antes de su (precario) conocimiento de la misma, lo que la troca en sensiblería.

      P.D.- Me encanta que me provoquen, más que provocar

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Ansío los comentarios.Muchas cabezas pueden pensar mejor que una, aunque esa una sea la mía